Mayo 5, 2019: Pistas para la homilía

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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El objeto de estas lecturas no es simplemente informarnos sobre lo que ocurrió hace dos mil años, sino interiorizarlas y apropiarnos del entusiasmo con que anunciaban al Señor resucitado. La fe que proclamamos hoy es la que nos han trasmitido los testigos presenciales que recibieron la plenitud de los dones del Espíritu Santo en Pentecostés. Al leer estos textos en este III domingo de Pascua debemos preguntarnos qué nos dicen hoy.

El relato de los Hechos de los Apóstoles nos permite asistir virtualmente, con gran realismo, a un encuentro muy tenso entre el sumo sacerdote y los apóstoles. ¿Qué acusación les hacía? “¿No les habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, han llenado Jerusalén con su enseñanza y ustedes quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre”.

Durante su vida pública, Jesús tuvo serios enfrentamientos con los escribas y fariseos. Sus enseñanzas pusieron al descubierto la hipocresía y las manipulaciones de los dirigentes religiosos. Los seguidores de Jesús, fieles a sus enseñanzas, siguen por este mismo camino de enfrentamientos. Y así seguirá sucediendo hasta el fin de los tiempos. Con mucha frecuencia, se manifiesta una profunda incompatibilidad entre los valores del Reino de Dios y determinadas agendas políticas.

Ante esta acusación del sumo sacerdote, ¿cómo responden los apóstoles? Pedro, líder del grupo, toma la palabra; su respuesta tiene dos partes:
La primera parte de su respuesta es enfática: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Los apóstoles hablaban en nombre del Señor y anunciaban lo que Él les había ordenado proclamar; por el contrario, el sumo sacerdote representaba los intereses de un grupo.

La segunda parte de la respuesta fue muy astuta, ya que Pedro aprovechó esta oportunidad única que se le presentaba para catequizar al sumo sacerdote y al séquito que lo acompañaba. Así, de mala gana, el sumo sacerdote tuvo que aceptar ser alumno de Pedro y oírle su catequesis.

¿Cómo terminó este encuentro? Los Hechos de los Apóstoles son muy escuetos en la narración: “Azotaron a los apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron”. La reacción de los apóstoles debió sorprender al sumo sacerdote; nos dice la narración que “los apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber recibido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. La alegría de los apóstoles no debe interpretarse como la reacción de unos masoquistas felices por haber sido azotados. Su alegría es muy profunda; se sienten totalmente identificados con el camino recorrido por su amado Maestro.

Meditemos ahora en esta aparición del Señor resucitado en el lago de Tiberíades. En este relato llama la atención la forma tan pormenorizada como se describe la escena: número de los presentes y sus respectivos nombres; las instrucciones precisas dadas por el Señor; el volumen de la pesca obtenida; la disposición de la hoguera; los gestos y las palabras del Señor. En este relato, podemos identificar claramente dos partes: la pesca y la cena con el resucitado.

Respecto a la pesca, es notable la frustración de los apóstoles pues habían trabajado toda la noche sin obtener ningún resultado. Estando en este profundo desánimo, se hace presente el Señor, quien hace una sugerencia: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Efectivamente, “la echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces”.

Esta escena debería ser meditada, una y mil veces, por los que trabajamos en pastoral. ¿Cuál es su simbolismo?¡Muchas veces nos hemos sentido desmoralizados por los escasos resultados después de haber hecho grandes esfuerzos para sacar adelante un determinado proyecto apostólico! Estos fracasos son un llamado a la humildad para recordarnos que somos simples instrumentos en manos de Dios. El resultado es obra de la gracia.

Ignacio de Loyola nos hace una sabia sugerencia para la vida espiritual: Pongamos todos los medios como si el resultado dependiera de nosotros; después dejemos todo en manos de Dios…

Respecto a la cena, el relato del evangelista Juan, testigo presencial, manifiesta una particular intimidad: “Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: Traigan algunos de los peces que acaban de coger”. El autor de este relato nos sugiere la emoción que embargaba a los apóstoles, y nos dice: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor”. En esta cena íntima alrededor de una hoguera sobre la playa, se repiten los mismos gestos del Señor en la última Cena; escribe Juan: “Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado”.

Estos encuentros con el Señor resucitado transformaron el ser y el actuar de su más cercanos seguidores. Por eso el anuncio que harán no es la repetición de un discurso aprendido de antemano; ellos trasmiten una experiencia que supera todo lenguaje humano. Por eso comunicarán su vivencia del Señor resucitado a todo aquel que quiera oírlos, y no habrá autoridad religiosa o civil que los pueda callar. Ellos han visto al Resucitado, han comido y bebido con Él.

Las lecturas de este III domingo de Pascua nos dejan unos mensajes muy claros para quienes hemos sido bautizados y así participamos de la Pascua del Señor:
El anuncio de la Palabra de Dios no puede ser limitado por las autoridades ni puede subordinarse a unos intereses particulares.

Muchos de los fracasos que nos mortifican es porque hemos confiado ciegamente en los medios humanos y nos hemos olvidado de Dios. Pongamos nuestra confianza en Él. Dejémonos llevar por el Señor, quien nos sugerirá dónde debemos lanzar las redes.

Vivamos la Eucaristía dominical, no como una obligación, sino como un encuentro particularmente cercano e íntimo con el Señor, a quien encontraremos en medio de la comunidad.