Mayo 12, 2019: Pistas para la homilía

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Es interesante recordar que, durante los primeros siglos de la Iglesia, la figura del Buen Pastor tocaba fibras muy hondas del corazón de los fieles. La encontramos en los sepulcros cristianos y en los lugares de culto. Al representar a Jesús como Buen Pastor estaban expresando una Cristología que subrayaba la cercanía del Señor con cada una de las ovejas del rebaño y su voluntad de ayudar a los más débiles. Es la llamada ética del cuidado, tan valorada hoy en día, en su más sublime expresión.

Esta imagen del Pastor tiene una larga tradición bíblica. Los profetas y el autor de los Salmos se refieren a Yahvé como el Pastor de Israel para significar el amor y la cercanía del Señor con el pueblo de la Alianza. Esta imagen del pastor que cuida a su rebaño es mejor comprendida por aquellos que están familiarizados con la vida del campo, y es menos expresiva para los habitantes de la gran ciudad, cuyo escenario preferido de descanso son los centros comerciales.

¿Qué elementos nos ofrece el evangelista Juan cuando nos presenta la imagen del Buen Pastor? Aunque el texto es muy breve, tiene un hondo contenido teológico:

“Mis ovejas me obedecen cuando yo las llamo”. Con estas palabras, el Señor se refiere a la relación de confianza entre Él y cada uno de nosotros. Recordemos que la fe no consiste en una lista de principios doctrinales y morales, los cuales acogemos con nuestra inteligencia y los ponemos en práctica. La fe, por encima de todo, es un acto de confianza en Jesucristo, que asumió nuestra condición humana para revelarnos el misterio del Padre y conducirnos hacia Él, y tuvo el máximo gesto de amor que lo llevó a dar la vida por nuestra salvación. Por eso el verbo obedecer tiene un sentido muy particular: no se trata del acto que ejecuta el soldado ante una orden de su superior jerárquico; es la respuesta gozosa de quien sabe que el Señor es camino, verdad y vida.

“Yo las conozco y ellas me siguen”. Estas palabras nos deben llenar de alegría y son fuente de seguridad. No somos unos seres insignificantes perdidos en la inmensidad del universo. El Señor nos conoce por nuestro nombre; para Él somos un libro abierto en el que no hay secretos. Además, es un conocimiento que fluye en ambas direcciones: su vida, pasión, muerte y resurrección nos ha permitido conocer las intimidades de su Corazón, y Él conoce nuestras fragilidades y así nos acepta.

“Yo les doy la vida eterna”. Para poder comprender el alcance de esta afirmación de Jesucristo, Buen Pastor, tenemos que tomar conciencia de nuestra pequeñez y de nuestra condición como creaturas. Este regalo (Yo les doy la vida eterna) sobrepasa cualquier aspiración humana. Sólo nos queda agradecer este don y pedirle que no nos apartemos del camino del bien.

“No se perderán jamás; nadie las arrebatará de mis manos”. Meditemos con profunda humildad estas palabras del Buen Pastor. Recordemos que la tentación es compañera inseparable en el camino de la vida. Desde los albores de la humanidad tenemos la tentación de querer ser como Dios, inclinación que es magistralmente desarrollada en el libro del Génesis en ese diálogo entre Eva y la serpiente, lleno de símbolos. La ambición y el orgullo nos separan del rebaño y nos conducen al abismo.

Después de estas reflexiones sobre el relato evangélico, hagamos una breve referencia al libro del Apocalipsis, escrito en un lenguaje lleno de símbolos, cuyo significado se nos escapa muchas veces. Recordemos que este libro contiene las visiones del evangelista Juan, exiliado en la isla de Patmos, que escribe para las iglesias de la provincia de Asía, golpeadas duramente por las persecuciones de las autoridades romanas. Juan quiere confirmarlos en la fe e infundirles optimismo.

En el texto que nos propone la liturgia de este domingo, Juan utiliza las imágenes del rebaño, Cordero y Pastor. Leámoslo con atención: “El que está sentado en el trono los admitirá a su presencia y los protegerá: nunca más padecerán hambre ni sed, y no los agobiará el sol ni el calor. Porque el Cordero que está en el centro, frente al trono, los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida”.

Esta fiesta del Buen Pastor es motivo de hondas reflexiones para quienes tienen responsabilidades muy serias en la conducción de la Iglesia. Los obispos, sacerdotes y bautizados que han hecho una opción por la vida consagrada, encontramos en el Buen Pastor el modelo por excelencia de lo que se espera de nosotros. Por eso el Papa Francisco, en una de sus frases de gran impacto, nos recuerda que “el pastor debe oler a oveja”. Con esta imagen el Papa describe la relación de cercanía y comunicación que debe existir entre los pastores y sus comunidades. Los pastores debemos conocer y compartir los gozos y esperanzas, los temores y las incertidumbres de las comunidades a las que acompañamos.

Así como encontramos estas inspiradoras palabras para quienes prestamos este servicio eclesial, también debemos recordar las durísimas palabras de Jesús sobre aquellos pastores que han traicionado su vocación y se han aprovechado del reconocimiento que tienen ante sus comunidades para satisfacer sus apetitos personales de dinero, poder y sexo. Es el pecado del escándalo que tanto dolor causa en el cuerpo de la Iglesia.

En esta fiesta del Buen Pastor oremos por el Papa Francisco, quien es el Pastor universal de la Iglesia en un momento tan oscuro, y que es objeto de críticas despiadadas de los enemigos internos y externos. Pidamos por los obispos y sacerdotes para que sean fieles a su misión y sigan el ejemplo del Buen Pastor. Oremos al Espíritu Santo para que suscite numerosas y santas vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa; jóvenes generosos, con una motivación transparente para el servicio eclesial, y con una afectividad sana que les permita vivir el celibato con alegría y paz.