Naamán y el samaritano, dos inspiradoras historias de vida.

Naamán y el samaritano, dos inspiradoras historias de vida.
  • Domingo Octubre 13 de 2019
  • Pistas para la Homilía del Domingo
  • Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Naamán estaba en lo más alto de la pirámide del poder, pues pertenecía al círculo íntimo de los colaboradores del rey de Siria, quien le había confiado sus ejércitos. En pocas palabras, tenía poder político y, en consecuencia, poder económico. Pero ese poder era inútil frente a la enfermedad que lo aquejaba, pues en esa época se desconocían su origen y su tratamiento. Hoy en día ese problema está superado.

El samaritano del relato evangélico era un ciudadano de segunda categoría, a quien los israelitas miraban con displicencia. El pueblo samaritano era una disidencia religiosa que se había apartado de la ortodoxia de la Alianza. A pesar de estar en lo más bajo de la pirámide social, tenía la misma enfermedad que el poderoso general sirio. Eso nos hace comprender lo artificiales que son las barreras socio-económicas; ante la enfermedad, el dolor y la muerte, todos somos igualmente vulnerables. Son dos historias de vida. Dos posiciones extremas en la pirámide social. Dos creencias religiosas diferentes. Pero tenían en común la misma enfermedad que desbordaba los conocimientos científicos de la época.

A pesar de las profundas diferencias entre los dos personajes, Dios se hace presente en sus vidas devolviéndoles la salud.

¿Cómo es el camino de la fe que recorre Naamán? Leemos en el relato del II Libro de los Reyes: “Fue al río Jordán y se bañó siete veces en él, como se lo había indicado del profeta Eliseo; y quedó limpio de la lepra, con la piel como la de un niño”.

¿Cómo es el camino de la fe que recorre el samaritano? Según nos relata el evangelista Lucas, “al entrar en una población, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritar: ¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”. Cuando Jesús los vio, les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes. Y al ir a presentarse, quedaron libres de la lepra”.

Estas historias de vida nos invitan a reflexionar sobre tres puntos: 1° cada persona tiene un modo diferente de encontrarse con Dios; 2° la gracia de Dios no tiene fronteras y se manifiesta donde Él quiere; 3° el agradecimiento.

Naamán y el samaritano se encuentran con la gracia de Dios de manera diferente. Como Naamán era un hombre poderoso, pensó que podía comprar el don de la salud regalando al rey de Israel treinta mil monedas de plata, seis mil monedas de oro y diez vestidos. A pesar de este mal comienzo, el profeta Eliseo se encargó de redireccionar este proceso espiritual que tendría como punto final la proclamación de Yahvé como único Dios.

El camino de la fe que recorre el samaritano es muy diferente. Conoce su enorme fragilidad y ha sufrido una cruel exclusión social. Por eso no tiene el orgullo de Naamán y hace una petición que le sale del corazón: “¡Señor, maestro, ten compasión de nosotros!”

La historia espiritual de cada ser humano es diferente. Y la gracia de Dios se nos ofrece de muchas maneras. Como Padre amoroso, conoce nuestras complejidades e irrumpe en nuestras vidas de manera insospechada. En este camino de búsqueda espiritual es de mucha utilidad contar con una persona experimentada que nos ayude a leer los acontecimientos y así poder reconocer el camino que el Señor nos muestra.

La segunda reflexión que nos suscitan las historias de vida de estos dos personajes es tomar conciencia de que la gracia de Dios no tiene fronteras. El Espíritu Santo se manifiesta donde quiere. En el caso de Naamán, la gracia de Dios se hace presente en la vida de un pagano; en el caso del samaritano, la gracia de Dios se manifiesta en la vida de un sencillo hombre que no estaba en comunión con la ortodoxia de Israel.

Hay que recordar que el pueblo de Israel era muy celoso a este respecto, y se consideraba el propietario de la promesa de salvación entendida, no como un regalo que debía ser compartido, sino como un derecho inaccesible para los demás pueblos. La universalidad de la salvación obrada por Jesucristo debe recordarnos que ningún poder humano puede pretender apropiarse de la verdad; carece de sentido dividir a la humanidad entre buenos y malos, honestos y deshonestos, salvados y condenados.

En consecuencia, la xenofobia, comprendida como rechazo al extranjero y al que es diferente, constituye un comportamiento inaceptable. En nuestros tiempos, escandaliza el contraste ente la intensa conectividad que nos permite la tecnología y las barreras de prejuicios y discriminación que se están levantando entre los pueblos con el apoyo de los líderes políticos. Parece que la humanidad ya olvidó los millones de muertos de las dos Guerras Mundiales y el desastre de las guerras civiles y vuelve a atizar el fuego de las rivalidades e incomprensiones.

La tercera reflexión que suscitan en nosotros estas dos historias de vida es la importancia del agradecimiento. Los dos personajes quieren manifestar su agradecimiento a Dios. Cada uno lo hace a su manera. En el evangelio de Lucas se insiste en este punto, contrastando la actitud del samaritano y la de los otros nueve que fueron igualmente curados de su enfermedad. Dice Jesús: “¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo sino este extranjero que volviera a dar gloria a Dios?”

El agradecimiento es uno de los sentimientos que mejor expresa la calidad de un ser humano. Es reconocer que todo lo que tenemos es un regalo al que no tenemos derecho ni podemos exigir. Pero esta mentalidad es bastante escasa, pues estamos acostumbrados a exigir: al Estado, a los papás, a los amigos, a las instituciones. No tenemos conciencia de la reciprocidad en las relaciones. No se nos ocurre decir por favor y gracias. El tono de exigencia hace muy compleja la convivencia, pues refleja un egoísmo profundo, ya que pretende situarnos en el centro de la atención de los demás. A la luz del comportamiento de estos dos personajes, revisemos nuestro modo de orar: ¿prevalece en nosotros la oración de petición?, ¿de vez en cuando nos acordamos de agradecer?

Concluyamos nuestra meditación dominical que ha profundizado en la historia de vida de estos dos personajes, muy diferentes en cuanto a sus perfiles, pero abiertos a la acción de Dios. Su proceso de fe nos ha permitido comprender que cada persona, según el llamado de Dios, recorre un camino diferente; que el Espíritu Santo actúa donde quiere, sin tener en cuenta las barreras que los seres humanos nos inventamos; y que debemos agradecer a Dios porque cada día es un regalo que nos hace.