Mayo 19, 2019: Pistas para la homilía

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Las lecturas nos animan a profundizar en las experiencias de la Iglesia Apostólica, que vive con pasión la presencia del Señor resucitado en medio de la comunidad, y lo anuncia a judíos y gentiles. Para los miembros de estas primeras comunidades cristianas, los obstáculos y persecuciones que sufren son un estímulo para anunciar la Buena Nueva y llevarla a otras ciudades que jamás habían escuchado este mensaje. Dos mil años después, dirijamos nuestros ojos a quienes nos han precedido en la fe y dejémonos contagiar de su entusiasmo.

Empecemos por el relato de los Hechos de los Apóstoles, que nos permite conocer las faenas evangelizadoras de Pablo y Bernabé. Este texto nos ofrece un hermoso testimonio de una Iglesia misionera, en salida. Pablo y Bernabé quieren compartir el gozo del Evangelio, y esto los lleva a salir de Jerusalén para visitar otras ciudades de ese rincón de Asia. La base de operaciones fue la ciudad de Antioquía, donde, por primera vez, los seguidores de Jesús fueron llamados cristianos.

El viaje apostólico de Pablo y Bernabé tiene dos objetivos: Anunciar la buena nueva del Resucitado a los judíos, y después abrirse a los gentiles. Esta apertura marca un punto de inflexión en la acción evangelizadora de la Iglesia:

Respecto a los judíos que habían acogido la buena nueva del Resucitado, la presencia de Pablo y Bernabé buscaba “animar a los discípulos y recomendarles que se mantuvieran firmes en la fe”. Para estos recién bautizados, que vivían en medio de un ambiente hostil judío, no era fácil permanecer fieles al anuncio que habían escuchado y acogido.

En este viaje apostólico, Pablo toma una decisión que va a tener un enorme impacto en la construcción de la Iglesia: su trabajo misionero superará las fronteras religiosas y culturales de Israel para abrirse a otros pueblos. Por eso Pablo es reconocido como el Apóstol de los Gentiles. Gracias a él, ha llegado hasta nosotros el anuncio del Evangelio. En este domingo asistimos a la rendición de cuentas que presentan Pablo y Bernabé al regresar a Antioquía, su base de operaciones, quienes comparten con la comunidad “cómo había abierto (Dios) las puertas de la fe a los no judíos”.

Este relato de los Hechos de los Apóstoles nos permite conocer las dinámicas de la Iglesia Apostólica, cuyos miembros viven con entusiasmo el mandato evangelizador que han recibido del Señor. Ellos no se han desanimado ante las dificultades que han encontrado y saben que su compromiso de fe les pide recorrer el mismo camino de la cruz del Maestro.

La Iglesia Apostólica expresa a plenitud los dones de Pentecostés. No se doblegan ante los enemigos. Todo lo contrario; se crecen en las persecuciones. Esta vitalidad de las primeras comunidades debería contagiarnos. En este momento los católicos nos sentimos golpeados y desalentados por los escándalos que han salido a la luz pública, los cuales fueron encubiertos durante décadas. Algunas iglesias locales, por ejemplo, en Chile e Irlanda, se sienten devastadas; ha disminuido sensiblemente el número de los que se confiesan como católicos y es dramática la reducción de las vocaciones sacerdotales.

En esta noche oscura que atravesamos, pidamos al Espíritu Santo que nos confirme en la fe. Nuestra opción por Jesucristo no puede depender de las debilidades y pecados de sus ministros. Vivamos esta crisis como un llamado a la conversión y a la purificación. Es la tarea que ha asumido el Papa Francisco, quien ha enfrentado una dura oposición de los enemigos internos y externos de la Iglesia.

Los primeros discípulos de Cristo fueron sembrando la semilla de la Palabra por las ciudades por las que pasaban. Allí iban anunciando y bautizando. Las primeras comunidades cristianas fueron esencialmente iglesias domésticas, donde la semilla de la fe crecía en las familias. Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan la metodología utilizada en esta etapa de expansión misionera: “En cada iglesia instituían presbíteros, y con oraciones y ayunos dejaban en manos del Señor a los discípulos, ya que en Él habían puesto su fe”. El Espíritu Santo acompañaba a estas jóvenes comunidades en su proceso de maduración y consolidación.

Después de meditar sobre esta crónica de los recorridos apostólicos de Pablo y Bernabé, que nos transmiten un mensaje de vitalidad misionera, meditemos sobre el libro del Apocalipsis. Recordemos que en sus páginas el apóstol Juan consigna unas visiones que el Señor le concedió, y que constituyen una inyección de esperanza y optimismo para las iglesias de la provincia de Asia, duramente afectadas por la persecución del emperador romano.

El apóstol Juan propone a sus lectores una mirada hacia el futuro. Invita a no dejarse ahogar por las calamidades presentes: “Él secará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte ni luto, ni llanto, ni fatiga, porque todo lo de antes pasó (…) Todo lo hago nuevo”. Es importante escuchar con atención este mensaje de optimismo y esperanza. No podemos quedar paralizados por las lamentaciones; no podemos vivir de añoranzas; la apuesta es por el futuro. Por eso el apóstol Juan nos habla en el Apocalipsis del cielo nuevo y de una tierra nueva. No esperemos que este cielo y esta tierra nuevos aparezcan milagrosamente delante de nosotros. Somos actores muy importantes en esta visión de Juan, de manera que esta realidad nueva empiece a concretarse desde ahora, mediante el amor y la justicia.

Finalmente, escuchemos con atención lo que nos dice el Señor en el Evangelio: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Como yo los he amado, ámense ustedes mutuamente. La señal por la que todos reconocerán que son discípulos míos, será el amor que tengan unos por otros”.

Estas palabras de Jesús, recogidas por el evangelista Juan, iluminan los textos de los Hechos de los Apóstoles y del Apocalipsis que acabamos de revisar. ¿De dónde viene la energía evangelizadora de Pablo y Bernabé? ¿Por qué nos comprometemos con la construcción de un cielo nuevo y una tierra nueva? ¿Cuál es la fuente de novedad y frescura que anuncia el Apocalipsis? Todo eso proviene del amor: por amor, el Hijo Eterno del Padre asumió nuestra condición humana; por amor recorrió los caminos polvorientos de Judea y Galilea sanando, perdonando, predicando; por amor cargó con una cruz hasta el Gólgota. El amor es la clave de interpretación del misterio de la redención. El amor es el elemento distintivo de los discípulos de Cristo.

Al regresar a nuestros hogares, después de haber participado en la eucaristía dominical, llevemos grabados estos mensajes de las lecturas bíblicas:

El entusiasmo evangelizador de Pablo y Bernabé, que cuestiona la apatía de los fieles de hoy.

La inyección de optimismo y esperanza del apóstol Juan, quien nos invita a descubrir un cielo nuevo y una tierra nueva, mensaje que nos sacude del pesimismo.

Las palabras de Jesús sobre la centralidad del amor.