Agosto 30: “¿De que le sirve a uno ganar el mundo entero, si arruina su vida?”

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, que iba a ser ejecutado y que resucitaría al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.” Jesús se volvió y le dijo a Pedro: “Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios”. Entonces dijo Jesús a sus discípulos: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. (Mateo 16, 21-27).

El Evangelio de hoy se sitúa inmediatamente después del episodio en el que Simón reconoce a Jesús como el Mesías. Meditemos sobre lo que nos dice, teniendo en cuenta también las otras lecturas de la liturgia eucarística de este domingo [Jeremías 20, 7-9; Salmo 63 (62); Carta de Pablo a los Romanos 12, 1-2]

 

1. Empezó a explicarles que iba a padecer mucho, que iba a ser ejecutado y resucitaría al tercer día

Después de la confesión de Pedro, quien inspirado por Dios había reconocido a su Maestro como el Mesías –el Cristo–, Hijo de Dios, Jesús mismo les había ordenado a sus discípulos que no le dijeran esto a nadie por el momento, para evitar los malentendidos de un falso mesianismo. Ahora les anuncia su pasión con el fin de mostrarles lo que implica ser el Ungido por Dios, su Padre, para realizar la salvación de la humanidad. Y al mismo discípulo a quien poco antes había llamado Pedro (Piedra) para indicar la misión que le encomendaría de ser fundamento de su Iglesia, ahora lo llama Satanás (nombre tomado del hebreo que significa Adversario, Opositor, Enemigo, y es traducido al griego como DiábolosDiablo-), mostrando así que su intención de disuadirlo de la pasión era inspirada ya no por Dios, sino por el espíritu del mal.

Jesús no sólo anuncia que va a padecer y ser ejecutado por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas (las autoridades religiosas judías que lo entregarían al gobernante romano para que ordenara su muerte de cruz), sino también que resucitará al tercer día. De esta forma se refiere a su misterio pascual, que comprende tres momentos: (1) su pasión que culminará en la crucifixión y muerte, (2) la sepultura de su cuerpo en el lugar de los muertos, y (3) su resurrección, que es el paso a la vida nueva de su humanidad glorificada.

2. “Si alguno quiere ser mi discípulo, olvídese de sí, cargue con su cruz y sígame”

La primera exigencia de ser discípulo de Jesús es renunciar a toda forma de egoísmo y a todo apego o afecto desordenado, para orientar la vida en función del Reino de Dios, que es el Poder del Amor. Esta exigencia conlleva la segunda: cargar con la propia cruz, o sea asumir todo lo que implica esa orientación, en términos de una disposición a dar la vida misma por el Reino de Dios. Y la tercera exigencia es seguirlo a Él: adherirse a su Persona e identificarse con sus enseñanzas y su ejemplo de vida hasta las últimas consecuencias.

La cruz, que hoy es para nosotros la señal de nuestra identidad como seguidores de Jesús, era hace veinte siglos el patíbulo en el cual el imperio romano hacía morir a quienes se sublevaban contra su poder. Jesús iba a ser condenado a este patíbulo como consecuencia de haberse puesto al servicio de los oprimidos, los necesitados, los marginados y excluidos, siendo así una persona incómoda para quienes explotaban a los demás en función de sus intereses egoístas. Y ese es precisamente el Jesús a quien estamos llamados a seguir todos los que llevamos el nombre de “cristianos”. Si pretendemos seguir a un Jesús sin cruz, lo que tendremos será una cruz sin Jesús.

El profeta Jeremías se nos presenta en la primera lectura como una prefiguración de Jesucristo. Unos seis siglos antes, aquel profeta había tenido que padecer por cumplir su misión de proclamar la palabra de Dios, que, como él mismo dice, lo había “seducido”. También nosotros, si queremos seguir de verdad a Jesús, tenemos que disponernos a todas las consecuencias que implica la decisión de ser sus discípulos.

3. “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si arruina su vida?”

En el texto correspondiente a la segunda lectura, Pablo les escribe a los primeros cristianos de la comunidad de Roma: “… no se ajusten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Y el salmo responsorial le dice a Dios: “Tu amor vale más que la vida” (más que la vida material y pasajera de este mundo).

La vida eterna es el ideal supremo que debe orientar todas nuestras decisiones. Jesús nos propone revisar nuestras actitudes, de modo que no perdamos el sentido último de nuestra existencia. Otras traducciones del Evangelio dicen “de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su alma”, o “si se pierde a sí mismo”. Se trata, en definitiva, de aquello que constituye nuestro ser sustancial, en comparación con lo cual todo lo demás es accesorio y secundario. ¡Cuántas personas, dejándose llevar por el afán de las riquezas, la búsqueda de honores y la ambición de dominio sobre los demás, pierden el sentido de su vida, reduciéndola a lo caduco de este mundo y cerrándose así a la posibilidad de ser eternamente felices!

Al final del relato del Evangelio Jesús anuncia su venida gloriosa: “el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. Pidámosle su gracia para ser sus verdaderos seguidores cumpliendo como Él la voluntad de Dios Padre, que es voluntad de Amor, de modo que podamos estar preparados para el encuentro definitivo con Cristo resucitado después de nuestra existencia terrena y podamos lograr, desde ahora mismo, la felicidad eterna. Y que María santísima nos ayude con su intercesión a ser verdaderos discípulos de su Hijo Jesús. Así sea.