Mayo 10: Día de la Madre en cuarentena

Mayo 10: Día de la Madre en cuarentena

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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  • Hechos de los Apóstoles 6, 1-7
  • I Carta de san Pedro 2, 4-9
  • Juan 14, 1-12

Hoy celebramos el Día de la Madre en unas condiciones excepcionales. El coronavirus nos impide la cercanía física, los abrazos y los besos, el almuerzo en familia. A pesar de la profunda tristeza que nos causa el aislamiento, sintámonos unidos como comunidad de fe y amor. Sentados frente a la pantalla del televisor, escuchemos juntos la Palabra de Dios, demos gracias, expresemos nuestras necesidades e incertidumbres y comulguemos espiritualmente.

El Día de la Madre tiene, como sentimiento dominante, la gratitud. Ciertamente, somos hijos de un papá y de una mamá; cada uno de ellos aportó el 50% de nuestro patrimonio genético, y esto se expresa en el color de la piel, los rasgos de nuestra cara y otras características que constituyen nuestra identidad. Reconociendo esta paridad de los aportes genéticos, es innegable que entre madre e hijo se establece una relación única que comenzó con los nueve meses que pasamos en el vientre materno, continuó con la lactancia y se va fortaleciendo a lo largo de la vida. Las mamás siempre están junto a nosotros, no importa la edad que tengamos; siempre están dispuestas a abrazar, acoger, bendecir, apoyar y perdonar.

Además de la acción de gracias por ellas, en esta eucaristía queremos pedir, de una manera especial, por aquellas mamás que asumen solas la responsabilidad de sus hijos por la ausencia de los padres. Son unas heroínas que atienden simultáneamente varios frentes: el trabajo, el hogar, la consejería. Su jornada de trabajo dura muchas horas.

Vayamos ahora a las lecturas de este V domingo de Pascua. Empecemos por el texto de los Hechos de los Apóstoles. Allí somos testigos de una crisis de crecimiento que debió afrontar la primera comunidad cristiana. El número de los bautizados aumentó rápidamente, y los Apóstoles y presbíteros no daban abasto para atender las necesidades crecientes de la comunidad.

Las organizaciones que tienen un crecimiento muy rápido viven crisis semejantes, pues las estructuras originales son desbordadas y no logran dar respuesta a las necesidades que aumentan.

Esta crisis fue resuelta de una manera muy creativa. Los Apóstoles crearon la figura de los Diáconos, quienes eran hombres honestos que tenían el reconocimiento de la comunidad; a ellos se les confió la administración de los bienes de la naciente Iglesia y el servicio a los pobres.

La dinámica es muy simple: el crecimiento trae otras necesidades y hay que adaptar la estructura original creando nuevos servicios y ministerios. Por eso en la Iglesia actual hay muchos ministerios y servicios para proclamar la Palabra, hacer las catequesis y la preparación a los sacramentos, distribuir la comunión en las eucaristías y llevarla a los enfermos, etc.

Aunque se han dado pasos significativos, sigue siendo muy tímida la participación de las mujeres dentro de las altas responsabilidades pastorales, que siguen en manos masculinas. Esperamos que el Papa Francisco logre avanzar en esta dirección, superando la oposición de una mentalidad muy patriarcal.

La segunda lectura que hemos escuchado está tomada de la I Carta de san Pedro. En ella encontramos una sólida motivación teológica para participar en los servicios y ministerios de la Iglesia. Escribe al apóstol Pedro: “Ustedes también son piedras vivas, que van entrando en la edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo”. Como miembros activos de la Iglesia debemos participar en la evangelización sirviendo a los hermanos necesitados.

El texto evangélico de Juan es la síntesis de una catequesis de Jesús que se desarrolla, de manera dialogal, y en la que tienen un papel muy importante los apóstoles Tomás y Felipe quienes, con la mayor espontaneidad, hacen sus comentarios y preguntas. Recordemos que ellos estaban en proceso de formación y tuvieron el inmenso privilegio de escuchar a su Maestro y compartir la vida con Él. Poco a poco sus mentes se fueron iluminando, pero todas estas experiencias solo pudieron ser comprendidas a la luz de la resurrección.

Ante una pregunta que le hace Tomás, Jesús da una respuesta que nos sigue llenando de alegría y esperanza después de dos mil años: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Estas breves palabras dan respuesta a las preguntas que los seres humanos nos hacemos sobre el sentido de la vida: ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿la muerte es el final o hay algo más después de ella? Dejemos que estas palabras de Jesús resuenen en nuestro interior y nos traigan claridad.

En este mismo relato evangélico quedan registradas unas palabras del apóstol Felipe que nos hacen sonreír por su ingenuidad: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. La respuesta de Jesús es formidable: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”

El Hijo de Dios encarnado es el lugar de encuentro entre la divinidad y la humanidad. Lo que era infinitamente lejano se convierte en cercanía e intimidad. Jesús es el revelador del Padre. A través de su Persona y de sus palabras podemos asomarnos al misterio de Dios.

Es hora de terminar nuestra meditación dominical. Que la celebración de este Día de la Madre en cuarentena signifique el fortalecimiento de las relaciones familiares y un espacio de reconciliación y sanación de las heridas dentro del grupo familiar. Inspirados por la vocación de servicio que testimonia la primera comunidad cristiana, ofrezcámonos para trabajar en alguna iniciativa pastoral o social. Las necesidades de la gente son enormes y siempre es posible ayudar. La solidaridad es una de las grandes lecciones que nos deja esta pandemia.