Agosto 9: “Soy yo, no tengan miedo”

Agosto 9: “Soy yo, no tengan miedo”

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús les dijo a sus discípulos que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: «Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.» (Mateo 14, 22-33).

Hoy la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre la forma en la que Él nos hace reconocer su presencia en los momentos difíciles, capaz de calmar las tempestades que nos zarandean y evitar que nos hundamos en las aguas del pesimismo y la desesperanza. Meditemos el mensaje que nos trae el Evangelio, teniendo en cuenta también las otras lecturas (1 Reyes 19, 9a.11-13a; Romanos 9, 1-5).

 

1. Subió al monte a solas para orar

De nuevo el Evangelio nos muestra a Jesús orando a solas en el monte, donde el sonido del silencio invita a la paz espiritual. Este monte es una colina que se levanta junto a la ciudad pesquera de Cafarnaúm y desde cuya cima se ve el lago de Genesaret, también llamado mar de Galilea o de Tiberíades. En otro monte llamado Horeb –que es el mismo Sinaí– Dios se había hecho percibir no a través del huracán, del terremoto o del fuego con su s efectos destructivos, sino mediante el susurro del aire que representa el aliento renovador de su Espíritu. Así lo experimentó el profeta Elías –como nos lo cuenta la primera lectura–, cuando reconoció en forma de brisa suave la presencia de Dios.

También nosotros podemos experimentar la presencia alentadora de Dios si nos disponemos a que Él mismo nos salga al encuentro en el silencio interior, elevándonos por encima del ruido y de los trajines cotidianos, y dejando que su Espíritu llene nuestra vida como el aire puro que refresca y renueva la existencia.   

 

2. La barca iba sacudida por las olas porque el viento era contrario

La barca de Pedro ha sido reconocida por los estudiosos de los evangelios como símbolo de la Iglesia o comunidad de los creyentes en Jesucristo, zarandeada desde sus comienzos y a lo largo de su historia por las olas tormentosas de la persecución, las ideologías adversas a la fe y en general todas las crisis que le toca soportar. Hoy, en medio de las dificultades, amenazada por las olas del ateísmo y el secularismo, como también de la incomprensión y la animadversión de muchos que quisieran verla desaparecer, necesitamos renovar nuestra fe en quien la fundó y prometió que no la dejaría hundir.

Pero también a nosotros, a cada uno y cada una, nos toca afrontar momentos de oscuridad y vientos contrarios en el transcurso de nuestra existencia, y es en esas situaciones cuando necesitamos reconocer la presencia salvadora de Jesucristo resucitado, prefigurada en el relato del Evangelio.

 

3. “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!”

La frase “no temas” o “no tengan miedo” aparece 365 veces en la Biblia. En esta ocasión, acompañada de la expresión “Yo soy”, que evoca el nombre con el que Dios se le manifestó a Moisés en el monte Horeb, se trata de una invitación a confiar plenamente en su poder, capaz de aplacar las tempestades espirituales que todo ser humano tiene que afrontar en su existencia.

El apóstol san Pablo, en su carta a los primeros cristianos de Roma –segunda lectura–, resalta la presencia de Dios que se hizo sentir en el pueblo de Israel de muchas formas (“han gozado de su presencia”), pero que iba a revelarse plenamente en Jesucristo. Y en el Evangelio, Jesús mismo, Dios hecho hombre, cuyo nombre en hebreo quiere decir Yahvé salva o Yo soy el que actúa salvando, invita a sus discípulos a reconocer su presencia salvadora en medio de la tempestad: “Ánimo, soy Yo, (Yo soy), no tengan miedo”.

Más adelante, el mismo Evangelio según san Mateo (17, 1-9) cuenta cómo Jesús les mostró a sus discípulos Pedro, Santiago y Juan, también prefigurativamente en el misterio de su Transfiguración que hemos celebrado el pasado 6 de agosto, lo que sería su presencia resucitada para que no se dejaran vencer por el desánimo pesimista después de haberles anunciado su pasión y muerte de cruz.

También a nosotros, mientras vamos navegando a través del mar de este mundo hacia el puerto de la vida eterna, se nos manifiesta el Señor en medio de las dificultades que se nos presentan como olas amenazantes. Para reconocerlo y ser salvados por Él en estas situaciones, necesitamos la fe que muchas veces nos falta, como le faltó a Pedro, pero que Jesús mismo está dispuesto a concedernos si reconocemos que necesitamos de Él. Digámosle entonces, como Pedro: “Señor, sálvame”, y pidámosle que nos ilumine para que, al experimentar su acción salvadora, podamos exclamar como sus primeros discípulos después de la tempestad: “Realmente Tú eres el Hijo de Dios”.

Y pidámosle a María santísima que nos alcance de su Hijo la fe que necesitamos para no desanimarnos ni dejarnos hundir en las situaciones difíciles de nuestra vida.