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Tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron

  •   Domingo Julio 29 de 2018
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  •    Ordinario

Pasó Jesús a la otra orilla del lago de Galilea. Y mucha gente lo seguía, porque habían presenciado las maravillas que hacía en favor de los enfermos. Pero Jesús se retiró a la parte montañosa y se sentó allá con sus discípulos. Estaba cerca la fiesta judía de la Pascua.


Alzando la vista y viendo el gentío que había venido, le dijo a Felipe: “¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?” Esto lo dijo para ver qué respondía, pues bien sabía Jesús lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Aunque gastáramos doscientos jornales, no alcanzaría para darle un mendrugo de pan a cada uno”.

Uno de los discípulos de Jesús, Andrés, el hermano de Simón, le dijo: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. ¿Pero qué es esto para tanta gente?”. Jesús les dijo: “Hagan que la gente se siente en el suelo”. En ese sitio había mucha hierba. La gente se sentó en el suelo. Solamente los hombres eran como cinco mil. Jesús tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron. Y cuando quedaron satisfechos, dijo a sus discípulos: “recojan las sobras; que no se desperdicie nada”. Ellos las recogieron y llenaron doce canastos con las sobras que quedaron de los cinco panes. Y los que fueron testigos del milagro decían: “¡Este sí es el profeta que debía venir al mundo!” Pero Jesús, dándose cuenta de que iban a llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró otra vez, Él solo, a la parte montañosa. (Juan 6, 1-15).

Todos los Evangelios narran el milagro de la multiplicación de los panes: dos veces el de Mateo, el de Marcos y el de Lucas, y una vez el de Juan. Tratemos de aplicar este relato evangélico a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de hoy [2 Reyes 4, 42-44; Salmo 145 (144); Efesios 4, 1-6.]

1. “¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?”

Esta pregunta de Jesús hecha al apóstol Felipe, “para ver qué respondía” (Juan 6, 1-15), podemos considerarla hoy como hecha a cada uno de nosotros. Actualmente se calcula, según las estadísticas del WFP (Programa Mundial de Alimentos) y la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), que cerca de 795 millones de personas en el mundo no tienen suficientes alimentos para llevar una vida saludable y activa. Eso es casi uno de cada nueve personas en la tierra. La gran mayoría de personas que padecen hambre en el mundo viven en países en desarrollo, donde el 12.9% de la población presenta desnutrición. La nutrición deficiente es la causa de casi la mitad (45%) de las muertes en niños menores de cinco años -3,1 millones de niños cada año-. 66 millones de niños en edad escolar primaria asisten a clases con hambre en los países en desarrollo. Y otro dato importante es que ha crecido la proporción de las emergencias alimentarias derivadas de los conflictos armados.

Ante esta situación, el mensaje del Evangelio es un llamado a la reconciliación y a compartir. Mientras pocos que tienen mucho sigan despilfarrando en forma egoísta lo que tienen, mientras el mal uso que se hace de los recursos naturales siga haciendo que éstos sean cada vez más escasos -como el agua, por ejemplo-, mientras no tomemos todos conciencia de que cada cual es corresponsable de la suerte de todos según esté dispuesto o no a compartir constructivamente la mesa de la creación con los demás, la pregunta de Jesús seguirá siendo un llamado a nuestra reflexión para ver qué y cómo respondemos.

2. Tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron

El milagro de la multiplicación de los panes y peces expresa el cumplimiento de una promesa dada por Dios en el Antiguo Testamento a través de sus profetas: la abundancia de un alimento renovador que Él mismo haría posible para todos los que acogieran su mensaje y lo invocaran sinceramente. Tal es el sentido de la primera lectura y del salmo de este domingo. El relato del Evangelio es, por su parte, una prefiguración del sacramento de la Eucaristía, signo visible de la presencia de Jesús que nos alimenta con el pan de su propia vida entregada y resucitada. Él mismo, desde los comienzos de la historia de su Iglesia, iba a ser representado no sólo con la imagen del pan, sino también con la del pez, “ICTUS” en griego, cuyas letras son las iniciales del nombre y de varios títulos de Jesús: Iesous, Christos, Theos, Uios, Soter (Jesús, Cristo, Dios, Hijo, Salvador).

La enseñanza de este milagro es que donde existe la voluntad de compartir, aunque haya poco alcanza para todos y hasta sobra; en cambio, donde no existe esa voluntad, aunque haya mucho, unos pocos lo acaparan todo y las mayorías padecen hambre. El sacramento de la Eucaristía, llevado a la práctica, expresa la voluntad sincera de compartir la creación, significada en las ofrendas de pan y vino, para que al hacerlo se realice entre nosotros la presencia de Dios, que es Amor, que se nos ha revelado en la persona de Jesucristo y nos alimenta con su propia vida.

3. Dándose cuenta de que iban a llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró…

Jesús había iniciado su predicación proclamando la cercanía del “reino de Dios”. Sus milagros mostraban la verdad de esta proclamación: como dice el Evangelio, “mucha gente lo seguía, porque habían presenciado las maravillas que hacía…”. Al presenciar ahora la multiplicación de los panes y peces, en medio de la situación de pobreza que padecían, quieren hacerlo rey. Pero Jesús se opone a la tentación de ambicionar poderes terrenales. Él no sólo es “el profeta que debía venir al mundo”; es el Mesías, el ungido por Dios como descendiente del rey David para reinar no sólo sobre Israel sino sobre toda la humanidad, tal como lo anunciaron los profetas del Antiguo Testamento. “Sí, soy Rey”, le diría a Poncio Pilato pocos momentos antes de que la multitud agolpada junto al despacho del gobernador romano, azuzada por los jefes religiosos, gritara exigiendo su crucifixión.

Pero, como Él mismo le explicó a Pilato, también hoy nos dice a todos: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18 36-37). La preocupación efectiva de Jesús por contribuir a la solución de los problemas humanos, no sólo los espirituales sino también los materiales, es un llamado a todos nosotros para que nos identifiquemos con Él y procuremos contribuir, cada cual según sus posibilidades, a resolver la situación de hambre y de miseria de tantas personas que la padecen. Y asimismo, a que reconozcamos el verdadero sentido de su misión y por lo mismo el de la misión de la Iglesia que Él fundó no para ambicionar los poderes terrenales, sino comportarse “en todo con humildad y mansedumbre”, como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura de hoy: una Iglesia puesta al servicio de todos los seres humanos, especialmente de los más oprimidos, marginados y necesitados; una Iglesia no dominadora sino servidora, a imagen y semejanza del mismo Jesús que, inmediatamente antes de instituir la Eucaristía, comenzó la última cena con un gesto humilde de servicio y no con actitudes arrogantes de poder (Juan 13, 1-15).