Febrero 17, 2019: Pistas para la homilía

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Este cambio al que invita Juan Bautista es necesario para poder comprender la radicalidad del anuncio de Jesús. El Reino que viene a inaugurar implica una ruptura del modelo religioso del Judaísmo, donde la ley, y no la fe, era lo más importante. Igualmente, el Reino de Dios conlleva una reformulación de los criterios de vida y de los valores propuestos por las leyes humanas.

Pues bien, las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre dos elementos que son muy importantes en la vida de los seres humanos, la confianza y la felicidad. Estos dos elementos siempre están presentes en nuestra agenda, pero son escurridizos. No podemos avanzar por el camino de la vida si no tenemos confianza en lo que hacemos. Y esperamos que las decisiones que tomamos, en cualquiera de nuestras actividades, nos reporten una cierta felicidad. La búsqueda de la felicidad es un motor sin el cual no podemos vivir. Recorrer el camino de la vida a la luz de la fe exige redefinir a fondo (conversión del corazón) los conceptos tradicionales y mundanos de confianza y felicidad.

La liturgia de este domingo nos va a sorprender pues nos propone un concepto de confianza absolutamente anti-convencional; y nos traza un camino hacia la felicidad que parece una insensatez. Los invito, entonces, a leer detenidamente estos textos y descubrir la lógica diferente que los inspira.

Empecemos por el concepto de confianza, que en nuestra cultura está asociado con la auto-estima, la planeación cuidadosa, tener los recursos suficientes, gozar de una amplia red de relaciones sociales y amigos influyentes. Si contamos con estos apoyos, nos sentiremos seguros para emprender proyectos ambiciosos.

Pero, ¿qué encontramos en el profeta Jeremías? Unos textos que nos caen como un balde de agua fría:

“Maldito el que aparta de mí su corazón para poner en los hombres su confianza y apoyarse en los mortales. Es como un cardo en un yermo, que nunca ve la lluvia, que crece en los arenales del desierto, en tierra estéril donde nadie vive”
“Bendito, en cambio, quien confía en mí, y en mí pone su esperanza. Será como el árbol que crece junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente: conserva siempre el verdor de su follaje, sin que sufra con los calores del verano.

Estos dos textos del profeta Jeremías, que contrastan crudamente al maldito y al bendito, nos invitan a revisar dónde buscamos el apoyo y la fortaleza para nuestros proyectos. Confiar en los apoyos humanos es una ingenuidad, pues las personas nos equivocamos en nuestras lecturas de la realidad, tomamos decisiones al calor de los sentimientos, tenemos intereses que nos parcializan y las motivaciones no siempre son transparentes. Por eso es tan expresiva la imagen que utiliza el profeta al comparar a estas personas con un arbusto en medio del desierto.

El que confía en Dios no está sometido a estos vientos cambiantes de las pasiones e intereses humanos, sino que se apoya en una roca sólida, segura, inamovible. El Señor nos ha dicho que es el camino, la verdad y la vida. La fuente de la confianza verdadera la encontramos en Jesús. Seamos dóciles a su palabra inspiradora.

El segundo balde de agua fría que nos cae en este VI domingo del Tiempo Ordinario es el camino de felicidad que Jesús propone. Para comprender su alcance, revisemos cuál es la propuesta de felicidad que nos ofrece el mundo de los ricos y famosos, que es motivo de envidia de millones de seres humanos. Las anti-bienaventuranzas que los inspiran son: felices los que pueden gastar dinero sin restricciones; felices los que se hartan de comer y beber en los sitios más exclusivos; felices los que se divierten sin límites, gozando de todo aquello que les produzca placer.

¿Qué sensación nos queda después de tomar conciencia de las anti-bienaventuranzas de los ricos y famosos? ¿Nos ofrecen un sentido de la vida? Definitivamente, esta propuesta de felicidad no es para nosotros los seguidores de Jesús. Tenemos una visión diferente de la vida. Por eso es tan iluminador el discurso que Jesús pronuncia en la montaña, después de haber concluido el cuidadoso proceso de selección de los 12 Apóstoles. Hace una propuesta absolutamente disruptiva para aquellos que han considerado los bienes y riquezas como la llave de la felicidad.

La propuesta de felicidad que hace Jesús en su Sermón de las Bienaventuranzas es totalmente diferente de lo que aparece en los medios de comunicación, donde se hace propaganda a cursos sobre la felicidad ofrecidos por expertos en mercado. Jesús nos invita a la sencillez de vida, a la solidaridad, a prescindir de las presiones sociales, a dar testimonio de nuestros valores y convicciones. ¿Qué tipo de felicidad nos podrán ofrecer los expertos en vender productos de consumo? Tenemos que reconocer que la palabra felicidad, de profundas raíces filosóficas y teológicas, está siendo manoseada por vendedores de ilusiones.

Obtendremos la verdadera felicidad cuando tengamos la conciencia en paz, hayamos erradicado odios y resentimientos de nuestro corazón, compartamos con nuestros hermanos, disfrutemos de las alegrías simples que nos ofrece la vida, trabajemos por la justicia y caminemos en la presencia del Señor.

Sinteticemos, pues, los mensajes de esta meditación dominical. Las lecturas nos han señalado una manera diferente de comprender el significado profundo que tienen la confianza y la felicidad para los seguidores del Señor Resucitado. Hay que ser conscientes de que esta propuesta choca frontalmente con los postulados de la sociedad de consumo que pone su confianza y busca la felicidad en los valores del tener y no en los del ser.