Abril 28, 2019: Pistas para la homilía

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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El Salmo 117, que acabamos de recitar, expresa la actitud de los creyentes que hacen una oración de acción de gracias y alabanza porque la misericordia de Dios es eterna y así lo han experimentado de generación en generación.

En este II domingo de Pascua, encontramos tres testimonios muy ricos sobre la presencia del Señor resucitado en medio de la comunidad. Los protagonistas de estos relatos son tres apóstoles: Pedro, Juan y Tomás. Aunque los contextos son muy diferentes, todos dan testimonio del resucitado.

Los Hechos de los Apóstoles nos describen la acción evangelizadora de Pedro quien, como los demás apóstoles, había recibido el don de hacer milagros; de esta manera anunciaba el poder del Señor resucitado sobre la enfermedad, la muerte y el pecado. Tengamos presente que toda la acción evangelizadora de la Iglesia Apostólica está centrada en el anuncio de la persona de Jesucristo, su mensaje y su pascua de liberación. La fuerza de este mensaje, que estaba acompañado de la realización de muchos milagros, tocaba las mentes y corazones de quienes lo escuchaban y así fue aumentando el número de los bautizados.

Los evangelizadores de hoy debemos contagiarnos de la pasión con que fue proclamada la Buena Nueva en los albores del Cristianismo. La homilía dominical, que es el momento privilegiado para conectar la Palabra de Dios con la vida diaria de los fieles, con frecuencia pierde su foco y el sacerdote se distrae en otro tipo de consideraciones. ¡No hablamos de lo que tenemos que hablar!

La segunda lectura de este domingo propone a nuestra meditación un texto muy interesante del Apocalipsis, en el que su autor, el apóstol Juan, nos explica la inspiración original que lo llevó a escribir este texto, con el cual se cierra el ciclo de los libros que la Iglesia considera como inspirados. Es el último libro de lo que llamamos Nuevo Testamento.

El apóstol Juan nos habla de su destierro en la isla de Patmos “por predicar la Palabra de Dios y dar testimonio a favor de Jesús”. En esta isla, Juan, el discípulo amado del Maestro, tuvo una experiencia con el Señor resucitado que difícilmente puede ser expresada en palabras humanas. Así nos lo cuenta él mismo: “Al verlo, caí a sus pies como muerto. Él puso la mano sobre mí y dijo: No temas. Yo soy el primero y el último. Yo soy el que vive, pues, aunque estuve muerto, ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo poder sobre la muerte y las llaves del reino de los muertos”. En esta visión, Jesús resucitado le confía a Juan la tarea de escribir esos textos que hoy conocemos como el libro del Apocalipsis: “Pon por escrito lo que vas a ver y envía este escrito a las siete iglesias de la provincia de Asia”.

La palabra apocalipsis significa revelación. En la Biblia, expresa una revelación hecha por Dios a un hombre sobre temas referentes al futuro. El autor recibe las visiones y las consigna en un libro. El lenguaje que se utiliza es simbólico; por lo tanto, es necesario traducir el significado de estas narraciones.

El Apocalipsis de san Juan fue escrito hacia el año 95 DC, durante el reinado de Domiciano. Los expertos identifican algunos apartes como escritos durante el reinado de Nerón, poco antes del año 70 DC. El texto refleja un periodo de cruentas persecuciones contra la Iglesia naciente. El autor consigna sus revelaciones con el fin de levantar la moral de los cristianos quienes no entendían por qué se había desatado semejante barbarie. Para lograr este objetivo, Juan retoma los grandes mensajes de los profetas, quienes anunciaban la proximidad del momento en que Dios vendría a rescatar a su pueblo que estaba ahogado por la violencia de sus enemigos.

Cuando Juan escribe en la isla de Patmos, la Iglesia sentía la furia del Imperio Romano, al que se denomina la Bestia; cuando Juan se refiere a los que adoran a Satanás, la alusión es para quienes rendían culto al emperador. El Apocalipsis termina con la destrucción del enemigo y el triunfo definitivo del Reino.

Así pues, Juan escribe para las comunidades asediadas y desanimadas por las persecuciones, a las que comunica un mensaje de esperanza, pero su mensaje trasciende esta coyuntura histórica. La Iglesia de todos los tiempos estará acompañada por el Señor resucitado: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Por eso el Apocalipsis puede ser considerado como la gran epopeya de la esperanza cristiana.

Pasemos ahora a la tercera lectura. El evangelio de Juan nos narra dos apariciones del resucitado en las que el protagonista central, además del Señor, es el apóstol Tomás. En la primera aparición, Tomás estuvo ausente. En la segunda estaba presente.

Antes de describir lo que sucedió en esta segunda visita del Señor glorioso, recordemos que las apariciones del resucitado tienen una dimensión pedagógica: confirmar la fe de sus seguidores. Durante la vida pública de Jesús, sus discípulos no entendieron muchas cosas que el Maestro les enseñó; estas enseñanzas adquirieron la plenitud de sentido a la luz de la Resurrección.

Según el relato de Juan, el Señor resucitado se presentó en medio de sus discípulos y les dio un saludo de paz. Cuando Tomás se unió al grupo, los discípulos le comunicaron, con gran alegría, “hemos visto al Señor”. Sin embargo, Tomás no les creyó. Y dando muestras del más crudo positivismo, exclamó: “Mientas no le vea en las manos la marca de los clavos, mientras no meta el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no creeré”.

En la segunda aparición, después del saludo de paz, el Señor se dirige a Tomás y le dice: “Trae tu dedo: mira mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado. Deja de ser incrédulo y hazte creyente”.

Esta mentalidad positivista que solo acepta los hechos verificables por la experiencia y comprobados en un laboratorio, está muy generalizada en nuestro tiempo. Pero no todas las preguntas que surgen en la vida pueden ser objeto de un proyecto científico ni dilucidadas a través de la tecnología. Hay realidades profundamente humanas, por ejemplo, la pregunta por el sentido de la vida, la búsqueda insaciable de la verdad, la solidaridad, la compasión, etc., que están más allá de los procesos puramente biológicos. Y las reflexiones hechas por la Filosofía y la Teología no pueden ser despreciadas olímpicamente por las llamadas ciencias duras, como si se tratara de simple charlatanería carente de valor.

Estas lecturas pascuales nos transmiten las experiencias de unas personas y de unas comunidades de fe que fueron transformadas por la acción del Señor resucitado. Dejémonos contagiar por su entusiasmo. Anunciemos con pasión que Jesucristo ha resucitado de entre los muertos, ha sido glorificado y sigue vivo en medio de la comunidad de fe. Su triunfo sobre la muerte y el pecado es también nuestro triunfo y nuestra esperanza.