Diciembre 15, 2013: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: - ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Jesús les respondió: -Vayan a anunciar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!

Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: -¿Qué salieron ustedes a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? O ¿qué fueron a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salieron? ¿A ver a un profeta? Sí, les digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Les aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él (Mateo 11, 2-11).

1. Por la fe reconocemos con gozo la presencia de Dios en Jesucristo
El Evangelio de este tercer domingo del Adviento nos presenta a Juan Bautista en la cárcel, donde lo había encerrado el rey Herodes para silenciar las denuncias contra su comportamiento inmoral y corrupto. Juan iba a ser decapitado por orden de este mismo rey, y así como lo proclamó Jesús en su momento, nosotros lo reconocemos hoy como el más grande profeta anterior a Él. Sin embargo, Jesús dice además que “el más pequeño en el reino de los cielos” es más grande que el Bautista, lo cual parece significar que los seguidores de Jesús, habiendo recibido un mayor conocimiento de su persona y de sus enseñanzas, podemos participar del reino de Dios aún más y mejor de lo que le fue dado a Juan. Es como un reto que les propone Jesús a sus oyentes: si Juan Bautista fue quien fue antes del misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús, ¡cuánto más quienes acogen después de Cristo el mensaje del Evangelio! Pero centrémonos en la pregunta que le hace Juan a Jesús a través de dos de sus discípulos. Algunas tradiciones judaicas imaginaban a un Mesías que llegaría como vengador justiciero. Por eso la duda del Bautista: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? En la tónica alegre de este tercer domingo de Adviento, imaginemos a Jesús respondiendo sonriente.

Su respuesta es una clara evocación de lo que había predicho varios siglos antes el profeta Isaías como un acontecimiento gozoso: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio.

Para todo el que cree de verdad, lo que parece imposible se hace realidad, y este es el sentido de los milagros realizados por Jesús, precisamente en favor de las personas más necesitadas. El Evangelio o Buena Noticia, que sólo lo es para quien se reconoce necesitado de salvación, nos debe llenar de alegría espiritual y por lo mismo de una actitud plena de esperanza en Dios que está siempre dispuesto a liberarnos de todo cuanto nos impide realizarnos como personas y ser felices, aún en medio de los problemas y dificultades de nuestra vida cotidiana, tanto en el plano individual como en el social.

2. Nuestra fe en un Dios que viene a salvarnos es fuente de alegría
Ocho veces expresa directamente la alegría el pasaje profético de Isaías en la primera lectura (Isaías 35, 1-6a.10). La misma idea aparece también en las imágenes del ciego al que se le despegan los ojos, del sordo al que se le abren los oídos, del cojo que comienza a saltar. En otras palabras: Dios, que viene en persona a redimir y a salvar, hace posible un porvenir nuevo de felicidad para todo el que cree en Él: pena y aflicción se alejarán. Por eso el espíritu propio del Adviento y de la Navidad es un espíritu de alegría, y ésta debe ser precisamente la actitud característica de todo creyente en Jesucristo: una actitud gozosa.

Esta alegría no es la de las borracheras ni el ruido ensordecedor de una sociedad vacía, incapaz del silencio interior para reconocer los valores espirituales. No es esa falsa alegría la que constituye el verdadero espíritu del Adviento, sino el auténtico gozo espiritual que resulta de la paz interior de quien se abre a la reconciliación con Dios y con el prójimo.

3. La fe auténtica se muestra en la firmeza de la paciencia
Tres veces se nos invita en la segunda lectura a tener paciencia (Santiago 5, 7-10). Esta insistencia adquiere especial valor en la actualidad. En el mundo en que vivimos existe la tentación de la impaciencia porque impera la mentalidad del éxito rápido y sin esfuerzo. La magia de la automatización electrónica y de la satisfacción inmediata de los deseos con sólo pulsar una tecla o tocar una pantalla, nos puede llevar a una incapacidad para la espera, a desesperamos con facilidad. Contra esta mentalidad, la virtud de la esperanza a la que se nos invita de manera especial en este tiempo del Adviento implica una disposición a aguardar con paciencia la llegada del Señor con su consuelo a nuestras vidas como una luz al final del túnel cuando nos encontramos en situaciones de oscuridad. A este respecto la palabra del Señor, por medio del apóstol Santiago, nos presenta una imagen poética aleccionadora: el labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. En efecto, el agua que fecunda y renueva la vida, y que a su vez es imagen del Espíritu Santo, por cuya obra y gracia se hizo carne en el seno de María Santísima el Hijo y Verbo de Dios -fruto bendito de su vientre, como decimos en el Ave María y en la Salve- , también obra en quienes se abren a su acción con paciencia y sin desanimarse, aunque de momento no vean los resultados esperados.

La invitación a mantenernos firmes en la esperanza implica también tenernos paciencia unos a otros: No se quejen, hermanos, unos de otros, dice también el apóstol Santiago en su carta. Y en la misma tónica, la enseñanza de la Iglesia a través de su tradición catequética nos propone, como una de las llamadas “obras de misericordia”, soportar con paciencia las adversidades y las flaquezas de nuestros prójimos. Pidámosle pues al Señor la firmeza en la esperanza, la constancia en la paciencia, y en todo momento la alegría y el buen humor a pesar de los problemas, para estar así bien dispuestos no sólo a recibir las luces y los dones del Señor, sino también a comunicar su Buena Noticia con el testimonio de nuestra vida.