Una cruz que se convierte en trono

Una cruz que se convierte en trono
  • Domingo Noviembre 24 de 2019
  • Pistas para la Homilía del Domingo
  • Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  • Ordinario

El año litúrgico empieza con el tiempo de Adviento, que es la preparación para la Navidad; y culmina con la fiesta de hoy, cuando el Señor es exaltado como Rey del Universo, después de haber cumplido la misión que el Padre le confió de redimir a la humanidad.

La primera lectura de este domingo, tomada del II Libro de Samuel, nos ofrece el contexto teológico y político para comprender este título de Rey que se aplica a Jesucristo. En ese relato leemos la consagración de David, que es ungido como Rey de Israel en presencia de todo el pueblo. Es una escena muy solemne, cargada de significación.

En la historia del pueblo de Israel, David ocupa un lugar destacadísimo pues es el gran personaje político que será modelo e inspiración de todos los gobernantes por su sentido de la justicia y su fidelidad a los mandatos de Yahvé. La promesa de un Mesías es la motivación que le permite al pueblo de Israel superar las numerosas crisis causadas por su infidelidad a la Alianza. La promesa de un Mesías liberador es la gran ilusión. Y este Mesías pertenecerá a la familia de David.

La esperanza puesta en un Mesías se asoció con poder y gloria. Sería como un regreso a la edad dorada del Rey David. Los discípulos de Jesús compartían este imaginario de un Mesías triunfador, que restauraría las viejas glorias del pueblo; por eso les costó mucho trabajo cambiar de esquema mental hasta que comprendieron, después de la Resurrección, que el Reino del que les había hablado su amado Maestro exigía, como etapa previa, sentarse en el trono de la cruz; había que morir para resucitar.

Por eso es tan impactante el contraste entre la primera lectura y el relato evangélico. El relato del II Libro de Samuel nos muestra una página gloriosa de la historia de Israel, la unción de David como Rey; un momento intenso, vivido dentro de una profunda fe en Yahvé, y de orgullo como nación. El segundo relato, del evangelista Lucas, nos describe un escenario sombrío, lleno de dolor y sufrimiento. El Rey de Israel es crucificado. El pueblo desconcertado se preguntaba: ¿es éste el Mesías anunciado?, ¿el descendiente de la casa de David?, ¿el Rey en quien habíamos depositado nuestras esperanzas de liberación? Es brutal el contraste de las dos lecturas; la primera nos habla de triunfo y la segunda nos narra la aniquilación de un sueño.

El relato del evangelista Lucas tiene unos elementos que hacen más dramática la escena:

En la parte superior había un letrero que decía: “Este es el Rey de los Judíos”.

Junto a la cruz y mientras Jesús agonizaba, los soldados se burlaban de su título real: “¡Si tú eres el rey de los judíos, sálvate!”.

Se desarrolla un fuerte debate teológico entre los dos ladrones que habían sido crucificados junto a Jesús; el debate termina con unas solemnes palabras del Señor: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Esta solemne fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, en la que el Señor aparece sentado en el trono de la Cruz, rompe todos los esquemas de la lógica humana, pues para unos es absurdo y para otros es locura. Las palabras rey y trono siempre han estado asociadas con el reconocimiento social, la riqueza, las solemnes caravanas, los honores militares. Ninguno de estos elementos aparece junto a Cristo Rey. Es un Rey desde el despojo, la pobreza, los insultos.

Este camino absolutamente nuevo se inició con la Encarnación del Hijo eterno de Dios quien, al asumir nuestra condición humana, se despojó de los atributos propios de la divinidad y nació en un establo. Jesucristo inauguró un Reino diferente, cuya Carta Fundamental son las Bienaventuranzas. Una propuesta de felicidad innovadora, alimentada por una profunda confianza en Dios, marcada por la austeridad de vida, un agudo sentido de la justicia social, el amor y el servicio.

A lo largo de su predicación, Jesús insistió en estos mensajes, cuyo alcance no podían comprender sus discípulos, porque su formación religiosa les había inculcado una imagen diferente de Rey y Mesías. Una escena particularmente intensa de esta propuesta disruptiva fue el Lavatorio de los Pies, cuando dio ejemplo de un nuevo modelo de liderazgo que exige ponerse al servicio de los otros.

Esta fiesta de Cristo, Rey del Universo, sentado en el trono de la Cruz, es un impactante mensaje para la Iglesia y para cada uno de los bautizados. El seguimiento del Señor exige oración, desapego, sencillez, solidaridad con los pobres. Las actitudes de dominio y orgullo son incompatibles con la persona y el mensaje de Jesús.