Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

La ostentación del rico es un insulto a los pobres

  •   Domingo Noviembre 11 de 2018
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  •    Ordinario

Enseñando en Jerusalén, decía Jesús a la multitud: “¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con traje de ceremonia y que les hagan reverencias en la calle; buscan el sitio de preferencia en las sinagogas y el lugar de honor en los banquetes. ¡Esa gente que devora los bienes de las viudas, y sólo por aparentar hace largas oraciones, recibirá un castigo más severo!”.


¡Esa gente que devora los bienes de las viudas, y sólo por aparentar hace largas oraciones, recibirá un castigo más severo!”. Y sentado frente al lugar donde se echaban las limosnas para el templo, observaba cómo la gente iba echando las monedas. Había muchos ricos que daban grandes limosnas.

En esas llegó una viuda pobre y echó dos moneditas (o sea, ni el cincuentavo de un jornal). Entonces llamó Jesús a sus discípulos y les dijo: “Yo les aseguro: esta viuda pobre ha dado para el templo más que esos otros. Porque los demás dieron una parte de lo que les sobraba, pero ella en su pobreza dio todo lo que tenía” (Marcos 12, 38-44).

La escena que nos el Evangelio sucede en un lugar situado junto al Templo de Jerusalén, donde se congregaba la gente para escuchar a Jesús en los días previos a la fiesta de la Pascua después de haber llegado Él a la ciudad con sus discípulos poco antes de su pasión. Meditemos en las enseñanzas que nos trae este relato, teniendo en cuenta también las otras lecturas de este domingo: [I Reyes 17, 10- 16, Salmo 146 (145), Hebreos 9, 24-28].

1. La soberbia de quienes se creen mejores va unida siempre a la hipocresía

Jesús les echaba en cara su soberbia e hipocresía a los doctores de la Ley pertenecientes al grupo de los “fariseos”, término que significa originariamente “separados” o “segregados” y que ellos se aplicaban a sí mismos para indicar que eran distintos de los demás por ser cumplidores de la Ley de Dios, e incontaminados porque no se juntaban con los pecadores. Su actitud arrogante que los llevaba a aprovecharse de sus conocimientos y de su poder para oprimir y explotar a los demás, iba siempre acompañada de un comportamiento hipócrita que ocultaba sus intenciones torcidas.

Este tipo de comportamiento sigue existiendo hoy en quienes se creen superiores a los demás (y eso es lo que significa propiamente la soberbia, en latín superbia, y en términos del lenguaje popular actual la “sobradez”), y se la pasan engañando con el ropaje ostentoso de las apariencias.

Por eso también hoy Jesús en el Evangelio nos invita a todos, cualquiera que sea nuestra posición en la sociedad, a revisar nuestras actitudes y comportamientos y a rechazar tanto en nosotros como en los demás la soberbia y la hipocresía.

2. La ostentación del poder y las riquezas es un insulto a los pobres

Esta reflexión, implícita en el relato del Evangelio, corresponde a una realidad que también es de hoy. Pero con una diferencia: actualmente el insulto de la opulencia a los desposeídos tiene repercusiones mucho mayores, de una parte porque con frecuencia un cierto uso de los medios de comunicación ha hecho de éstos cajas de resonancia del culto al lujo y a las apariencias, y de otra porque el sistema económico imperante en el mundo ha venido ensanchando cada vez más la brecha entre unos pocos que se hacen cada vez más ricos y poderosos y ostentan descaradamente su pretendida omnipotencia, y otros muchos que se sumen cada vez más en la miseria y constituyen la masa creciente de los marginados y excluidos.

A lo anterior se agrega la prepotencia de quienes creen que por tener mayor poder valen más que los demás y se dan el lujo de explotar a quienes someten a su servicio. En este sentido, con no poca frecuencia jefes políticos y también religiosos se aprovechan de los pobres para su propio beneficio personal. Cualquier parecido, por ejemplo, con la escena fotográfica que circuló recientemente en los medios de comunicación masiva y las redes sociales mostrando al dictador de un país vecino al nuestro ostentando el lujo de estar disfrutando de un opíparo banquete en un restaurante famoso durante su gira por el cercano oriente, mientras la mayoría de sus coterráneos padecen hambre y se ven por ello forzados a emigrar en condiciones infrahumanas, no es mera coincidencia.

3. Vale mucho más darnos a nosotros mismos que dar de lo que nos sobra

Esta es la moraleja final del relato evangélico de este domingo. La verdad que encierra también es aplicable a todos los tiempos. La ofrenda hecha por aquella pobre viuda que a duras penas sobrevive en medio de una pobreza extrema, es una lección que Jesús quiere hacer notar a quienes creen que están haciendo el bien al dar ostentosamente y con mucha publicidad de lo que les sobra, y por ello esperan ser reconocidos como grandes benefactores.

La enseñanza que Jesús nos da a partir del ejemplo de la viuda, y que, como nos cuenta la primera lectura, tiene su antecedente en la actitud generosa de aquella otra viuda, que compartió con el profeta Elías lo muy poco que tenía, constituye una invitación a todos nosotros, cualquiera que sea nuestra condición económica o posición social, a estar dispuestos siempre a compartir no sólo dando de lo que nos sobra -si tenemos mucho-, sino entregándonos a nosotros mismos, sea cual sea nuestra condición económica, con un compromiso real para contribuir a la construcción de una sociedad en la que todos nos reconozcamos efectivamente como iguales en dignidad y en derechos, pues somos hijos e hijas de un mismo Creador.

Él mismo quiere, con nuestra colaboración, hacer justicia a los oprimidos, como dice la primera estrofa del Salmo 146. Jesús mismo es en definitiva nuestro modelo en ese ofrecimiento total de sí mismo en sacrificio por toda la humanidad, tal como nos lo presenta hoy el texto de la segunda lectura. Que Dios nuestro Creador y Padre, por la mediación redentora de su Hijo Jesucristo, renueve en cada uno de nosotros la acción de su Espíritu Santo, que es la única que nos puede mover a la verdadera humildad y a la disposición del corazón para ofrecernos y darnos a nosotros mismos, comprometiéndonos sinceramente en la construcción de una sociedad en la que todos nos reconozcamos como hermanos y obremos en consecuencia con este reconocimiento.