Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Hay que educar para la solidaridad y la generosidad

  •   Domingo Noviembre 11 de 2018
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  •    Ordinario

En las últimas semanas, los Noticieros de la TV han llevado a nuestros hogares el drama humanitario de los venezolanos y hondureños, quienes han tenido que abandonar su patria porque la pobreza, la falta de oportunidades y la violencia les impiden llevar una vida digna, y salen en búsqueda de oportunidades para ellos y sus familias. Se trata de un éxodo lleno de incertidumbres y peligros:


Los venezolanos buscan en Colombia y en los países del sur del continente trabajo, salud y educación.

Los hondureños caminan en pos del sueño americano.

¿Qué encuentran en su azaroso peregrinar? Encuentran lo mejor y lo peor del ser humano. Los medios de comunicación nos han permitido conocer hermosos gestos de solidaridad hacia estos migrantes expulsados por la pobreza y la violencia. Pero también han sido víctimas de engaños, contratación injusta, explotación sexual, rechazo por ser extranjeros. Y, como si lo anterior no fuera suficientes, a los hondureños los espera una frontera militarizada. Su drama humanitario ha sido manipulado para mover al electorado americano en las elecciones del 6 de noviembre.

Las migraciones forzadas por causa de la pobreza y la violencia constituyen uno de los problemas más desafiantes de nuestro tiempo y se extienden, como mancha de aceite, por varios continentes. El drama de los migrantes es un grito desgarrador que pide solidaridad y generosidad de todos: individuos, sociedad civil, gobiernos y comunidad internacional.

Precisamente, las lecturas bíblicas de este domingo nos describen la generosidad de dos mujeres que, viviendo en condiciones económicas extremas, no dudaron en dar lo poco que tenían:

La viuda de Sarepta, empobrecida por una sequía que había arruinado la agricultura de su país, prepara para el profeta Elías un pan con la última ración de harina y aceite que le quedaba.

La viuda pobre, ante los ojos maravillados de Jesús, deposita en la alcancía del Templo de Jerusalén dos monedas de poco valor pero que significaban mucho para ella.

Estos dos personajes bíblicos nos invitan a reflexionar sobre la generosidad. Hay que reconocer que quienes viven en el campo son más solidarios y tienen unas vigorosas redes de apoyo mutuo. Por el contrario, quienes viven en las ciudades son individualistas, desconocen a las personas que viven en su vecindario. Más aún, las miran con desconfianza. La consigna es: ¡que cada uno sobreviva como pueda!

Este profundo egoísmo de la cultura contemporánea es un grave error. ¡No podemos vivir solos! ¡Todos necesitamos de todos! Entonces, ¿qué debemos hacer? Hay que educar para la solidaridad y la generosidad.

Ciertamente, en los procesos educativos hay que generar refuerzos que premien los comportamientos positivos y así, poco a poco, se irán consolidando hábitos de comportamiento; y hay que reprender cuando las acciones afectan la convivencia. Ahora bien, este sistema de estímulos y reprensiones no puede degenerar en la promoción de un espíritu competitivo egoísta que busca el éxito sin tener en cuenta si los medios para alcanzarlo son éticos. Quienes trabajamos en el sector educativo, fácilmente identificamos aquellos jóvenes que buscan salir adelante solidariamente gracias a un trabajo en equipo, y los que lo hacen de manera egoísta y jugando sucio… Hay que educar para el trabajo en equipo y la construcción de metas de interés común.

Estos dos personajes bíblicos, la viuda de Sarepta y la mujer de la alcancía del Templo, no hicieron cálculos egoístas. Aunque la interlocutora del profeta Elías sabía que la harina y el aceite se habían agotado, confió en la providencia divina. ¡Profunda lección! La generosidad no nos empobrece. Cuando compartimos, no perdemos. Todos hemos tenido experiencias muy positivas cuando hemos tendido las manos para acoger a las personas necesitadas.

Es importante entender que, cuando hablamos de generosidad, no estamos pensando exclusivamente en los bienes materiales. Generosidad significa dar parte de nuestro tiempo a las personas e instituciones que necesitan de nuestro aporte en muchos campos (apoyo en las actividades diarias, conocimientos, experiencia, gestión, etc.). Cuando hablamos de lo que significa la generosidad, no podemos argumentar que no podemos practicarla porque carecemos de recursos económicos. Siempre es posible compartir: una palabra afectuosa, una visita, una voz de aliento, un consejo. Todos estos gestos nos enriquecen, en lugar de empobrecernos.

Las lecturas de este domingo nos ofrecen dos conmovedores testimonios de generosidad. Dos mujeres que dieron, no lo que les sobraba, sino que se desprendieron de unos recursos que eran esenciales para su subsistencia.

El Maestro supremo de generosidad es Jesús quien, no solo nos dio sus enseñanzas y nos mostró el camino para llegar a la Casa de nuestro Padre, sino que entregó su vida para que nosotros tuviéramos la Vida eterna.