La alegría de la Navidad

  •    Diciembre 16 de 2018
  •    Enrique A. Gutiérrez T., S.J.

Acostumbramos a relacionar la Navidad con la alegría y la bondad, y está bien. ¿Qué pasa entonces con quienes la viven en contextos de dolor y tristeza? Enrique Gutiérrez, S.J. nos invita a sentir la alegría de la Navidad desde la lógica de voltear nuestra mirada hacia quienes la necesitan.


Nos dice este domingo el apóstol Pablo en la segunda lectura “estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén siempre alegres… El Señor está cerca”. Estas palabras nos introducen en el tema de nuestra reflexión: la navidad se acerca, marcada con su alegría y bondad. Es lo que debe caracterizar las celebraciones de estos días. Lo contrario, no corresponde a lo que estamos invitados.

Sin embargo, la realidad nos muestra otros elementos: hay muchas personas, especialmente niños y jóvenes, para quienes estas fiestas no lo son, pues sus días están marcados por la tristeza, derivada de los problemas, situaciones internas y tragedias que deben vivir. Son las víctimas inocentes de una violencia absurda que se ha ido apoderando progresivamente del mundo, marcando para siempre la vida de estos niños y jóvenes con el sello del dolor. Son, al mismo tiempo, tantas personas que han debido desplazarse y dejar abandonados sus cultivos, su terruño, lo que les es más querido, porque sus vidas corrían peligro.

Vale la pena que reflexionemos por unos minutos sobre la realidad que estamos viviendo, el contraste con lo que nos propone la Iglesia para este tiempo de preparación para la Navidad. ¿Podremos darle las espaldas a la realidad, para encerrarnos en nuestra torre de marfil, aislados de lo que acontece en el mundo y dedicarnos a la alegría un poco insensible? Pienso que no. Es un llamado a la solidaridad, es el momento para hacerles caer en la cuenta a los miembros de nuestras familias de lo que sucede con muchos hermanos y hermanas nuestras, para que tomen conciencia de la realidad.

No se trata de perder la alegría, no es suprimir las celebraciones, es sencillamente, una invitación a la solidaridad, a la toma de conciencia sobre los problemas y realidades que nos afectan. Qué tal pensar en maneras de vivir esa solidaridad, de llevar un poco de alegría a quienes sufren compartiendo con ellos algo de lo nuestro, quizás de lo que nos es necesario. Hay rostros tristes que, por medio de la solidaridad hecha vida, pueden transformarse en rostros alegres. Esa sí es una verdadera celebración de la Navidad, fiesta de la solidaridad alegre que nace de comprender que, como hermanos, no podemos cerrar los ojos o ser insensibles ante el dolor de los que sufren.

El mundo en el cual vivimos nos hace vivir la vida a un ritmo muy acelerado, no nos deja tiempo para hacer una pausa en el camino y mirar lo que sucede a nuestro alrededor y que nos afecta de una manera profunda. Tomemos ese tiempo, hagamos esa pausa, reflexionemos sobre cómo vamos a celebrar la Navidad, analicemos los cambios que podemos hacer para ser más solidarios. El ejemplo arrastra, como nos dice la sabiduría popular. Qué tal si nos unimos con otros familiares, nos apoyamos y pensamos en alegrar la Navidad de algunas personas, de pronto, muy cercanas a nosotros. Esa es la verdadera alegría de la Navidad, así Dios nace en cada uno.