Marzo 1: No nos dejes caer en la tentación

Marzo 1: No nos dejes caer en la tentación

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Génesis 2, 7-9; 3, 1-7
  • Carta de san Pablo a los Romanos 5, 12-19
  • Mateo 4, 1-11

Desde el pasado Miércoles de Ceniza, la Iglesia entró en modo Cuaresma. Como su nombre lo indica, se trata de un periodo de cuarenta días para prepararse a la celebración del misterio pascual. El color morado de los ornamentos y el contenido de los textos litúrgicos son una invitación a encontrarnos con nosotros mismos, reflexionar sobre nuestras prioridades e introducir los ajustes que sean necesarios.

Las empresas solicitan la visita de auditores especializados para que revisen sus procesos e identifiquen riesgos. Aprovechemos estos cuarenta días de reflexión para auditar nuestra vida interior.

La liturgia de este I domingo de Cuaresma gira alrededor del tema de la tentación, que es inseparable de nuestra condición humana. Podemos describir la tentación como una voz engañosa que trata de apartarnos de lo que la conciencia nos señala como el camino del bien. Estas voces engañosas nos ofrecen gratificaciones aparentes y embotan nuestra capacidad de juicio.

Nadie puede decir que está blindado contra las tentaciones. Todas las voluntades pueden ser doblegadas. Por eso es tan importante la práctica diaria del examen de conciencia, que nos permite identificar cuáles son nuestras debilidades, por qué lado somos más vulnerables. Nadie puede decir “de esta agua no beberé”. Por eso es tan pertinente la petición que hacemos en el Padrenuestro: “No nos dejes caer en la tentación”.

No basta la fuerza de voluntad; necesitamos la gracia de Dios para no apartarnos del camino del bien. La arrogancia nos hace sentir falsamente seguros. La humildad, por el contrario, nos hace conscientes de nuestras fragilidades y nos motiva para evitar aquellas situaciones en las que podemos quedar atrapados. Si Jesucristo, el hombre perfecto, experimentó el embate de las tentaciones en el desierto, ¿qué podemos esperar nosotros, frágiles hombres de barro? Solo nos queda pedir una y mil veces: “No nos dejes caer en la tentación”.

Las lecturas de este domingo nos ofrecen ricos elementos para esta meditación sobre la tentación. Empecemos explorando el libro del Génesis que, en un lenguaje lleno de símbolos orientales, hace una escenificación de la realidad de la tentación y el pecado.

A través de esta puesta en escena, quedan identificadas dos grandes debilidades humanas que abren la puerta a decisiones equivocadas capaces de arruinar nuestras vidas. Estas dos grandes debilidades son el orgullo que nos hace perder la conciencia de nuestro límite como creaturas y aspirar a ser como Dios; y la curiosidad que nos empuja a explorar experiencias destructivas:

  • En el diálogo entre la mujer y la serpiente queda en evidencia esta aspiración secreta de los seres humanos: ¡Ser como Dios! Dice la serpiente: “Seguro que no morirán. Lo que pasa es que Dios sabe que el día que coman de ese fruto se les abrirán los ojos y tendrán como Dios conocimiento del bien y del mal”. Se cree Dios el hombre que empuña un arma e impone su voluntad; se cree Dios el millonario arrogante que cree que siempre tiene la razón y que todos deben someterse a sus caprichos; se cree Dios el científico que no reconoce los límites éticos y legales a sus experimentos y piensa que todo le está permitido.
  • La segunda debilidad que es evidenciada en este relato es la curiosidad: “La mujer vio que el fruto de ese árbol era apetitoso y tentador, y que sería bueno comer de él para conocer el bien y el mal”. La curiosidad de explorar nuevas sensaciones ha sido la causa de que millones de jóvenes quedan atrapados en el infierno de las drogas. La curiosidad y el deseo de aventuras ha destruido muchos hogares; lo que empezó siendo un juego intrascendente conduce a rupturas irreparables.

En su Carta a los Romanos, el apóstol Pablo usa el simbolismo de los dos Adanes: El primero introdujo el pecado y la muerte; el segundo Adán, que es Jesucristo, es el triunfo de la gracia y de la vida. A lo largo de la historia de la salvación encontramos esta tensión entre la infidelidad del pueblo y la fidelidad del Dios de la Alianza. Dentro de nuestro corazón escuchamos esas dos voces: el llamado de la gracia, que nos señala el camino hacia la Casa del Padre; y el llamado del egoísmo que nos encierra en nuestros pequeños y mezquinos intereses.

San Pablo transmite un mensaje de optimismo: “Si al pecar un hombre reinó la muerte por culpa de uno solo, con mayor razón aquellos que reciben los raudales de gracia y de perdón, vivirán y reinarán gracias a ese otro hombre único, Jesucristo”.

El evangelista Mateo nos relata la experiencia de Jesús en el desierto, donde fue tentado en tres ocasiones:

  • “Si de veras eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”
  • “Si de veras eres el Hijo de Dios, tírate abajo”
  • “Todo esto te lo daré, si te postras y me adoras”

Así como las enfermedades se manifiestan cuando nuestras defensas están bajas, también las tentaciones nos asedian cuando nos sentimos solos, poco reconocidos, tristes. Entonces empiezan a escucharse voces que nos proponen anti-valores, aunque disfrazados de bien, ofreciendo algún tipo de felicidad. Como somos conscientes de nuestra fragilidad, debemos pedir a Dios la capacidad de discernir para no ser confundidos y caer en los engaños que pretenden seducirnos. ¡No nos dejes caer en la tentación!