No juzgamos o condenamos, menos damos una sentencia. Para eso existe la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que es parte del sistema para garantizar que no haya impunidad. Vamos detrás de la verdad humana e histórica.

 

 

 

"La violencia del conflicto tocó a todos, pero fue mortal con los campesinos" - Francisco de Roux, S.J.

Desde el 29 de noviembre la Comisión de la Verdad empiezó su trabajo de esclarecer lo que ocurrió en más de 50 años de guerra en Colombia y escuchar a las víctimas. Entrevista de Semana Rural a Francisco De Roux, S.J., quien encabeza esta entidad.


Las cifras que actualmente conocemos del conflicto armado en Colombia aterran: 262.197 muertos directos entre 1958 y julio de 2018, 80.514 desaparecidos, 37.094 secuestrados y 15.687 víctimas de violencia sexual. Estos son algunos de los datos que entregó el Observatorio de Memoria y Conflicto, del Centro Nacional de Memoria Histórica, el pasado agosto. Y aunque el trabajo de esta entidad es valioso todavía hay decenas de preguntas en torno a lo que sucedió: ¿dónde están las víctimas que no se han registrado? ¿qué pasó con los desaparecidos? ¿conocemos todas las masacres? ¿quiénes no se dejaron vencer por el conflicto?

Desde este jueves, la Comisión para el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición tiene la tarea de completar los vacíos existentes en la historia de la guerra en Colombia. Es una institución que nace del punto cinco de los acuerdos de paz entre el gobierno y las Farc (Sobre las víctimas del conflicto) y que tendrá tres años para escuchar a las víctimas, a los victimarios, a los testigos de la guerra y a los sectores -sean políticos o económicos- involucrados.

Con esa recopilación de voces se elaborará un informe final, que cuente lo que ocurrió en el conflicto, las consecuencias que dejó en las comunidades y qué debe hacerse para que no se repitan los hechos de violencia. Este ejercicio de memoria va acompañado del apoyo a iniciativas de paz en las regiones. Por esa razón, la Comisión definió 11 territorios donde se harán encuentros y sesiones para esclarecer la verdad con todos los actores que tuvo la guerra.

En la cabeza de la Comisión está el padre jesuita Francisco de Roux, quien creó el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio y ha trabajado con el campesinado colombiano en la construcción de paz. SEMANA RURAL charló con él sobre cómo funcionará la entidad, los retos que tendrá y por qué la sociedad colombiana le ha huido a hablar de la verdad.

Usted encabeza la Comisión de la Verdad desde hoy. Ayúdenos a dimensionar la importancia de esta entidad para el presente y el futuro de Colombia...

Somos una entidad estatal, autónoma, que no depende de la Presidencia, con una tarea enorme: contribuir al que país comprenda qué fue lo que pasó en un conflicto que tiene ocho millones y medio de sobrevivientes, según la Unidad de Víctimas. Entonces, la importancia para el país está en superar con la verdad la situación por la que pasó y en la cual, de alguna manera, todavía vive con la presencia del Eln y de grupos armados como los Urabeños y las Autodefensas Gaitanistas de Colombia.

El narcotráfico aquí juega un papel fuerte y tiene que ver con la situación del campesinado, ese que quedó excluido de la economía formal, sin tecnología, sin mercados, sin créditos y sin tierras en zonas donde la presencia del Estado fue escasa. Ese campesinado quedó arrinconado contra la selva. Y esto, mezclado con la coca, agravó la situación del campo. La verdad es el único camino serio para salir de esto, pero la verdad de todas las víctimas y de todos lados. Sin excepción.

¿Y la verdad de los victimarios?

Como le dije, buscamos una comprensión de lo que pasó. Incluso, en algunos momentos, una compasión hacia nosotros mismos. Por eso también buscamos el reconocimiento de las responsabilidades. Pero nosotros no somos una entidad judicial, somos una entidad extrajudicial. No juzgamos o condenamos, menos damos una sentencia. Para eso existe la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que es parte del sistema para garantizar que no haya impunidad. Vamos detrás de la verdad humana e histórica.

«Nuestro mandato es muy específico en el tipo de responsabilidades que nos incumben. Tenemos que poner los ojos en las víctimas más vulnerables, las mujeres, los campesinos, los niños. La población LGBTI. Debemos tener cuidado con cómo el conflicto armado afectó la economía, sobre la forma en que el narcotráfico se metió en el conflicto. O la manera en que el paramilitarismo participó en la guerra. Todos los que estuvieron metidos en el conflicto».

Para conocer la verdad de todos y contribuir a la paz, la Comisión tendrá que moverse por el país, salir de Bogotá, cómo planean ese trabajo...

Nosotros vamos por la convivencia en los territorios, porque la guerra en Colombia fue una guerra territorial. Queremos lograr caminos, la no repetición a partir del trabajo con la gente. Ahora, desde el territorio lanzaremos una activación nacional por la pasión a la verdad, pues no se trata de la verdad de la Comisión, sino de la verdad de los colombianos. No somos una entidad contra alguien. Ni contra el gobierno actual o el anterior, ni contra los militares o los empresarios. Ni siquiera contra las Farc. Estamos en contra de la mentira, los miedos y los silencios.

Por otro lado, hay que aclarar los elementos positivos que hubo, porque hacen parte de la verdad. Me refiero a las luchas de muchas personas -periodistas, miembros de iglesias, organizaciones de derechos humanos y asociaciones civiles- que no se dejaron vencer, que mantuvieron la esperanza. Para eso es la Comisión.

Además de la poca presencia del Estado, el desconocimiento de lo que pasó también contribuyó al atraso del campo. ¿Cómo ayuda la verdad al desarrollo de las zonas rurales?

Es evidente que el sufrimiento del campesinado, y puntualmente del que vive con la ilusión de tener tierras y ponerlas a producir, está en el eje central del conflicto armado. De ninguna manera la lucha armada es una salida, una solución justa. El camino era la política y la participación. Que el país escuchara las solicitudes de los campesinos. Pero se les fue corriendo el cerco, como a las comunidades indígenas y afro. Muchos, por la violencia y falta de oportunidades en el campo, tuvieron que abandonar las tierras. De los siete millones de desplazados que hay en los registros estatales, la mayoría son campesinos.

Si bien es cierto que la violencia tocó todas las clases sociales de Colombia y todos los sectores, sin excepción, la violencia fue mortal entre los campesinos. Este es el tipo de verdades que el país tiene que enfrentar para que se dé un desarrollo rural.

Y a muchos campesinos que no huyeron de la guerra los obligaron a sembrar y cultivar coca…

Una de las explicaciones que se da es la demanda norteamericana y europea sobre la cocaína. Y eso es cierto, la demanda es altísima. Al campesino le llegan a la finca para comprarle la hoja o la pasta base de coca. No importa qué tan lejos quede. Pero aquí debemos preguntarnos: ¿acaso la misma demanda no la tiene el campesino de Costa Rica? ¿O el campesino de Panamá? ¿O del Ecuador? ¿Por qué ellos no están produciendo y el campesino colombiano sí?

Si comparamos el estado de los campesinos de otros países nos daremos cuenta de que el colombiano es un campesinado abandonado. Por eso, al no tener rutas para sacar sus productos, no tener mercados, no contar con tecnología y estar arrinconado en la selva, encontró en la coca una forma de supervivencia –porque es un campesinado inteligente-. Pero esto les hace mucho daño, porque los clava en el conflicto.

Decir la verdad incomodará a muchos, es incluso peligroso y podrían recibir ataques. ¿Cómo se van a blindar?

Nosotros esperamos que prevalezca, de nuestra parte y del país, una seriedad ética muy grande. No tenemos el interés en correrle el piso político a alguien, y mucho menos afectar la productividad económica de un sector. No vamos detrás del poder o del dinero, nos importa la verdad. Esperamos que la gente entienda que estamos abiertos a las críticas. Nos interesa contrastar todos los puntos de vista.

La verdad es siempre una búsqueda que no termina, pero se puede llegar a conclusiones llenas de sentido. Nunca se logrará la verdad final, pero siempre se encuentra el camino que indica hacia dónde hay que investigar. Vamos a tener muchas contradicciones, de eso no tengo alguna duda. Y vamos a incomodar, porque los colombianos les tenemos miedo a la verdad, pero tenemos que pagar ese precio por el país.

Hablemos de ese precio...

Mire, si a las personas les da miedo que se conozca la verdad sobre sí mismos, si a nosotros nos cuesta reconocer nuestras sombras y equivocaciones -porque quizá le hemos hecho daño a quienes más queremos-, pues preferimos que nadie la conozca. Nos da vergüenza. Llegar a ser un libro abierto y que la gente sepa nuestra historia es algo que nos cuesta inmensamente. Sin embargo, hacerlo nos hace crecer inmensamente, porque pone en evidencia que somos genuinos, transparentes, auténticos.

«Piense lo difícil que es como sociedad no atrevernos a decir la verdad. O como cuerpos: el Ejército, la guerrilla, la empresa, un partido político… Nosotros queremos avanzar hacia allá. Lamentablemente produciremos dolor, pero es más un sufrimiento por la manera de decirlo. Si uno busca la verdad para acrecentar los odios, las rivalidades, la necesidad de venganza, los señalamientos y la polarización, pues se termina armando una guerra con la verdad. Pero si se busca la verdad -por más dura que sea- para el entendimiento de las razones de los demás, pasamos por encima de los miedos».

Buscar la verdad puede reabrir heridas en las víctimas...

Por eso la Comisión tiene un equipo psicosocial que acompaña a las víctimas y también a los victimarios en el proceso de abrirse.

¿Por qué dice que la sociedad colombiana le teme a la verdad?

Yo creo que en nosotros hay una fractura. Y generalizando, hay una fractura muy profunda en el ser humano. Es que muchos vimos pasar la guerra en la televisión, como si fuese una película de Netflix. Vimos a campesinos sin piernas y ciegos por las minas antipersona. Y es como si ellos fueran otros, como si 7 millones de personas que huían del campo no tuviesen que ver con nosotros. Al ser vulnerada la dignidad de ellos, la de todos nosotros también lo estaba. Asumimos que esa realidad nos incumbía solo cuando se produjo una oscuridad enorme.

¿Y cómo reparamos esa fractura?

Tenemos una crisis espiritual muy profunda. No es crisis religiosa, es un problema muy interno. Lástima porque el colombiano es un ser muy creativo, de una gran imaginación, de una enorme capacidad de gozar de las cosas de la vida en un territorio precioso. Pero si nosotros no nos miramos a nosotros mismos, esto no se arregla. Esa fractura se expresa en lo que hacemos con el mercado, que lo utilizamos de una manera perversa para que unos sean excluidos y otros acumulen más; en la política, que se apodera de los dineros del Estado para intereses individuales; en la manera en que se la ha quitado la tierra a los campesinos.