¡Manténganse firmes, para poder salvarse!

¡Manténganse firmes, para poder salvarse!
  • Domingo Noviembre 17 de 2019
  • El mensaje del Domingo
  • Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  • Ordinario

Vendrán días en que de todo esto que ustedes están viendo no quedará ni una piedra sobre otra. Todo será destruido. Entonces le preguntaron: —Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto? ¿Cuál será la señal de que estas cosas ya están a punto de suceder? Jesús contestó: —Tengan cuidado para no dejarse engañar. Porque vendrán muchos haciéndose pasar por mí. Dirán: “Yo soy”, y “Ahora es el tiempo.” Pero ustedes no los sigan. Y cuando tengan noticias de guerras y revoluciones, no se asusten, pues esto tiene que ocurrir primero; sin embargo, aún no habrá llegado el fin.

Siguió diciéndoles: —Una nación peleará contra otra y un país hará guerra contra otro. Habrá grandes terremotos, y hambres y enfermedades en diferentes lugares, y en el cielo se verán cosas espantosas y grandes señales. Pero antes de esto, a ustedes les echarán mano y los perseguirán. Los llevarán a juzgar en las sinagogas, los meterán en la cárcel y los presentarán ante reyes y gobernadores por causa mía. Así tendrán oportunidad de dar testimonio de mí. Háganse el propósito de no preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras tan llenas de sabiduría que ninguno de sus enemigos podrá resistirlos ni contradecirlos en nada. Pero ustedes serán traicionados incluso por sus padres, sus hermanos, sus parientes y sus amigos. A algunos de ustedes los matarán, y todo el mundo los odiará por causa mía; pero no se perderá ni un cabello de su cabeza. ¡Manténganse firmes, para poder salvarse! (Lucas 21, 5-19).

“De todo esto que ustedes están viendo no quedará ni una piedra sobre otra”

El templo de Jerusalén, situado en la cima del monte en el que, según la tradición unos 18 siglos antes Abraham había ofrecido sacrificios a Dios, y que admiraban los contemporáneos de Jesús, era para los judíos el lugar más sagrado de la tierra, porque guardaba el Arca de la Alianza con las tablas de los 10 mandamientos que en el siglo XII antes de Cristo había recibido Moisés del Señor en otro monte, el Sinaí, y así simbolizaba la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Antes del que le tocó a Jesús, un primer templo iniciado por el rey David y edificado con esplendor por su hijo Salomón en el siglo X antes de Cristo, había sido arrasado en el año 587 bajo el imperio babilónico de Nabucodonosor. Un segundo templo fue construido por el rey judío Zorobabel en el mismo sitio entre los años 520 y 515 antes Cristo, después del cautiverio de los judíos en Babilonia, pero luego fue destruido por los gobernantes que había dejado Alejandro Magno después de sus conquistas. Reconstruido finalmente con mayor amplitud, altura y esplendor entre los años 20 y 10 antes de Cristo por el rey Herodes el Grande, sería menos de un siglo después, en el 70 de la era cristiana, incendiado por el ejército romano al mando de Tito -quien luego sería emperador en Roma- quedando sólo el hoy llamado “Muro de las Lamentaciones”.

Lo que Jesús nos enseña al anunciar que del Templo de Jerusalén no quedaría “ni una piedra sobre otra”, es que todo lo de este mundo, incluso aquello que consideramos más sagrado, es transitorio y por eso tenemos que estar preparados, pero no dejándonos llevar por el miedo, sino confiando plenamente en Dios. Y el anuncio en términos apocalípticos de que llegará “un día en el que todo será destruido”, se relaciona con lo que los profetas del Antiguo Testamento llaman el Día del Señor, que constituye un motivo de temor para quienes no viven de acuerdo con la Ley de Dios, y por el contrario una promesa para quienes la practican. La primera lectura bíblica de este domingo (3,19-20), nos presenta el oráculo del profeta Malaquías (3,19-20), que predicó en la época de la reconstrucción del Templo de Jerusalén después del regreso de los judíos de Babilonia. Su mensaje central es la promesa de un culto puro y universal a Dios y el anuncio del “Día del Señor” como el momento decisivo en el que triunfará la justicia de quienes obran el bien sobre la iniquidad de quienes hacen el mal.

“A ustedes les echarán mano y los perseguirán”

Cuando los primeros cristianos empezaron a ser perseguidos y sentenciados a muerte por no postrarse ante los ídolos ni adorar al emperador romano, recordaron esta predicción de Jesús, que corresponde a una de las “bienaventuranzas” que Él mismo había proclamado al iniciar su predicación: “Dichosos ustedes cuando la gente los odie, cuando los expulsen, cuando los insulten y cuando desprecien su nombre como cosa mala, por causa del Hijo del hombre. Alégrense mucho, llénense de gozo en ese día, porque ustedes recibirán un gran premio en el cielo; pues también así maltrataron los antepasados de esa gente a los profetas (Lucas 6,22-23). Las persecuciones sufridas por los cristianos fueron reconocidas desde entonces como ocasiones de dar testimonio de su fe mediante el martirio, palabra que proviene del griego y precisamente significa testimonio.

Los primeros discípulos de Jesús experimentaron lo que Él ya había anunciado que les sucedería precisamente por creer en Él y ser sus seguidores. A este respecto es significativa la exhortación de Jesús, no sólo a sus discípulos de aquel tiempo sino también a todos los que posteriormente íbamos a creer en Él, a confiar en su poder de salvación y perseverar en la fe, a pesar de las incomprensiones y odios que padezcamos por seguir sus enseñanzas.

“El que no trabaja, que no coma”

Finalmente, la palabra del Señor en este domingo nos invita a reflexionar sobre nuestro destino definitivo. Y a este respecto es significativo el texto de la segunda lectura. Una parte de los cristianos de la ciudad griega de Tesalónica, a quienes se dirige el apóstol Pablo (2 Tesalonicenses 3,7-12), no hacían nada porque veían inminentemente el fin del mundo. Entonces Pablo los exhorta a trabajar con una frase proverbial: “el que no trabaja, que no coma”.

Este es un mensaje que podemos aplicar hoy a quienes aguardan pasivamente que todo cambie o les llegue sin poner nada de su parte, sin el esfuerzo que implica la esperanza activa en un mundo mejor. En el contexto actual, la exhortación del apóstol constituye para nosotros el desafío de navegar contra dos corrientes: la del culto al éxito mágico sin esfuerzo y la del pesimismo paralizador. Dispongámonos por tanto a trabajar por el Reino de Dios, cumpliendo diligentemente con nuestro deber como seguidores de Jesús, manteniéndonos firmes y preparándonos así para que el Día del Señor, que para cada uno de nosotros será el día de nuestro paso a la eternidad, no nos sorprenda desprevenidos.