Febrero 24, 2019: Pistas para la homilía

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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El odio es un ácido que corre las relaciones familiares, destruye amistades de muchos años, genera violencia y una sed de venganza que nunca está satisfecha. Además, se pierde la objetividad del juicio y desaparecen las fronteras éticas pues se considera que todos los medios son válidos con tal de destruir al que se considera un enemigo.

Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre estas pasiones, y para ello nos proponen dos textos: El primero de ellos nos relata el odio que se fue apoderando del rey Saúl contra David, y la nobleza con que éste último respondió; el segundo de ellos nos recapitula las enseñanzas de Jesús respecto al trato que debemos dar a los que nos odian. Estos dos referentes, el ejemplo de David y las palabras de Jesús, deben hacernos reflexionar sobre el uso de las redes sociales que se han convertido en el cauce contaminado por el que circulan palabras soeces, calumnias y todo tipo de agravios, y sobre el género literario que utilizan los políticos.

Empecemos por el texto del Antiguo Testamento sobre el rey Saúl y David. Es una relación que tiene como punto de partida un profundo agradecimiento que termina por convertirse en un odio visceral. De manera muy esquemática, recordemos los capítulos principales de este drama de amor y odio:
El joven David mató a Goliat, el filisteo que aterrorizaba al pueblo de Israel. Como expresión de agradecimiento, el rey Saúl nombra a David como jefe de su ejército, lo lleva a vivir en su palacio y le da como esposa a Mical, su hija.

El pueblo, maravillado por las victorias militares de David, lo recibe triunfalmente y canta “Saúl mató a mil, pero David mató a diez mil”. Este reconocimiento del pueblo llenó de ira al rey, quien buscó eliminar a David, a quien consideraba como un rival peligroso. Atentó contra su vida en varias ocasiones.

El relato de hoy nos describe las circunstancias en que David tuvo la posibilidad de matar al rey mientras dormía, pero no lo hizo.

Son notables las palabras de David, manifestación de un corazón noble y respetuoso del valor de la vida: “¡Aquí está la lanza del rey! Que venga uno de sus servidores a recogerla. El Señor premia al que es honrado y leal. Él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor”.

Hermosa lección la que nos da el joven David. En lugar de responder con rabia al odio ciego del rey Saúl, lo hace con nobleza y generosidad. A la violencia no hay que responder con más violencia, porque se desata una ola incontrolable de hechos de sangre que destruyen el tejido social. Con frecuencia, los ciudadanos levantan la voz para exigir que el Estado responda de la misma manera a los violentos que atentan contra la vida, honra y bienes de la sociedad civil. ¡Atención! El Estado debe responder con firmeza, pero siempre respetando los límites de la justicia y el derecho. De lo contrario, se pueden cometer atropellos sin fin.

El segundo texto inspirador son las enseñanzas de Jesús a sus discípulos, después de proclamar las bienaventuranzas. Si leemos con atención el texto, encontramos que Jesús hace dos tipos de propuesta.
La primera propuesta de Jesús es de una altísima calidad ética, difícilmente comprensible y alcanzable para la inmensa mayoría: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian; bendigan a los que los maldicen, oren por los que los injurian. Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra”. Este mensaje de Jesús es absolutamente coherente con la lógica de las bienaventuranzas que es disruptiva y choca frontalmente con el modo de comportarse los individuos y los pueblos. Para Nietzsche estas recomendaciones son propias de los débiles; el súper-hombre hace recomendaciones muy distintas. Definitivamente, el Reino de Dios se construye sobre fundamentos totalmente diferentes de los proyectos humanos.

La segunda propuesta de Jesús es de una profunda sabiduría, y si la acogiéramos, cambiaría el clima de las relaciones sociales: “Traten a los demás, como quieren que ellos los traten”. Una fórmula simple de gran impacto:

¿Exijo respeto? Debo tratar con respeto.

¿Pido que se dirijan a mí con buenos modales? Debo aprender a decir por favor y gracias.

¿No me gusta que me griten? Nunca debo alzar la voz para expresar una queja.

Los seres humanos somos inconsecuentes pues esperamos cosechar lo que no hemos sembrado, pedimos para nosotros lo que somos incapaces de dar a los demás.

Es hora de terminar nuestra meditación dominical. Vivimos en una sociedad tóxica, envenenada por la polarización y las falsas verdades. En vez de contribuir al envenenamiento del clima social, subamos el nivel ético de las discusiones, maticemos nuestros juicios. El joven David, con su actitud noble, nos invita a romper el círculo vicioso del odio y la venganza. Y las palabras de Jesús señalan un punto muy alto de las relaciones sociales. Si sus seguidores las pusiéramos en práctica, cambiaría el lenguaje y los ánimos se sosegarían.