Agosto 7: Donde está tu tesoro estará tu corazón

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No tengan miedo, ovejas mías; ustedes son pocos, pero el Padre, en su bondad ha decidido darles el Reino. Vendan lo que tienen y den a los necesitados; procúrense bolsas que no se hagan viejas, riqueza sin fin en el cielo, donde el ladrón no puede entrar ni la polilla destruir. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas. Sean como empleados que esperan que su señor regrese de la boda, para abrirle apenas llegue y toque la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada! Les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y les servirá uno por uno. Dichosos ellos si los encuentra despiertos, aunque llegue a la medianoche o de madrugada. Y sepan ustedes esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, se mantendría despierto y no le dejaría romper el muro. Estén también ustedes preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del Hombre”. Pedro le preguntó: “Señor, ¿dijiste esta parábola para nosotros, o para todos?” El Señor le respondió: “¿Quién es el administrador fiel y atento, a quien el amo ha puesto al frente de sus empleados para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el servidor a quien su señor, al llegar, lo encuentre cumpliendo con su deber. Les aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el administrador, pensando que su señor tarda en llegar, comienza a maltratar a los otros empleados y a las empleadas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, el día que menos lo espere y a una hora que no sabe, llegará su señor y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El servidor que sabe lo que su señor quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá” (Lucas 12, 32-48).

El tema central de estas palabras de Jesús, que son hoy para nosotros, es su exhortación a estar preparados para cuando llegue la hora de pasar de esta vida a la eternidad. Reflexionemos sobre ella, para que el momento designado en el Evangelio como la venida del Hijo del Hombre no nos sorprenda desprevenidos. Y hagámoslo sin miedo, animados por la fe en Dios y la esperanza en su promesa de felicidad plena y sin fin. Porque también hoy Jesús nos dice a nosotros, como en aquel tiempo al pequeño grupo de sus primeros discípulos, al que llama sus ovejas indicando así que es el pastor de quienes quieran seguirlo: “No tengan miedo”.

 

1. Donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón

Jesús les había dicho en otra ocasión a sus discípulos que el Reino de Dios es semejante a un tesoro escondido en un campo que, quien lo encuentra, lo esconde de nuevo, vende todo lo que tiene y compra el campo (Mateo 13, 44). Así, pues, cuando emplea la imagen del tesoro está refiriéndose precisamente a la diferencia entre el Reino de Dios, o sea el poder del Amor que es Dios mismo y que tiene un valor infinito, y las riquezas materiales que son pasajeras.

Si lo más valioso para nosotros es lo material, allí estarán nuestros afectos, allí estará nuestro corazón, hasta sacrificar los demás valores -familiares, sociales y espirituales- en función de aquello que consideramos más importante. Pero si reconocemos que los bienes materiales no son el fin supremo de nuestra vida, sino sólo medios para lograr el fin para el que somos creados, que consiste en ser plena y eternamente felices, y que este fin sólo lo alcanzamos disponiéndonos en todo a amar y servir a Dios amando y sirviendo a nuestros hermanos necesitados, habremos hallado el tesoro que verdaderamente vale más que todas las riquezas terrenas. Y es en este tesoro espiritual donde debe estar nuestro corazón.

 

2. Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada

Más adelante en el mismo Evangelio se cuenta que Jesús les dice al comienzo de la última cena a sus discípulos que discuten sobre quién de ellos es más importante: “Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (L9cas 22, 27. En este mismo contexto podemos entender lo que Jesús dice:

¡Felices los servidores a quienes el dueño encuentre velando a su llegada! Les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y les servirá uno por uno. 

Y para responder a la pregunta de Pedro (Señor, ¿dijiste esta parábola para nosotros, o para todos?), Jesús emplea otra parábola con la cual se refiere a la relación entre el dueño de una hacienda y sus servidores. En la parte final de esta parábola, es bastante cruel el comportamiento del patrón que castiga con azotes al servidor que se ha portado mal. Pero Jesús simplemente está empleando una figura. Lo que importa aquí es la enseñanza que aparece en la última frase: “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá”.

 

3. Si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón (…)

Esta comparación se relaciona muy significativamente con la del tesoro. donde debe estar nuestro corazón y que necesitamos guardar y cuidar, poniendo cuanto esté de nuestra parte para que no nos sorprenda sin la debida preparación el encuentro definitivo con el Señor a la hora de nuestra muerte.

Por lo tanto, teniendo en cuenta que ya estamos advertidos, como lo estuvieron al salir de la esclavitud de Egipto los israelitas a los que se refiere la primera lectura (Sabiduría 18, 6-9) -lo que habría de suceder se les anunció de antemano-, renovando como Abraham nuestra fe en el futuro de felicidad que Dios nos promete según lo dice la segunda lectura (Hebreos 11, 1-2.8-19) -la fe es seguridad de lo que se espera-, y confiando en la misericordia de Dios como dice el Salmo 33 (32) - que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de Ti-, examinemos nuestra vida cada día, para estar dispuestos a encontrarnos con Dios en el momento definitivo.

Ese momento definitivo es al que Jesús se refiere cuando dice que “a la hora menos pensada vendrá el Hijo del Hombre”, el mismo a quien le decimos en la Eucaristía al adorar su Cuerpo y su Sangre después de la consagración del pan y del vino ¡Ven, señor Jesús! (Apocalipsis 22,20), y de quien esperamos a nuestra vez escuchar aquella frase que Él mismo anunció que les dirá a quienes estén debidamente preparados: Vengan benditos de mi Padre… (Mateo 25, 31-46).

Pidámosle pues al Señor, invocando la intercesión de María santísima, que nos conceda su gracia para estar dispuestos a recibirlo, de tal manera que, cuando llegue el momento de nuestro encuentro definitivo con Él en la eternidad, podamos disfrutar de la felicidad plena y sin fin significada en el banquete del que nos habla en el Evangelio. Así sea.