No es Dios de muertos, sino de vivos

No es Dios de muertos, sino de vivos
  • Domingo Noviembre 10 de 2019
  • El mensaje del Domingo
  • Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  • Ordinario

“Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.” Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último, murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.» Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.» (Lucas 20, 27-38).

1. El sentido de nuestra esperanza en la resurrección

Los saduceos, miembros de la casta religiosa sacerdotal del judaísmo antiguo, se gloriaban de ser herederos de Sadoq, un antepasado a quien el rey Salomón, nueve siglos antes de Cristo, había nombrado sumo sacerdote del Templo de Jerusalén (1 Reyes 2, 27 ss.). Ellos sólo aceptaban como inspirados por Dios los cinco primeros libros de la Biblia, que contenían la “Torá”, es decir la “Ley” de Dios transmitida por Moisés, y no creían en la resurrección porque estos libros no hablaban explícitamente de ella. La respuesta del Señor a la pregunta que le hacen los saduceos nos invita a revisar nuestro concepto de la resurrección, que no consiste en un regreso a la misma forma de vida que tenemos ahora.

Jesús utiliza una comparación muy significativa cuando dice que la vida futura después de la muerte será como la de los ángeles. Es un modo de indicar que la resurrección no es una vuelta a la existencia material, sino el paso a una nueva vida de carácter espiritual. De manera semejante el apóstol san Pablo, al explicar cómo será la resurrección de los que han muerto, dice en una de sus cartas que se siembra un cuerpo natural y resucita un cuerpo espiritual (1 Corintios 15, 44). En efecto, si quienes han muerto regresan a la vida con el mismo cuerpo natural o material de antes, se volverán a morir, como sucedió, por ejemplo, con las resucitaciones obradas por Jesús (la de la hija de Jairo, la del hijo de la viuda de Naím y la de Lázaro), e incluso antes de Él por los profetas Elías y Eliseo (1 Reyes 17,17-23 y 2 Reyes 4,31-37), y después por los apóstoles Pedro y Pablo (Hechos 9,36-42 y 20,7-12).

Pero la vida nueva que nosotros esperamos tener después de la actual, es precisamente una vida perdurable, cuya forma concreta no puede expresar adecuadamente nuestro limitado lenguaje y por eso necesitamos recurrir a imágenes simbólicas para referirnos a ella. La resurrección es un misterio de fe, que no corresponde al plano de la materia sino al del espíritu.

2. La resurrección no es una reencarnación

Un error frecuente con respecto a lo que ocurrirá después de la muerte es la idea de la “reencarnación”, que afirma la preexistencia de las almas, creyendo que vuelven a este mundo revestidas de otro cuerpo con el fin de “purificarse”. La creencia en la reencarnación no es compatible con nuestra fe, pues la antropología cristiana considera al individuo humano como un solo ser que, mientras existe en las dimensiones actuales del espacio y del tiempo, está ligado a condiciones materiales, pero cuando muere pasa a otra forma de vida en condiciones distintas, ya no de orden material sino espiritual. Por lo tanto, cuando nos referimos al “cielo” no estamos hablando de un lugar material, sino de un estado espiritual de felicidad completa que esperamos como nuestra vida futura después de la presente. Esa “vida del mundo futuro”, como dice una de las versiones del Credo, que es una vida nueva en otra dimensión y no un regreso a este mundo, es la que esperamos quienes creemos en un Dios que, como dice Jesús en el Evangelio aludiendo a Moisés - a quien se remitían los saduceos-, no es Dios de muertos sino de vivos.

Non se trata, pues, de una “reencarnación” –ni en este mundo ni en otro-, sino de una resurrección. Es la vida futura que esperaban los Macabeos, aquellos judíos del siglo II antes a.C., de quienes cuenta la primera lectura que defendieron hasta la muerte el respeto de sus convicciones religiosas (2 Macabeos 7,1-2.9-14). Y esa vida futura será nuestra participación plena en la vida resucitada y gloriosa de Jesús, quien asumió nuestra naturaleza humana para que nosotros tuviéramos una vida eterna como la suya.

“Al despertar, Señor me saciaré de tu semblante”

El Salmo 17 (16) expresa con la imagen del despertar de un sueño el paso de esta forma actual de nuestra existencia terrena a la futura, que no tendrá fin porque será una participación plena en la vida de Dios: Al despertar, Señor me saciaré de tu semblante. Este semblante es lo que también se denomina el rostro de Dios. Es un modo de expresar la felicidad que tendremos cuando nos encontremos, por decirlo así, “cara a cara” con el Señor, para disfrutar de la participación en la resurrección gloriosa de Jesucristo, quien precisamente por su encarnación es el rostro humano de Dios.

La seguridad de una vida nueva y sin fin que no sólo aguardamos para el futuro, sino cuyas primicias ya poseemos en la medida en que le abrimos espacio a Jesús y a su Espíritu Santo en nuestra existencia, es precisamente, como nos lo recuerda el apóstol Pablo en la segunda lectura (2 Tesalonicenses 2,16 - 3,5), la gran esperanza que expresamos de manera especial en la liturgia de cada domingo y cada vez que evocamos la memoria de quienes nos han precedido en la fe, como lo hemos hecho en los dos días iniciales de este mes de noviembre al celebrar la Fiesta de todos los Santos -con María la Madre de Jesús como la primera entre ellos- y la Conmemoración de todos los Difuntos.

Que el Dios de la vida nos lleve a la comprensión del verdadero sentido de la resurrección, que reconocemos ya obrada en la naturaleza humana de Cristo y que aguardamos también para nosotros, para que podamos dar razón de nuestra esperanza, no con creencias falsas o distorsionadas, sino con una fe auténtica en Él, que así como nos creó para esta vida, si dejamos que actúe en nosotros su Espíritu de Amor, puede recrearnos para una vida nueva y feliz en la eternidad.