Noviembre 1: Influencer de Dios, un nuevo modelo de santidad

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Apocalipsis 7, 2-4. 9-14
  • I Carta del apóstol san Juan 3, 1-3
  • Mateo 5, 1-12ª

La Festividad de Todos los Santos honra la memoria de millones de mujeres y hombres que han vivido fielmente los valores del Evangelio y han servido desinteresadamente a los demás. Son santos anónimos. No han hecho prodigios extraordinarios como curar un tumor cerebral o hacer andar a un paralítico. Pero con su bondad han realizado innumerables pequeños milagros acompañando a las personas que viven solas, devolviendo la esperanza a quienes se sienten atrapados, sin salida.

El Espíritu Santo actúa en medio de la comunidad inspirando y animando. Hoy honramos a quienes han acogido el llamado del Espíritu y que, con su testimonio de vida, son motivo de inspiración y aliento. Todos nosotros hemos conocido a estos santos anónimos: abuelos amorosos, padres y madres de familia dedicados totalmente a la formación de sus hijos, sacerdotes ejemplares que han ayudado a descubrir el rostro misericordioso de Dios, profesores que han sembrado semillas de curiosidad, valores y conocimientos en las mentes y corazones de sus alumnos.

¿Cuál es el origen de la fiesta de Todos los Santos? Durante los tres primeros siglos, la Iglesia tuvo que afrontar crueles persecuciones. La semilla de la fe creció nutrida por la sangre de los mártires. La liturgia de estos primeros siglos honraba el testimonio de estos cristianos que habían dado su vida para confesar su fe en el Señor resucitado.

A principios del siglo IV, el emperador Constantino reconoció a la Iglesia, cesaron las persecuciones y la Buena Noticia pudo ser anunciada con libertad. Poco a poco fueron apareciendo otros modos de dar testimonio del evangelio, no ya derramando la sangre, sino a través de la oración, la pobreza de vida y la evangelización. Recordemos que el Espíritu siempre actúa en la Iglesia y suscita nuevos carismas y vocaciones. Es una continua renovación de la vida eclesial. A partir del siglo IV, la vida monacal floreció en diversas iglesias y muchos de estos monjes viajaron por el mundo anunciando la Buena Nueva y bautizando a quienes la acogían.

En el siglo VIII, el Papa Gregorio III dedicó una capilla, en la Basílica de san Pedro, en honor de Todos los Santos y ordenó que cada año, el 1 de noviembre, se celebrara una fiesta en su honor y los proponía como modelos de vida cristiana. En un comienzo, esta fiesta litúrgica se celebraba en la diócesis de Roma. Más tarde, en el año 837, la festividad de Todos los Santos se extendió a la Iglesia universal.

Las biografías de los santos destacan los hechos extraordinarios que rodearon sus vidas: ayunos y penitencias rigurosas, experiencias místicas, gestos heroicos de entrega a los demás; recordemos, a manera de ejemplo, a la Madre Teresa que recogía a los más pobres y enfermos de las calles de Calcuta y los atendía amorosamente, superando la natural repugnancia que causaban.

Damos gracias a Dios por estos seres extraordinarios. Pero cuando pensamos en su heroísmo, nos sentimos infinitamente distantes y pensamos que ese estilo de vida no es para nosotros. Olvidamos que el llamado a la santidad se concreta en la vida de todos los días. Por eso la liturgia de este día nos propone el texto de las Bienaventuranzas: Dichosos los pobres de espíritu, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos…

Avanzamos por el camino de la santidad en la medida en que somos capaces de liberarnos del espíritu consumista y viajamos por la vida ligeros de equipaje; somos constructores de paz y reconciliación; luchamos contra las inequidades. Este camino cotidiano de la santidad lo expresa hermosamente san Francisco de Asís en su Oración por la Paz: Avanzamos por el camino de la santidad cuando sembramos amor donde hay odio, perdón donde hay injuria, fe donde hay duda, luz donde hay oscuridad, alegría donde hay tristeza.

Hace unas pocas semanas, el mundo católico se conmovió con la ceremonia de beatificación del joven Carlo Acutis. Esta ceremonia se llevó a cabo el 10 de octubre, en Asís. ¿Quién fue Carlo Acutis? Un joven italiano que murió en Milán, en el 2006, a la edad de 15 años, víctima de una agresiva leucemia. Amante del fútbol, nativo digital, entusiasta de los video juegos y de la informática, divertido y carismático. Un adolescente como cualquiera de nuestros hijos, sobrinos o nietos. La Iglesia lo ha elevado al honor de los altares. ¿Qué lo hace tan especial?

Siendo un adolescente, como tantos otros, se caracterizó por su profundo amor a la eucaristía y por su solidaridad con los pobres. A través de las redes sociales compartió con los jóvenes de su generación su experiencia espiritual, su amor a la eucaristía y los valores que lo motivaban. Por eso el Papa Francisco se ha referido a él como el influencer de Dios. Sus frases inspiradoras han circulado por las redes sociales:

  • “La eucaristía es mi autopista hacia el cielo”.
  • “La tristeza es dirigir la mirada hacia uno mismo, la felicidad es dirigir la mirada hacia Dios”.
  • “Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias” (así motivaba a vivir de manera auténtica, descubrir los talentos que Dios ha dado a cada uno y emprender su propio camino).
  • “La vida es un regalo porque mientras estemos en este plantea, podemos incrementar nuestro nivel de caridad”.

El día de sus exequias, en el 2006, se hicieron presentes numerosos pobres de la ciudad de Milán, que habían conocido a este joven generoso y cálido a través de sus actividades de voluntariado social. Su cuerpo, en increíble estado de conservación, fue expuesto a la veneración de los fieles con motivo de su beatificación. Este youtuber, que duerme plácidamente el sueño de la muerte, en zapatillas tenis, jeans y chaqueta deportiva, nos muestra que el camino de la santidad consiste en servir al Señor aquí y ahora, dando testimonio de la alegría del Evangelio.