Agosto 4, 2019: Pistas para la homilía

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Todos los mensajes de la sociedad de consumo presentan la riqueza como la llave que abre las puertas de la felicidad, pues el dinero conquista el reconocimiento social, compra sofisticados productos y despierta la avidez por alcanzar el poder político.

Las lecturas de este domingo hacen una crítica demoledora a esta religión de la riqueza. Por eso no sería extraño que algunos feligreses se hayan sentido incómodos al escuchar los textos. Conviene aclarar que las críticas en las que vamos a profundizar no pueden interpretarse como un menosprecio de los bienes materiales, que son creados por Dios y, por tanto, son buenos. Se trata del cuestionamiento de una escala de valores equivocada que señala la riqueza como la gran motivación del trabajo y un fin en sí misma. Los bienes materiales son un medio necesario para llevar una vida digna, y su adquisición y manejo está sometidos a los dictámenes de la ética. Los invito, pues, a iniciar esta meditación dominical con apertura de mente y capacidad de auto-crítica.

El libro del Eclesiastés contiene una frase muy impactante, que ha sido asimilada en el lenguaje popular: “¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!” En pocas palabras, este texto nos recuerda la fugacidad de la riqueza. Hoy nos acostamos ricos y mañana amanecemos sin nada. Un pánico económico, un atentado, la decisión de un jefe de estado que posee armas atómicas, un terremoto, el resultado de unas elecciones convierten en escombros conquistas económicas que parecían muy robustas.

El autor del libro del Eclesiastés recuerda la suerte que espera a muchas herencias: “Hay personas que trabajan con arte, habilidad y éxito, pero después tienen que dejarlo todo a alguien que no pasó ningún trabajo para conseguirlo”. Un hijo o un yerno con exceso de iniciativa se encuentran, de la noche a la mañana, con un patrimonio, y en poco tiempo lo derrochan emprendiendo proyectos fantasiosos. Con frecuencia, en su caída arrastran a su familia. Esta triste historia se sigue repitiendo. La mejor herencia que pueden dejar los padres a sus hijos es una buena educación que les dé la caja de herramientas para abrirse camino en la vida.

El Salmo 38 cuestiona la ambición por los bienes materiales cuando se la contrasta con la brevedad de la existencia humana: “Señor, dame a conocer mi fin y cuál es la medida de mis años, para que comprenda lo caduco que soy. Me concediste un palmo de vida, mis días son nada ante ti”. Dios nos ha prestado una parcela de tiempo para que la administremos con responsabilidad.

Muchas personas no vieron crecer a sus hijos ni tuvieron tiempo para compartir con ellos, ni para cultivar un modo de vida saludable, ni para alimentar su vida interior con lecturas, música y meditación porque se dejaron absorber por el frenesí de los negocios y las actividades sociales. Al hacer el balance de su vida constatan que tienen el corazón vacío, aunque sus cuentas bancarias están llenas de dinero.

En su Carta a los Colosenses, san Pablo aborda la misma problemática desde la vida nueva que nos ofrece Jesucristo resucitado: “Hermanos, ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Tengan su mente puesta en los bienes del cielo, no en los de la tierra”.

Esta exhortación de san Pablo no puede interpretarse como un llamado a convertirnos en unos seres extraños, descuidados en nuestra apariencia, con hábitos alimenticios desbalanceados, rezando todo el día. La espiritualidad que nos propone san Pablo es una vida de oración muy sólida y una actividad orientada a la transformación del mundo de acuerdo con los valores propuestos por el Señor. Debemos llevar la Buena Noticia a la familia, a los negocios, a la vida social y política, mostrando la capacidad transformadora del amor, la justicia, el servicio, la honestidad.

Igualmente, cultivar los valores del espíritu es un llamado a promover la cultura, las artes, el cuidado de la naturaleza. Debemos fortalecer los vínculos de comunión que nos unen a la creación. En su encíclica sobre El Cuidado de la Casa Común, el Papa Francisco propone una conversión ecológica y una espiritualidad en armonía con la naturaleza. Por eso hay que trabajar por la transformación de los hábitos de consumo y superar el actual modelo económico que no es sostenible. La ambición nos está llevando a destruir las condiciones de vida sobre la Tierra.

El evangelista Lucas nos transmite unas enseñanzas de Jesús sobre la relación con los bienes materiales; estas enseñanzas conservan su vigencia en nuestros tiempos, cuando el dinero es la máxima aspiración de muchos. Meditemos en las palabras de Jesús: “¡Cuidado con dejarse llevar de cualquier forma de codicia! Porque la vida no está asegurada con los bienes que uno tenga, por abundantes que sean”.

Jesús recuerda la fragilidad de la existencia humana. Ante la realidad inevitable de la muerte desaparecen todas las diferencias sociales. Cuando nos presentemos ante el tribunal de Dios, carecerán de importancia los cargos que hayamos desempeñado y el patrimonio que hayamos acumulado. Rendiremos cuenta del amor, de la solidaridad, de la reconciliación; el Señor nos dirá: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber”

Al principio de esta meditación afirmábamos que los textos bíblicos de este domingo son una demoledora crítica a esta cultura que ha hecho del dinero la máxima aspiración social. La propuesta que surge es una revisión a fondo de nuestra escala de valores y de las prioridades que nos hemos fijado. Recordemos que el dinero va y viene, y que los años pasan velozmente. Estas realidades nos hacen reflexionar sobre nuestro proyecto de vida. De ahí la potencia de la expresión del libro del Eclesiastés: ¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!