Marzo 29: Desterremos las voces de catástrofe y hablemos el lenguaje de la esperanza

Marzo 29: Desterremos las voces de catástrofe y hablemos el lenguaje de la esperanza

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Profeta Ezequiel 37, 12-14
  • Carta de san Pablo a los Romanos 8, 8-11
  • Juan 11-1-45

A lo largo de nuestra vida, los sacerdotes han explicado que la Cuaresma es un tiempo de reflexión, conversión y preparación para celebrar los misterios pascuales. La mayoría de los fieles no les hacían caso y se iban de vacaciones.

Nunca nos imaginamos que la palabra Cuaresma pudiera asociarse con la palabra cuarentena. Esta palabra nos evocaba epidemias medievales ya superadas por los antibióticos y las vacunas. En pocas semanas, todas nuestras seguridades se han desplomado. Lo que tiene en vilo al mundo no son las ojivas nucleares en manos de terroristas o de un líder político desquiciado. Todos estamos atemorizados ante este enemigo invisible y hasta ahora desconocido que ha dejado al desnudo nuestras enormes fragilidades. ¡Los poderosos del mundo, que se sentían seguros con sus escoltas y carros blindados, pueden ser heridos de muerte por una gota de saliva!

Esta pandemia ha puesto sobre la mesa temas que eran insignificantes para la sociedad de consumo y la cuarta revolución industrial: la ética ciudadana y el cuidado mutuo, la solidaridad, dejar a un lado el egoísmo que nos lleva a acaparar los productos de primera necesidad, la tolerancia en medio de esta convivencia familiar tan cercana y prolongada.

Esta pandemia pone en evidencia el drama de la pobreza en el mundo. ¿Qué posibilidades de lavarse las manos, conservar el distanciamiento social y recluirse tienen los indigentes, los trabajadores informales, los adultos mayores que carecen de un seguro médico y una pensión? ¡Ninguna! Cuando sintamos que el encierro nos agobia, pensemos en el drama de millones de pobres del mundo totalmente desprotegidos ante la pandemia del coronavirus. Esta Cuaresma en cuarentena nos obliga a reflexionar sobre asuntos que no estaban en nuestra agenda y que no podemos evitar.

Teniendo como telón de fondo esta realidad tan compleja e inédita, la liturgia de hoy nos propone un texto de hondo contenido humano y teológico. Es el relato de la resurrección de Lázaro.

Lo primero que nos llama la atención es la profunda amistad que unía a este núcleo familiar con Jesús. Podemos imaginarnos unas prolongadas tertulias llenas de espiritualidad y calor humano. Para Jesús, estos amigos constituían un apoyo muy importante en medio de sus correrías apostólicas.

Los buenos amigos son un tesoro que debemos cuidar. Están junto a nosotros en todos los momentos de la vida. Ante ellos podemos mostrarnos como somos, con nuestros valores y miserias. Muchas veces el rol social que desempeñamos nos impone protocolos y formalidades. Cuando estamos entre amigos, la autenticidad es la regla de oro.

En esta Cuaresma-cuarentena debemos apoyarnos y confortarnos entre el grupo de amigos. Las herramientas tecnológicas nos permiten estar cerca a pesar de estar confinados. Seamos particularmente cuidadosos de nuestros amigos que viven solos. Este aislamiento, que nos golpea a todos, puede significar una grave amenaza para la estabilidad emocional.

Las hermanas Marta y María tienen la confianza suficiente para llamar a Jesús en esta emergencia: “Señor, mira que tu amigo está enfermo”. De manera calculada, Jesús se demora en regresar. No lo hace por desinterés sino porque quiere dar un mensaje teológico de gran impacto: “Esta enfermedad no terminará en la muerte; será para gloria de Dios, para que por ella sea glorificado el Hijo de Dios”.

Cuando Jesús se encuentra con Marta, ésta manifiesta con espontaneidad sus sentimientos encontrados de reclamo y esperanza: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora Dios te concederá todo lo que le pidas”. Igual reclamo expresa María, la otra hermana. Esto nos indica que la ausencia de Jesús les había causado extrañeza y habían hablado de ello.

Otro elemento muy impactante de este relato del evangelista Juan es el inmenso dolor que experimentó Jesús ante la tumba de su amigo. El evangelista nos dice que Jesús lloró. Ante esta manifestación emotiva, los judíos comentaron: “¡Miren cómo lo quería!”. Esta actitud de Jesús nos lleva a revisar los prejuicios de una sociedad machista que critica y menosprecia la manifestación de los sentimientos por parte del varón. Si los hombres supiéramos llorar y expresar sin complejos nuestros dolores e incertidumbres, tendríamos una sociedad más sana, con menos alcoholismo y violencia intrafamiliar. Los hombres no debemos temer a la ternura, a las expresiones de afecto, a las lágrimas.

El clímax de este relato es la revelación de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”. Toda la esperanza cristiana y el compromiso con la transformación del presente se construyen sobre estas palabras de Jesús que fueron ratificadas por su Resurrección gloriosa.

El auténtico lenguaje cristiano es la esperanza. Por eso no debemos servir de caja de resonancia a los mensajes catastróficos que circulan por las redes sociales. Si actuamos de manera responsable y solidaria superaremos esta pandemia del coronavirus, que nos está obligando a revisar los hábitos de vida y la manera de relacionarnos socialmente. Recordemos las sabias palabras del Papa Francisco en su Encíclica sobre el Cuidado de la Casa Común: “Todo está conectado con todo”.