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El pan como una gran metáfora

  •   Domingo Julio 29 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Ordinario

El pan es un símbolo bastante universal en las religiones. En la fiesta romana de la Parentalia, para honrar los dioses de los ancestros, se ofrecía en las tumbas y sitios de cremación frutas, pan, vino, sal y guirnaldas.


En Mesopotamia, Egipto y entre los hititas, se ofrecían hogazas de pan a las estatuas de los dioses diariamente y se esperaba que las consumieran. En muchas eucaristías ortodoxas se ofrecen trozos de pan bendito (diferente al consagrado) a todos los asistentes llamado prósfora. Pablo hace del pan compartido el mejor signo de la unidad cristiana: «Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan» (1 Co 10:17). La Eucaristía conjuga el pan necesario para la vida y el vino de la alegría que hace la vida significativa . El pan en las Escrituras es sinécdoque de alimento.

El pan pedido en el Padrenuestro, es para algunos el reflejo de: «Aleja de mí falsedad y mentira; no me des pobreza ni riqueza, asígname mi ración de pan» (Prov 30:8). Pedro Arrupe decía que mientras una persona tuviera hambre nuestra Eucaristía era incompleta. Partir el pan con el pobre es una de las características que el profeta Isaías espera del pueblo judío. El obispo brasileño Hélder Cámera, expresada con cierta ironía: “Si doy un pedazo de pan a un pobre, me miran como un santo; si le explico al pueblo pobre y empobrecido por qué no tienen pan, me llaman comunista”. La bendición judía, que era como la cristiana para las personas, se daba también sobre el pan y así quedaba bendecida toda la comida. También se bendecía el vino. El relato de la última cena en Marcos, refiere la bendición sobre el pan cercana a la bendición (beraká, en hebreo) judía más que el relato de Pablo y Lucas cercano a la acción de gracias. Pero en cuanto al cáliz, Pablo y Lucas utilizan palabras sobre la copa cercanas a la bendición judía sobre el vino. En realidad se bendecía a Yahvéh que hacía brotar el pan y el vino de la tierra. El pan sin fermento (levadura) tenía el sentido especial del Exodo de Egipto. Se llamaba indistintamente “pan del Exodo” y “pan de la aflicción”. Las manos debían purificarse con agua antes de partir el pan. El maná, sin cuerpo, es tenido luego por “pan del cielo”. En realidad aludía a la Palabra pues el maná a su vez recordaba que debían vivir de la Palabra y no solamente del pan que comían en Egipto. Pan espolvoreado con sal era tenido por la metáfora del alimento del pobre.

Para algunos rabinos el “milagro” debía aprenderse a verlo en la vida diaria, por ejemplo, en poder conseguir el pan de cada día. Los doce panes de la proposición (en bien de las 12 tribus) eran reemplazados cada sábado por los sacerdotes, quienes consumían los viejos panes. En la liturgia, la mesa de la pascua, por ciertas elucubraciones, termina siendo altar de sacrificios incruentos y tumba de los mártires. El pan ácimo corresponde a un festival agrícola y el cordero pascual a un festival pastoril; junta la tensión del pastor Abel muerto a manos del agricultor Caín. Lo que resulta totalmente ajeno al judaísmo es la simbología del pan como el cuerpo de Jesús y el vino como su sangre, con el agravante de consumir ambos con dicho sentido.

En el evangelio de Juan se registran tres fiestas de pascua de Jesús, en contraste con los sinópticos que registran una, la final. Una primera pascua pre-sinóptica; una segunda pascua de la distribución de panes a la multitud (cinco mil) y una tercera que es la pascua de su muerte. El relato de la repartición de panes se encuentra seis veces con variantes en los evangelios. Permite supones un gran interés en la Iglesia primitiva por tal tradición; un interés que probablemente estaba condicionado por las asociaciones a la eucaristía, como nos lo permite reconocer la forma de los textos. También la conversión de Pablo es narrada cuatro veces con variaciones, lo que permite igualmente suponer su importancia para la primitiva comunidad cristiana. Siendo tan fuerte en Juan la imagen del pastor, buen pastor, el que da la vida por las ovejas, el que es puerta y redil del rebaño, el que conoce sus voces, podemos asociar el relato con la función de pastor. La solicitud del pastor es ante todo una solicitud por el alimento. Se añaden los relatos de alimentación atribuidos a Elías y Eliseo.

En el relato de Juan la iniciativa parte por completo de Jesús y la respuesta de Felipe se centra en su pobreza: con doscientos denarios no se apañan. En cambio Andrés, que es el primer llamado según este evangelio, se fija en lo que tienen, no en lo que falta. Un muchacho tiene cinco panes de cebada. Juan es el único que aclara que los panes son de cebada, que era el pan del pobre. Los dos peces, propios de Galilea y su lago, serían extraños en tierras de Judá. Sin embargo el pez será el símbolo cristiano por excelencia antes que la cruz que no dejaba de ser ignominiosa.

La Eucaristía posterior no incluirá el pez. La gente recibe los panes y peces de la mano de Jesús, a diferencia de lo que ocurre en Marcos en donde los discípulos participan activamente. En Juan actúan solamente para recoger los restos. Tanto Felipe, como Andrés en menor grado, muestran perplejidad y distancia del modo de actuar de Jesús. Aquí no aparece, como en los sinópticos, que los discípulos le pidan a Jesús despedir a la gente”. Tampoco el mandato de Jesús: “Dadles vosotros de comer. En Juan sucede todo más discretamente y el final no es feliz, pues le toca huir a Jesús porque buscan hacerlo rey. Lo inesperado sucede como característica propia del reinado de Dios. Es la fe como sacramento de la sorpresa, de la novedad, más que de lo extraordinario. Si se comparte lo que se tiene, alcanza para todos y sobra, es la enseñanza de los seis relatos de repartición de panes. Lo difícil es que abramos la mano para compartir. La revolución verde, que multiplicó semillas, pesticidas, fungicidas y abonos químicos, multiplicó la producción (acabó con el planeta) y el hambre sigue creciendo.

También la concentración de la tierra y los cultivos. No se multiplicó lo que enseña el evangelio: el compartir, la misericordia, la compasión. Los números en la Biblia son a menudo adjetivos más que cardinales. Los estudiosos ven la dificultad de una multitud tan grande de 5 mil personas sin contar mujeres y niños. Una lectura cabalística, como si 5000 entrañara un secreto, tampoco ayuda mucho. Se han propuesto soluciones como un grupo reducido de personas que recibe cada una un pedacito de pan y de pez. También que otros se hubieran animado a compartir sus fiambres, que llevarían para el camino a la pascua judía en Jerusalén. El compartir es más cercano a todo el evangelio y a lo que Pablo dice de la Eucaristía en la carta a los corintios. No pueden unos pasar hambre y otros hartarse. Eso no sería discernir el cuerpo de Cristo que ha de ser uno por comer de un mismo pan. Un “milagro” que aún no se realiza en la comunidad humana y mundial.