Septiembre 13: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete"

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Se acercó Pedro a Jesús y le preguntó: “Señor, ¿cuántas veces le debo perdonar a mi hermano si me ofende? ¿Hasta siete?”. Jesús le contestó: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso sucede con el reino de los cielos lo que con un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Le presentaron a uno que le debía muchos millones y, como no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía. El funcionario se arrodilló delante del rey y le rogó: ‘Tenga usted paciencia conmigo, y se lo pagaré todo’. El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo puso en libertad. Pero, al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y comenzó a estrangularlo, diciéndole: ‘¡Págame lo que me debes!’. El compañero, arrodillándose, le rogó: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Esto les dolió mucho a los otros funcionarios, que le contaron al rey lo sucedido. Entonces el rey lo mandó llamar y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues tú también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti’. Y tanto se enojó, que ordenó castigarlo hasta que pagara todo lo que debía. Así hará también mi Padre, si cada uno de ustedes no perdona de corazón a su hermano”.

 

1. “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete?”

En la Biblia el número 7 significa plenitud. Por eso la respuesta de Jesús –hasta setenta veces siete– quiere decir siempre, en el sentido de lo que desde varios siglos antes expresaban el Salmo 103 (102) -El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; Él perdona todas las culpas, no está siempre acusando ni guarda rencor- y el libro Eclesiástico (27, 30-28,9), del cual está tomada la primera lectura: perdona las ofensas a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.

La ley del talión (del latín talis: semejante –tal–) consistía en que a cada delito le correspondiera una pena igual o proporcionada, y en este sentido, cuando fue establecida en Babilonia por el Código de Hammurabi en el siglo18 a.C., había significado un avance moral con respecto a la práctica primitiva de la venganza sin límites. Esta norma correspondía al orden jurídico y su finalidad era evitar la impunidad aplicando una pena justa por el delito cometido. Ahora bien, la invitación de Jesús a perdonar no es propiamente un rechazo a la impunidad, sino a deponer los sentimientos de rencor y deseos de venganza que llevan a muchos a hacerse justicia por su propia mano, como sucede también hoy, a la manera de los llamados “vengadores justicieros” de ciertas películas que exaltan este comportamiento.

 

2. “Toda aquella deuda te la perdoné. ¿No debías tú también tener compasión?”

Para ampliar su respuesta, Jesús cuenta la parábola del funcionario insensible, que podemos relacionar con la llamada regla de oro de las relaciones humanas enseñada por Él: Todo cuanto ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos (Mateo 7, 12). Es la formulación en positivo de lo que siglos atrás habían dicho los grandes maestros espirituales de la humanidad: No hagas a los demás lo que a ti te dolería que te hicieran (Hinduismo, 1.500 años a.C.); no hieras a los demás con lo que a ti te hace daño (Buda, 563-483 a.C.); no hagas a los demás lo que no quieres que ellos te hagan a ti (Confucio, 551 - 479 a.C.); no hagas a nadie lo que no quieras que te hagan (Judaismo: libro de Tobías 4,15 –300 a.C.–). Esta regla de oro, inscrita interiormente en la conciencia humana, equivale al mandato bíblico formulado en la frase ama a tu prójimo como a ti mismo (Levítico 19, 18 / Mateo 22, 39), que implica la exigencia de no devolver mal por mal y en positivo corresponde a la exigencia de perdonar al prójimo si uno quiere ser perdonado por Dios.

Ninguno de nosotros vive para sí mismo, dice Pablo en la segunda lectura (Romanos 14,7-9); esto quiere decir que    para orientarnos hacia el cumplimento de la voluntad del Dios, que es voluntad de misericordia y de perdón. El motivo de fondo de la exhortación de Jesús a perdonar siempre es el mandamiento nuevo que Él les daría a sus discípulos la víspera de su muerte en la cruz: ámense los unos a los otros como Yo los he amado (Juan 15,12). Jesús nos muestra su amor –que es la manifestación del amor de Dios– perdonando siempre, y el cumplimiento de este mandato corresponde a su exhortación formulada así: sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mateo 5,48); sean misericordiosos como su Padre es misericordioso (Lucas 6, 36).

 

3. La petición de perdón implica la disposición a perdonar

Acaba de terminar en Colombia la Semana por la Paz, establecida hace 33 años para promover la construcción de una auténtica convivencia pacífica que no se ha podido lograr, porque aún falta en gran medida que se den las condiciones necesarias: voluntad de verdad para reconocer su conducta criminal quienes han realizado y siguen realizando actos violentos desde los distintos sectores armados, y pedir sinceramente perdón; voluntad de justicia para reconocer efectivamente los deberes inherentes al respeto de la dignidad y los derechos humanos de todas las personas, empezando por el derecho a la vida; voluntad de reparación para compensar en cuanto sea posible los daños causados, y voluntad de reconciliación para reconstruir las relaciones sociales sobre la base del perdón, pero sin impunidad. Esto no es fácil. Sin embargo, todos debemos colaborar para que sea posible.

La primera palabra de Jesús desde la cruz fue precisamente perdónalos. La Eucaristía es el memorial del sacrificio redentor de Cristo, quien, como dijo Él mismo en la última cena, entregaría su vida derramando su sangre por nosotros y por toda la humanidad para el perdón de los pecados. En la oración que Jesús nos enseñó para dirigirnos al Creador (Mateo 6, 9-13), y que rezamos justo antes de la comunión, la petición perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden es la que Él comenta inmediatamente después de recitar el Padre Nuestro: Porque si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, su Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes (Mateo 6, 14). Y este es en definitiva el sentido del saludo que nos damos antes de pedirle a Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo –es decir, el que carga sobre sí los pecados de toda la humanidad– que tenga piedad de nosotros y nos conceda la paz.

Renovemos entonces nuestra disposición a perdonar siempre, para que nuestra vida cotidiana sea coherente en la práctica con lo que celebramos y expresamos en la Eucaristía. Y que María santísima, cuyo cumpleaños acabamos de celebrar el pasado 8 de septiembre, nos alcance de su Hijo la gracia de estar dispuestos a perdonar siempre, a imagen y semejanza suya. Que así sea.