Mayo 26, 2019: Pistas para la homilía

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Eso no es posible; y tampoco es deseable, porque a través de la discusión se clarifican las dudas y las ambigüedades. Esta realidad también ha acompañado a la Iglesia a lo largo de la historia, como nos lo muestra el libro de los Hechos de Apóstoles. Por eso no hay que escandalizarse cuando se escuchan voces diversas dentro de la Iglesia. Estos debates sobre diversos aspectos teológicos son saludables. Gracias a ellos ha avanzado el Magisterio en temas doctrinales, morales y pastorales. El Espíritu Santo sigue actuando en la Iglesia e inspira al Pueblo de Dios para que avance en su proceso de maduración en la fe y vaya respondiendo a los complejos retos que cada época le presenta.

La primera lectura de este VI domingo de Pascua nos da una profunda lección sobre la manera de manejar los conflictos y las tensiones dentro de la comunidad eclesial. El adecuado manejo de estas situaciones difíciles fortalecerá la unidad de la Iglesia y le permitirá avanzar en su misión evangelizadora.

Leamos atentamente el texto, identifiquemos con precisión el conflicto que se presentó y exploremos la metodología que utilizó la Iglesia Apostólica para resolverlo.

Brevemente, describamos la situación que se presentó. En Antioquía, el apóstol Pablo tomó la decisión de anunciar la Buena Nueva a los gentiles, quienes acogieron con gozo el anuncio, fueron bautizados y recibieron el Espíritu Santo. Estas conversiones de los gentiles suscitaron una fuerte reacción en judíos que se habían bautizado. Leamos la descripción que hacen los Hechos de los Apóstoles: “Fueron algunos de Judea a Antioquía y empezaron a enseñar a los cristianos de aquella ciudad que, si no se hacían circuncidar, según la costumbre prescrita por Moisés, no se podían salvar. Esto provocó una discordia y una seria discusión con Pablo y Bernabé”.

A pesar de haber sido bautizados, estos judíos seguían mirando con desprecio a los pueblos que pertenecían a otras culturas, y pretendían exigirles, como requisito de salvación, que asumieran las costumbres judías, lo cual era inaceptable. Jesucristo había sellado una nueva alianza caracterizada por el mandamiento del amor y no por las prescripciones de la Ley. Quizás para nosotros esta discusión no parezca significativa, pero en ese momento se trataba de un tema de enorme sensibilidad: la Iglesia de los orígenes, en la que estaban presentes los Apóstoles, era escenario de fuertes debates que encendía los ánimos.

¿Cómo afrontan esta crisis que amenazaba dividir en dos bloques a la naciente Iglesia: los judíos conversos y los paganos conversos?

Optaron por el diálogo: “Se resolvió que Pablo y Bernabé con algunos otros subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y a los presbíteros sobre el problema”. Esto nos confirma en la convicción de que el diálogo es la única herramienta civilizada para resolver los naturales conflictos que surgen entre los seres humanos.

Es un diálogo que se lleva a cabo dentro de una profunda comunión eclesial: van a encontrarse con los apóstoles y presbíteros. Se trata, no de imponer una determinada posición ideológica, sino de buscar por dónde guiaba el Espíritu Santo a su Iglesia.

Inspirado por este comportamiento de la primera comunidad cristiana, el Papa Francisco nos motiva a cultivar el discernimiento espiritual, que es esa búsqueda de la voluntad de Dios, la cual requiere oración y silencio interior. El escenario para debatir los asuntos de la Iglesia no son los noticieros de TV, sino la reunión de los pastores de la Iglesia, los expertos y miembros de la comunidad. Una figura ampliamente fortalecida por el Papa Francisco son los Sínodos.

¿A qué solución llegan? El mensaje que llevan a la comunidad de Antioquía, desconcertada por las exigencias de los judaizantes, es de una sabiduría que nos causa admiración. Leemos en los Hechos de los Apóstoles: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido, en efecto, no imponerles ninguna otra obligación fuera de lo indispensable”.

La sabiduría pastoral de los Apóstoles y discípulos reunidos en Jerusalén los lleva a no pretender agobiar con requisitos legales, provenientes de la ley judía, a los paganos convertidos al Evangelio. ¿Qué mensaje nos queda claro? Hay que favorecer los procesos de búsqueda de Dios, en vez de obstaculizarlos con legalismos y burocracia. Como ministros de la Iglesia debemos ser puentes que facilitemos el acceso a la Iglesia, y no controles y aduanas que impidamos el avance espiritual de las personas y las comunidades.

Y, ¿qué es lo indispensable? Lo encontramos bellamente descrito en el pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de escuchar: “El que me ama guardará mis palabras; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y habitaremos en él”. Se trata de un profundo texto de contenido trinitario, en el que se nos explica que el amor es la esencia de la vida cristiana. Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, mora en lo más íntimo de nuestro ser. Estas palabras del Señor llenan de luz la vida espiritual de los bautizados; la plenitud del Ser y del Amor habita en el corazón de sus creaturas.

Que la meditación en estos textos que nos propone la liturgia de este domingo fortalezca nuestra comunión con la Iglesia, dentro de la cual es natural que se manifiesten diferencias, las cuales deben superarse dentro de un profundo sentido de unidad. A través de estos debates, hechos en un clima de oración y respeto, iremos fortaleciendo el cuerpo de la Iglesia y avanzaremos en el cumplimento de la misión que nos ha confiado el Señor.