Marzo 15: El agua como símbolo de la generosidad infinita de Dios

Marzo 15: El agua como símbolo de la generosidad infinita de Dios

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Éxodo 17, 3-7
  • Carta de san Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8
  • Juan 4, 5-42

En nuestro camino cuaresmal de preparación para la celebración de los misterios pascuales, la liturgia de hoy propone, como tema central, el significado del agua en dos momentos muy particulares de la historia de la salvación: la rebelión de los israelitas contra Moisés, pues temían morir de sed en el desierto; y el encuentro de Jesús con una mujer samaritana, junto al pozo de Jacob. En estas dos escenas, el agua es mucho más que un recurso natural esencial para la conservación de la vida y tiene un simbolismo que expresa la generosidad infinita de Dios.

En la liturgia cristiana, el agua tiene un significado muy rico. En el bautismo, comunica el nacimiento a una vida nueva y nos constituye como hijos de Dios y herederos con Cristo. Por eso, es muy pertinente esta meditación sobre el agua dentro del camino cuaresmal.

Los invito, entonces, a trasladarnos al libro del Éxodo y recrear, con nuestra imaginación, este complejo momento que debe enfrentar Moisés. El pueblo elegido se dirige a la tierra prometida. Este viaje se realiza en condiciones muy precarias por el terreno que deben atravesar. Esta peregrinación tiene un sentido pedagógico, pues Yahvé quiere que el pueblo madure en su fe y confíe plenamente en Él. Como nos lo narra el libro del Éxodo, a lo largo del camino se escuchan voces de protesta contra Moisés, a quien acusan de poner en peligro sus vidas. Muchos de los peregrinos añoraban la seguridad relativa que tenían en Egipto, aunque vivieran privados de la libertad.

En el relato que nos propone la liturgia de hoy, el motivo de la protesta es la escasez de agua: “¿Por qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Solo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado?”. Se trata de una manifestación de descontento popular, igual a las que vemos en nuestras ciudades por la deficiencia en los servicios públicos.

Como era de esperar, Moisés pide consejo a Yahvé para resolver esta difícil situación. Yahvé le dice: “Avanza a la cabeza del pueblo, lleva en tu mano el bastón; yo te espero allá, sobre la roca, en Hebrón. Golpea la roca, y de ella brotará agua para que beba el pueblo”.

Estas palabras de Yahvé sobre el agua que brotará de la roca, que permitirá satisfacer las necesidades del pueblo y de sus ganados, es imagen de la abundancia de las bendiciones del Señor. Es la generosidad de la Providencia divina que jamás abandona a los suyos. Esta sencilla metáfora – agua abundante – de muy fácil comprensión es una invitación para confiar en Dios. El agua abundante que brotó en aquel lugar es una imagen anticipada de lo que recibirá el pueblo de la Nueva Alianza a través de las aguas bautismales.

Vayamos ahora el relato del evangelista Juan, quien nos describe, con lujo de detalles, el diálogo de Jesús con una mujer samaritana, junto al pozo de Jacob. De nuevo, el tema de conversación gira alrededor del agua. Con un infinito tacto, Jesús va dirigiendo la conversación sobre los diversos significados de tener sed - beber agua, partiendo de la experiencia humana de la sed física. Ese es el comienzo de la conversación, tal como lo narra el evangelista: “Jesús, fatigado del viaje, se había sentado junto al pozo”.

El evangelista pone de manifiesto el carácter excepcional de esta conversación entre un judío y una mujer samaritana, por el distanciamiento histórico entre estas dos comunidades. La mujer expresa con claridad su sorpresa: “¿Por qué tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”. La mujer estaba sorprendida pues ningún otro judío habría solicitado este favor. La petición, impensable en labios de otro judío, sonaba absolutamente natural en labios de Jesús, que había venido para derribar todas las barreras y superar todos los prejuicios, lo cual le generaría conflictos y críticas de sus contemporáneos.

Jesús no se preocupa por dar respuesta a la pregunta de la mujer, sino que avanza en la conversación de manera muy sutil pues excita la curiosidad de ella: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le habrías pedido a Él y Él te habría dado agua viva”.

El giro que Jesús le dio a la conversación hizo imposible que se diera marcha atrás, pues la interlocutora había quedado muy intrigada por las palabras de este singular personaje. En esta catequesis que poco a poco va descubriendo el significado trascendente del agua, Jesús hace una promesa de inmenso significado teológico: “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed. El agua que yo le daré, se volverá en él un manantial que salta hasta la vida eterna”.

Estas breves palabras de Jesús no solo cambiaron la vida de esta mujer, sino que también iluminan el camino de millones de seres humanos que, a través de la reflexión personal y el estudio, buscan responder a las preguntas inevitables sobre la felicidad, el sentido de la vida, el por qué y el para qué de la existencia, y nuestra misión en este mundo. Las respuestas a estas preguntas existenciales no están en los laboratorios ni en la ciencia positiva; se encuentran en la persona de Jesús y en el mensaje que predicó.

El clímax de esta conversación junto al pozo de Jacob se alcanza cuando Jesús comenta las palabras de la mujer: “Sé que va a venir el Mesías; cuando Él venga, nos lo enseñará todo”. Entonces Jesús le dice: “Ese soy yo, que estoy hablando contigo”.

Es impresionante el camino espiritual que recorre esta mujer en este diálogo con Jesús a propósito del agua. Lo que empezó por una simple petición: “Dame de beber”, culmina con la apertura en la fe de esta mujer que acoge el anuncio que le hace el Maestro.

Que esta meditación sobre el significado trascendente del agua en estos dos textos bíblicos nos ayude a avanzar en el camino de la Cuaresma. Las dos imágenes – el agua que salta de la roca en medio del desierto, y el manantial que salta hasta la vida eterna que anuncia Jesús – son símbolo de la vida divina que se nos comunica a través de los sacramentos de la Iglesia.