Octubre 18: Dejémonos interpelar por la Palabra de Dios

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Profeta Isaías 45, 1. 4-6
  • I Carta de san Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5b
  • Mateo 22, 15-21

Cada domingo nos acercamos a la mesa del Señor para escuchar la Palabra, orar juntos y alimentarnos con el Pan de la vida. Así, poco a poco, vamos avanzando en el conocimiento de Jesucristo. Con profunda alegría espiritual, dejémonos sorprender por la Palabra. ¿Qué nos dice el Señor hoy? Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre tres puntos: 1) El apóstol Pablo felicita a la comunidad de Tesalónica por el entusiasmo con que ha acogido la buena nueva; 2) el evangelista Mateo nos sintetiza los criterios de Jesús para manejar las relaciones entre el mundo de la política y la religión; 3) y la Iglesia nos propone la Jornada Mundial de las Misiones. Los invito a reflexionar sobre estos temas y pedirle al Señor que nos ilumine para hacer su voluntad.

El apóstol Pablo, junto con sus compañeros apostólicos Silvano y Timoteo, valora y reconoce el celo apostólico de esta comunidad cristiana: “En todo momento damos gracias a Dios por todos ustedes al mencionarlos en nuestras oraciones. Y constantemente recordamos ante Dios nuestro Padre su fe tan activa, su amor tan sacrificado y su esperanza en nuestro Señor Jesucristo tan firme en el sufrimiento”.

Es importante destacar el valor de estas palabras de Pablo. Reconoce y estimula el entusiasmo de esta comunidad. Reconocer y estimular: dos verbos que se pronuncian fácilmente, pero que son muy escasos en la vida diaria. Los padres de familia, los maestros y los jefes exigen, identifican las fallas y dan la impresión de que nunca están satisfechos. ¿Por qué somos tan avaros en el reconocimiento? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo sonreír, estimular y decir una palabra amable? Todos los seres humanos necesitamos el reconocimiento. No queremos que nuestros esfuerzos pasen desapercibidos y sean invisibles. Pablo, Silvano y Timoteo reconocen, estimulan y animan en el camino de la fe.

El segundo punto de nuestra meditación dominical es sobre la sabia lección de Jesús cuando le preguntan, con mala intención, si está permitido pagar impuestos al emperador. Era una trampa cuidadosamente calculada: si respondía afirmativamente, tendría la enemistad de los judíos, que rechazaban el dominio extranjero; si respondía negativamente, sería considerado como un subversivo que conspiraba contra el imperio.

Históricamente, las relaciones entre la política y la religión han sido difíciles. En ocasiones, el poder político subordina, por la fuerza o con halagos y prebendas, al poder religioso y se aprovecha de él; otras veces, el poder religioso dicta las normas a la sociedad civil. Son las diversas expresiones de la teocracia. Si revisamos la historia de las tres grandes religiones monoteístas – el judaísmo, el cristianismo y el islam – encontraremos este modelo: las imposiciones de los ultra-ortodoxos, en Israel; el poder temporal de los Papas, cuando los Estados Pontificios; el gobierno de los ayatolás. Son variaciones sobre el mismo tema: la supremacía de las estructuras religiosas sobre el poder político.

En el siglo XXI, diverso y plural, deberíamos promover una separación respetuosa entre las estructuras políticas y las iglesias. Cuando hablamos de separación entre la Iglesia y el Estado no pensamos en distanciamiento y desconfianza. Que cada uno actúe en el ámbito de su competencia y trabajen conjuntamente por el bien común y la paz.

Las palabras de Jesús son de una profunda sabiduría: “Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Las diversas iglesias y el Estado son protagonistas importantísimos de la vida social. Por eso no debemos hablar de subordinación ni de menosprecio. Que cada una de estas estructuras sirva a la sociedad y que cooperen entre ellas cuando se necesita una convergencia de voluntades.

El tercer punto de nuestra meditación es sobre la Jornada Mundial de las Misiones. Recordemos el mandato misionero de Jesús: todos somos anunciadores de la buena nueva de la salvación. Este anuncio lo hacemos mediante el ejemplo y la palabra.

Ciertamente, se ha dado un cambio muy hondo en cuanto al modelo evangelizador. Antes el éxito misionero se medía por el número de los bautismos y las conversiones. A partir del Concilio Vaticano II se superó el proselitismo religioso. Se trata de anunciar la presencia del amor misericordioso de Dios a través del testimonio de vida y de la solidaridad: Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber.