Octubre 11: Invitados a la mesa del Señor

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Profeta Isaías 5, 1-7
  • Carta de san Pablo a los Filipenses 4, 6-9
  • Mateo 21, 33-43

Los libros del Antiguo Testamento son muy diferentes en los relatos que contienen y en el género literario que caracteriza su redacción. Pero en medio de esta enorme diversidad, hay una columna vertebral que le da consistencia a todos ellos: el amor misericordioso de Dios que quiso automanifestarse en la historia del pueblo de Israel, con el que estableció un pacto muy singular: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”.

En esta historia de salvación –que alcanza su plenitud en Jesucristo, revelador del Padre– hay una continua tensión entre la fidelidad de Dios y las numerosas infidelidades del pueblo. Como se trataba de un pueblo de dura cerviz, Dios actúa como pedagogo justo y exigente. En medio de esa tormentosa historia de gracia-pecado, fidelidad-infidelidades, la misericordia y la paciencia de Dios fueron infinitas y, a pesar de todo, tuvo el mayor gesto de amor, que fue enviar a su Hijo eterno para que asumiera nuestra condición humana y reconciliara a los hombres con Dios.

En la eucaristía de este domingo se narra esta historia de amor e infidelidad utilizando una imagen muy familiar a este pueblo de campesinos. Es la imagen de la viña. Este símbolo aparece en el relato del profeta Isaías, el Salmo 79 y la parábola de Jesús.

El relato del profeta Isaías es de una gran emotividad. El tono emocional queda claramente definido desde el comienzo, cuando declara cuál es su intención: “Quiero cantar en nombre de un amigo la canción de su viña”. En esta canción, podemos identificar tres momentos: los hechos, los sentimientos y las decisiones.

 

Los hechos

El profeta describe, con delicadeza, el proyecto de un agricultor que, con gran ilusión, decide sembrar un viñedo: la preparación del terreno, el sistema de riego, la selección de las mejores cepas y la construcción de la infraestructura necesaria para cuando llegara el momento de la cosecha.

 

Los sentimientos

A medida que pasan los meses, aumentaban las expectativas. Esperaba que la cosecha compensaría la inversión y las largas horas de trabajo. El profeta expresa, en pocas y dramáticas palabras, el paso de las ilusiones a la realidad: “Esperó de su viña uvas dulces, pero le dio solo uvas agrias”.

En el interior de este campesino estalla una tempestad de preguntas y sentimientos: “¿Había algo más que hacer por ella, que yo no hiciera? ¿Por qué ha dado uvas agrias, cuando yo esperaba uvas dulces?”.

Con este lenguaje simbólico, el agricultor expresa el dolor profundo que causa la ingratitud. Todos los seres humanos hemos conocido, en algún momento, este dolor. Muchas de las preguntas que nos hacemos tratando de entender lo ocurrido se quedan sin respuesta. El profeta Isaías expresa, a través de esta desgarradora canción de la viña, el drama de la ingratitud humana frente a la infinita generosidad de Dios. El orgullo y el egoísmo son la explicación de las decisiones equivocadas que tomamos.

 

Las decisiones

Ante semejante realidad, ¿cuáles son las decisiones que toma el dueño de la viña? “Quítenle el vallado para que la devasten, derriben su cerca para que la pisoteen”. El pueblo de Israel vivió una durísima experiencia cuando el exilio a Babilonia. Vio cómo era destruido el Templo, los objetos dedicados al culto fueron saqueados y el pueblo fue esclavizado. El pueblo pagó un precio muy alto por sus infidelidades. Unos duros aprendizajes que sirvieron para redireccionar el comportamiento de la comunidad; en el postexilio, la comunidad vivió un intenso proceso de purificación y reflexión.

El Salmo 79 es una emotiva oración, en la que el salmista pide perdón, expresa la voluntad de cambio y se acoge a la misericordia de Dios. Esta oración retoma la imagen de la viña y la relaciona con la liberación de la esclavitud de Egipto:

  • “Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la trasplantaste”. La liberación de la esclavitud y el asentamiento en la Tierra Prometida es la experiencia fundacional de Israel, que le sirve de referente a lo largo de su historia.
  • “Ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y que tú hiciste vigorosa. No nos alejaremos de Ti; danos vida para que invoquemos tu nombre”.

En este relato del evangelista Mateo, el Maestro retoma la imagen de la viña que tenía un profundo significado en la tradición profética. A través de esta imagen, Jesús hace una dura crítica al pueblo, al cual le había sido confiada la administración de la viña. Cuando Yahvé pidió cuentas, a través de los profetas, reaccionaron violentamente y los persiguieron. Mediante la imagen del hijo del propietario de la viña que es enviado a pedir cuentas, Jesús está refiriéndose a la pasión y muerte que le esperan. Seguramente, las palabras de Jesús suscitaron una fuerte reacción entre sus oyentes.

¿Cuál es el mensaje final de esta historia contada a través de la imagen de la viña? A pesar de las incontables infidelidades de su pueblo, el Señor permanece fiel a su palabra. Envía a su Hijo para que asuma nuestra condición humana y recomponga la relación entre Dios y la humanidad. Pero sí hay un replanteamiento en cuanto a los destinatarios de la Buena Noticia, que ya no estarán circunscritos a una raza; es la humanidad. Se trata del nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia que no conoce límites geográficos ni culturales. “Por eso les dijo: Dios les va a quitar su Reino para confiárselo a un pueblo que produzca frutos”.

La Iglesia es la viña del Señor y nos encomienda su administración. Debernos permanecer vigilantes porque la tentación acecha. Con mucha facilidad, los valores del Reino de Dios pueden ser suplantados por nuestros intereses personales. Así, en lugar de anunciar al Señor resucitado, estaremos promoviendo nuestra propia agenda. No olvidemos que somos administradores, no propietarios, de la viña.