Diciembre 20: La aceptación generosa de María

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • II Libro de Samuel 7, 1-5. 8b-12. 14ª-16
  • Carta de san Pablo a los Romanos 16, 25-27
  • Lucas 1, 26-38

Estamos viviendo una Navidad absolutamente diferente. Nunca nos imaginamos que esto nos podía pasar. La celebración de la Novena, que siempre se realizó en un ambiente festivo y era una maravillosa oportunidad para encontrarse con los familiares y amigos, se ha visto reducida al pequeño núcleo familiar. No podemos bajar la guardia. No podemos dejar a un lado los protocolos de bioseguridad. El coronavirus sigue causando estragos.

Que esta Novena de Navidad sea menos consumista, menos bulliciosa, más íntima y reflexiva. De pie junto al pesebre, detengámonos a contemplar el misterio que allí se celebra. Estas hermosas figuras de la Sagrada Familia y de los pastores nos recuerdan cada año el acontecimiento que cambió la historia espiritual de la humanidad. El Hijo Eterno de Dios asumió nuestra condición humana para mostrarnos, a través de su testimonio de vida, de las parábolas, y de su muerte y resurrección, el camino que conduce a la plenitud de la felicidad y del amor.

El texto del evangelio de Lucas que acabamos de escuchar es una de las páginas más impactantes de la Biblia. La razón es clara: nos narra cómo el Hijo Eterno de Dios se hace hombre en las entrañas de una joven campesina judía. Esta iniciativa de Dios nos deja sin aliento. Este niño –cuyo nacimiento celebramos cada año– es el puente que une la santidad infinita de Dios con nuestra limitada condición humana. Por eso llama la atención que este acontecimiento, que cambió el curso de la historia, pasara desapercibido para sus contemporáneos. En términos coloquiales podemos afirmar que Dios entra silenciosamente, “en puntillas”, para transformar la vida de la humanidad.

Este texto, obra maestra de la literatura universal, llama la atención por la finura de los detalles y por la precisión con que reproduce las palabras y sentimientos de los personajes. Este relato ha inspirado a pintores de todos los tiempos que tratan de expresar en el lienzo este momento único de la historia.

Estamos tan familiarizados con este relato de la Anunciación que poco nos sorprende. Por eso los invito a hacer un alto en el camino, pues necesitamos caer en la cuenta de este insólito acontecimiento:

  • Dios, creador del universo, escoge a una mujer sencilla, joven, hermosa, para llevar a cabo la tarea de redimir a la humanidad, herida por el pecado. Y no solo la escoge, sino que pide su colaboración libre.
  • María, en su sencillez y frescura campesinas, es la gran protagonista y eje de la salvación humana. Es alma y motor de la historia religiosa del mundo.

Los invito a detenernos en las palabras finales del relato de Lucas: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí lo que me ha dicho”. Con estas palabras, María se ha entregado a Dios. Ha expresado una fe total, sin condiciones.

Profundicemos en este acto de fe de María:

  • Algunas personas, haciendo una lectura superficial de este encuentro del ángel Gabriel y María, pensarían que la respuesta de María fue fácil de pronunciar.
  • La decisión de María fue una decisión dolorosa y arriesgada. Tratemos de imaginar lo que significaba aceptar este proyecto de maternidad en un pueblo como Nazaret. ¿Quién iba a creerle cuando explicara que el fruto de sus entrañas era obra del Espíritu Santo?
  • La ley judía ordenaba que fuera apedreada hasta morir la mujer que en la noche de bodas se descubriera que no era virgen. Este mandato aparece en el libro del Deuteronomio 22, 13-21. Por eso afirmamos que la aceptación de María no fue fácil, pues asumió un riesgo mortal.
  • Esto también nos permite entender las angustias de José, su prometido. Vivió un verdadero infierno hasta que comprendió y aceptó el plan de Dios sobre su futura esposa.
  • Creer en Dios y aceptar su plan no es juego de niños, sino que trae consecuencias muy serias.
  • María asumió un riesgo muy alto como era aceptar ser la Madre del Mesías. Por eso ella pregunta: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?”

María aceptó colaborar con el plan de Dios. Su respuesta positiva no fue a una formulación de verdades doctrinales. Fue un SÍ a algo existencial. Ella confió totalmente en Dios. No puso condiciones.

La respuesta de María a la invitación de Dios Padre está impregnada de alegría, a sabiendas del alto costo que debería asumir por su colaboración en la historia de la salvación. Este sentimiento de alegría inspira la hermosa oración que ella pronuncia, conocida como el himno del Magníficat: “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”.

Vivamos, pues, esta Novena de Navidad en condiciones inéditas, con espíritu de recogimiento, contemplando el misterio del amor infinito de Dios que se manifiesta en ese indefenso Niño y expresemos nuestra solidaridad con los pobres.