Noviembre 18, 2018: Pistas para la homilía

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Estas preguntas, que nos causan preocupación, constituyen un excelente mercado para toda suerte de charlatanes que afirman tener la capacidad de leer el futuro mediante la carta astral y las líneas de la mano. Es increíble la ingenuidad de la gente que paga para que le digan estupideces…

Esta incertidumbre respecto al futuro se extiende, igualmente, a la humanidad, al planeta Tierra y al cosmos. Todo empezó con el Big Bang. ¿El final será igualmente una explosión, no ya para empezar a escribir el capítulo de la vida, sino para una destrucción inimaginable? Los escritores de ciencia ficción y los que se auto-proclaman profetas han escrito innumerables páginas sobre este tema. Y tratan de dar credibilidad a sus delirantes invenciones utilizando seudo-argumentos científicos y textos bíblicos.

Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre el final de la historia, no como un hecho físico, sino como una profunda experiencia de fe, entendiendo ese momento como el encuentro solemne con Jesucristo, Señor de la historia. El lenguaje utilizado por estos textos es sobrecogedor. Los invito a ir más allá de las imágenes, que nos asustan, para comprender que este encuentro estará caracterizado por el amor.

En el texto que acabamos de escuchar de la Carta a los Hebreos encontramos la explicación para mirar con paz los tiempos escatológicos; leemos allí: “Cristo ofreció un solo sacrificio por el pecado. Así, con una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los que ha santificado. Porque una vez que los pecados han sido perdonados, ya no hacen falta más ofrendas por ellos”.

La pascua de Cristo nos ha reconciliado con Dios. Se ha derrumbado el muro que nos separaba del Padre. Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, nos podemos llamar hijos de Dios y coherederos del Reino. Por eso la mirada cristiana del futuro no puede estar ensombrecida por la angustia y el temor. Cristo es el punto de llegada de la historia. En el contexto de la liturgia de hoy, tenemos que preguntarnos qué nos dice hoy, a cada uno de nosotros, este encuentro definitivo con el Señor al final de los tiempos.

Lo primero que tenemos que reconocer es que ignoramos cuándo sucederá eso. Lo expresa claramente Jesús en su conversación con los discípulos: “Nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo, ni el Hijo; solamente el Padre”. Este desconocimiento del futuro no puede conducirnos a una parálisis en cuanto al obrar. Tenemos que vivir intensamente, responsablemente, el presente, cumpliendo las tareas que nos han sido asignadas. Dios nos ha constituido en administradores de la casa común con unas tareas muy precisas. Tenemos la obligación de hacer presentes los valores del Reino, los cuales brillarán en todo su esplendor al final de los tiempos.

Como administradores de la casa común, en cualquier momento seremos llamados a rendir cuentas. En ese momento no habrá posibilidad de disculparnos ni podremos evadir nuestras responsabilidades asignándolas a otras personas. Ante la plenitud de la Verdad no es posible manipular los hechos.

Las lecturas de este domingo nos motivan a mirar hacia el futuro con esperanza. Para los bautizados, que participamos de la pascua del Señor, no hay lugar para el pesimismo. Tenemos que cambiar nuestro discurso, que nos impide ver las cosas positivas que están pasando a nuestro alrededor. Millones de colombianos de bien están llevando a cabo proyectos innovadores que generan nuevos puestos de trabajo. Infortunadamente, las acciones positivas no interesan a los medios de comunicación, que prefieren ser la caja de resonancia de los hechos negativos. Y las redes sociales se alimentan, como aves de carroña, de los escándalos y los chismes.

No nos dejemos intoxicar por el pesimismo. Cambiemos nuestros relatos. Cristo resucitado es la victoria sobre el pecado y la muerte. Con nuestras acciones expresemos el triunfo de la vida. Superemos el escepticismo sobre la reconciliación y la paz. Hemos firmado un acuerdo para poner fin a cincuenta años de enfrentamientos entre hermanos. La historia no le perdonaría a nuestra generación que dejáramos languidecer estos acuerdos que, con todos sus defectos y debilidades, han silenciado miles de armas. Los cilindros de gas dejaron de estallar sobre los pueblos de Colombia. ¿Queremos regresar al pasado? No le pongamos obstáculos a la paz. Facilitemos la reincorporación de los excombatientes a la sociedad civil.

Los seguidores del Señor resucitado somos sembradores de fe, esperanza y amor. Caminemos hacia el futuro con optimismo porque sabemos que, al final del sendero, nos espera el Señor de la vida. Y mientras caminamos en esta vida, hagamos todo lo que esté en nuestras manos para que los valores centrales del Reino de Dios, se hagan presentes en la vida diaria: justicia, igualdad, solidaridad, reconciliación. El gozo del Evangelio es nuestra consigna.