La humildad nos ayuda a vivir en paz

La humildad nos ayuda a vivir en paz
  • Domingo Octubre 27 de 2019
  • Pistas para la Homilía del Domingo
  • Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.
  • Ordinario

La amistad exige que los asuntos que aparezcan puedan fluir sin complicaciones. Esto no sucede con el arrogante que se siente superior, mira con displicencia y no está interesado en escuchar pues cree que lo sabe todo.

La arrogancia no solo interfiere en las relaciones interpersonales, sino que también ataca los cimientos de la democracia, que son la igualdad y la fraternidad. ¿Por qué? Porque el arrogante exige un trato preferencial y cree que las demás personas y los poderes públicos deben estar al servicio de sus intereses. En Colombia, se hizo tristemente famosa la frase de un conocido personaje que, al ser detenido por un agente de tránsito, le dijo: ¿Usted no sabe quién soy yo?

La arrogancia también intoxica la vida de la Iglesia como Pueblo de Dios. Entre las diversas formas como se expresa la arrogancia en el seno de la Iglesia, quiero destacar dos:

El trato de algunos pastores con sus feligreses. Conocemos dolorosas historias de personas que se han apartado de la comunión eclesial porque se han sentido maltratadas y humilladas.

El talante de ciertos grupos de católicos que creen pertenecer a una casta superior por la santidad de su vida y porque se auto-proclaman modelo de virtudes. Miran con cierto desprecio a personas que por su estilo de vida no están dentro de la ortodoxia moral, y pretenden cerrarles las puertas de la participación en la vida de la Iglesia.

La antítesis de la arrogancia es la humildad. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, “es una virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades, y en obrar de acuerdo con este conocimiento”. De esta manera, la humildad es fruto de un espíritu crítico que profundiza en el conocimiento del propio yo e identifica con madurez sus luces y sombras.

Esta comprensión de la humildad en términos antropológicos, se enriquece si la analizamos desde la fe cristiana. En esta perspectiva, la humildad florece al reconocer nuestra condición de criaturas finitas y frágiles, que todo lo que tenemos, empezando por el don de la vida, lo hemos recibido en calidad de préstamo. La humildad es la respuesta espontánea del corazón humano al reconocernos como pecadores y necesitados de salvación. Todas las riquezas, el poder y el protagonismo social se relativizan ante la conciencia de nuestra fragilidad y pecado.

En la liturgia de este domingo encontramos dos hermosos textos que nos invitan a profundizar en esta virtud que es menospreciada por muchos, porque la consideran un atributo de los débiles y fracasados:

En el Libro del Eclesiástico leemos: “El Señor es un Dios justo y no hace discriminaciones. No favorece a nadie con perjuicio del débil. La oración del humilde traspasa las nubes y no descansa hasta llegar a Dios”. Ante Él, de nada valen los apellidos ni el lugar que se ocupe dentro de la pirámide social. Más aún, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento encontramos numerosos textos en los que se afirma la preferencia de Dios por los más vulnerables.

En el Evangelio de Lucas, leemos la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos que van al Templo a orar. Son dos modos de oración totalmente opuestos. El fariseo da gracias porque no es como los demás, ladrones, desleales, adúlteros, ni como ese recaudador… Por el contrario, el recaudador “se quedó atrás y ni siquiera se atrevía a levantar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: Dios, ten compasión de este pobre pecador”.

En el sacramento de la reconciliación es frecuente escuchar a algunos penitentes que no saben qué pecados confesar porque no han matado, no han robado y no han sido infieles en sus relaciones matrimoniales. Carecen de espíritu crítico que les permita preguntarse por los deberes de justicia, por su sensibilidad ante el grito de dolor de los pobres y por el bien que no han hecho.

Quisiera recordar dos anécdotas del Papa Francisco. Ante la pregunta que le hizo un periodista de cómo se definía él mismo, su respuesta fue contundente: Soy un pecador. Y en el vuelo de regreso de uno de sus viajes apostólicos, alguien le preguntó su posición ante las personas gay, y su respuesta dio la vuelta al mundo: ¿Quién soy yo para juzgar?

Muchas personas establecen una correlación imprecisa entre la virtud de la humildad y la carencia de bienes materiales; de manera simplista afirman: todos los pobres son humildes y todos los ricos son arrogantes. Este análisis es inexacto. La virtud de la humildad es una actitud del corazón que deberían cultivar todos los seres, independientemente de su posición socio-económica. Es posible armonizar la virtud de la humildad con el ejercicio del poder. ¿Esto qué significa? La persona que tiene poder debería tratar con respeto a todas las personas sin discriminarlas; debería atender con eficiencia todos los asuntos sin tener diversos tiempos de respuesta según los estamentos sociales; escuchar con espíritu abierto todas voces ya que todas las personas pueden aportar a la solución de los problemas que se presentan dentro de una organización y de la sociedad como un todo.

La virtud de la humildad se fortalece cuando tomamos conciencia de que los cargos y prebendas son temporales; hoy estamos arriba, en la cima del poder, y mañana volveremos al anonimato. Por eso es tan importante que las diversas organizaciones sociales definan los periodos para los diversos cargos directivos. No está bien atornillarse al poder.

Para concluir nuestra meditación dominical, recordemos que la arrogancia genera tensiones y enemistados; por el contrario, la humildad nos permite construir un proyecto de vida sereno pues somos conscientes de nuestras fortalezas y debilidades, y nos abre a la colaboración con los otros y a la acción amorosa de Dios.