Septiembre 11: La alegría de Dios al encontrar lo perdido

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Se acercaban a Jesús publicanos y pecadores para escucharlo. Los fariseos y escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos.” Jesús les dijo: “Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra se la carga sobre los hombros muy contento, y al llegar a casa reúne a los amigos y vecinos para decirles: ¡Felicítenme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta que la encuentra? Y al encontrarla, reúne a las amigas y vecinas para decirles: ¡Felicítenme!, encontré la moneda que se me había perdido. “La misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.” También les dijo: “Un hombre tenía dos hijos; el menor dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la herencia. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo‟. Pero el padre dijo a sus criados: “Saquen el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado‟. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver oyó la música, llamando a uno de los empleados le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. Él se indignó y se negaba a entrar; su padre salió e intentaba persuadirlo, y él le replicó: Mira: en tantos años que llevo sirviéndote sin desobedecer una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando viene ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado. El padre le dijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado” (Lucas 15, 1-32).

1. Jesús responde a las críticas de los “buenos” con tres parábolas de misericordia

La primera parábola –la de la oveja perdida y rescatada–, inspiró a los primeros cristianos que se refugiaban en las catacumbas de Roma cuando eran perseguidos por el imperio romano, en las cuales se encuentra la imagen más antigua que se conoce de Jesús: un pastor con una oveja sobre sus hombros. Con esta parábola, como también con la segunda –la de la moneda perdida y hallada– y la tercera –la del hijo pródigo o derrochador, que en su sentido completo debería llamarse más bien parábola del padre misericordioso–, Jesús nos muestra el amor compasivo de Dios que, por una parte busca al pecador para que se convierta y se alegra al rescatarlo, y, por otra, recibe con su cariño inmenso de padre al hijo que, reconociendo su pecado, le pide perdón, y sin dejarle terminar la confesión que había preparado, le celebra una fiesta e invita al hijo mayor a alegrarse y obrar también con misericordia.

2. Jesús nos invita a compartir la alegría misericordiosa de Dios

Quienes se creían santos rechazaban a Jesús porque dejaba que se le acercaran los “publicanos” o recaudadores de impuestos del imperio romano, considerados pecadores por trabajar para los opresores y enriquecerse a costa del pueblo. La actitud farisaica incapaz de compasión, que existe también actualmente, corresponde a la del hijo mayor. Jesús, en cambio, no sólo nos muestra cómo es y se comporta el Dios verdadero, totalmente distinto del rencoroso y vengativo al que apelan los fanáticos religiosos, sino que además nos invita a tener nosotros la misma actitud de compasión y la misma disposición a perdonar que Él nos ha enseñado con su propio ejemplo como Dios hecho hombre.

Jesús había dicho “sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lc 6, 27-38). La palabra miseri-cordia proviene del latín miseri (desgraciados) y cor (corazón). Y la palabra com-pasión, también derivada del latín, significa padecer-con los otros, sintiendo su dolor como propio. En griego -la lengua original de los evangelios escritos-, la palabra equivalente es esplagnizomai, relacionada con el término splagma que designa a las vísceras y que a su vez corresponde a un sentimiento hondo de ternura. Aparece 17 veces en el Nuevo Testamento aplicada a Jesús y expresa el movimiento interno de quien siente compasión desde lo profundo de su ser o sea desde su corazón y sus entrañas. Jesús emplea el término griego esplagchnisze para decir que el padre de la parábola “se conmovió”, lo cual corresponde a la expresión latina “misercordia motus” (movido por la misericordia).

3. Jesús nos invita a pedir perdón reconociendo su misericordia, y a perdonar como Dios perdona

En la primera lectura (Éxodo 32, 7-11.13-14) el Señor “se arrepiente” de la amenaza que le había hecho a su pueblo. Así, ya desde el Antiguo Testamento se muestra una evolución en la concepción de Dios, a quien Jesús revelaría plenamente no como un juez implacable, sino como un padre misericordioso, el mismo que nos presenta Pablo en la segunda lectura
(I Timoteo 1, 12-17) al evocar su propia conversión: “Yo era un blasfemo, un perseguidor y un insolente (…). Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero Dios tuvo misericordia de mí”. Superemos pues la tentación de endurecernos como el hijo mayor de la parábola, al creernos los buenos e inmaculados y juzgar a los demás como los malos a quienes hay que condenar y eliminar. Si esta es nuestra actitud, revisémosla y miremos cómo podemos cambiarla por la del Dios compasivo que nos revela Jesús. Si queremos convivir en paz, debemos desarmar nuestros espíritus, disponiéndonos a pedir perdón con una sincera voluntad de conversión como el hijo menor arrepentido, y a perdonar como el Dios misericordioso que nos muestra con sus hechos y palabras Jesús de Nazaret. Así sea.