Mayo 31: Pentecostés, una nueva creación

Mayo 31: Pentecostés, una nueva creación

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 2, 1-11
  • I Carta de san Pablo a los Corintios 12, 3b - 7. 12-13
  • Juan 20, 19-23

Como su nombre lo indica, Pentecostés es la culminación del tiempo de Pascua (cincuenta días), cuyo sentido teológico debe ser leído como un todo, junto con la Resurrección y la Ascensión. Pentecostés no es, pues, una fiesta litúrgica independiente. La totalidad del misterio pascual comprende estas tres grandes festividades: Resurrección, Ascensión y Pentecostés. El don del Espíritu Santo es el inicio de la vida de la Iglesia. Los invito a que repasemos brevemente cada uno de los textos litúrgicos, que nos iluminarán aspectos particulares de esta celebración.

El relato de los Hechos de los Apóstoles destaca aspectos muy ricos de este momento fundacional de la Iglesia. Lo primero que aparece en este relato es la dimensión comunitaria: “Cuando se cumplieron los cincuenta días y llegó la fiesta de Pentecostés, estaban reunidos todos los discípulos”. La comunidad es el lugar teológico donde se manifiesta el Espíritu. Mediante el bautismo nos incorporamos a la comunidad eclesial y dentro de esta comunidad se nos comunica la gracia mediante los sacramentos. En comunidad confesamos nuestra fe; en comunidad escuchamos la Palabra; en comunidad oramos; en comunidad nos alimentamos con el Pan de Vida.

Es importante destacar la importancia de la dimensión comunitaria o eclesial de la fe frente a un individualismo que viene de la Reforma Protestante, y que es reforzado por la ideología del Capitalismo que sitúa al individuo en el centro y, en consecuencia, promueve una comprensión de la fe cristiana como algo puramente individual y confinado al ámbito de lo privado.

Un segundo rasgo muy notable en este relato de los Hechos de los Apóstoles son los fenómenos auditivos y visuales que lo acompañan: ruido, viento huracanado, lenguas de fuego. Recordemos que estos fenómenos hacían parte de las Teofanías o manifestaciones solemnes del poder de Dios. Estas Teofanías aparecen en el Antiguo y en el Nuevo Testamento (Monte Sinaí, Bautismo de Jesús, Transfiguración).

Después de recibir los dones del Espíritu Santo, los discípulos empezaron a hablar en las diversas lenguas de los judíos procedentes de otros países que se encontraban en Jerusalén con motivo de las fiestas religiosas. Esto significa que la Buena Nueva del Señor resucitado es comunicada a todos los pueblos de la tierra. Pentecostés es el punto de partida de una evangelización que superará todas las barreras geográficas, políticas y culturales.

En el Salmo, la asamblea de los fieles repite una petición de profundo significado: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”. Es de tal magnitud la fuerza transformadora del Espíritu, que podemos hablar de una nueva creación Los visitantes de Jerusalén no podían creer lo que estaban viendo: “Llenos de asombro y admiración decían: ¿No son galileos todos esos que están hablando”? Los dones del Espíritu Santo los habían transformado; eran seres nuevos, llenos de sabiduría y elocuencia; habían dejado atrás el miedo que los paralizaba.

En su I Carta a los Corintios, san Pablo reflexiona sobre otra manifestación de la acción del Espíritu Santo: la diversidad de carismas, ministerios y vocaciones para el bien de la comunidad. Cuando recorremos la historia de la Iglesia, podemos reconocer cómo el Espíritu Santo ha inspirado a innumerables mujeres y hombres para responder adecuadamente a los retos del momento. Hace dos mil años, el Espíritu transformó a un puñado de galileos e hizo de ellos valientes testigos del Evangelio. Y así seguirá actuando el Espíritu hasta el final de los tiempos.

Pasemos ahora a la Secuencia de Pentecostés, que es un hermoso texto que se remonta a finales del siglo XII y comienzos del siglo XIII, y se atribuye a un arzobispo de Canterbury. Consta de cinco estrofas; llamo la atención sobre la segunda estrofa, porque expresa los sentimientos de muchos de nosotros en estos tiempos de pandemia:

Ven, dulce huésped del alma,

Descanso de nuestro esfuerzo,

Tregua en el duro trabajo,

Brisa en las horas de fuego,

Gozo que enjuga las lágrimas

Y reconforta en los duelos

En estos tiempos tan duros que estamos viviendo, en los que enfrentamos a un enemigo invisible sin tener las medicinas que nos permitan dar la batalla, necesitamos los dones del Espíritu Santo para saber comportarnos adecuadamente en unas condiciones de vida absolutamente inéditas. En particular, pedimos el don de la sabiduría para que sepamos comprender en profundidad los cambios que se están dando en el mundo y las reformas radicales que requiere el sistema socio-económico y el cuidado de la casa común. También pedimos el don de fortaleza para no dejarnos vencer por el desánimo y el pesimismo ante el elevado número de víctimas y el colapso de la economía con la pérdida de millones de empleos en todo el mundo.

Finalmente, el relato del evangelista Juan pone de manifiesto que Pentecostés significa el envío misionero: “Así como el Padre me envió, los envío yo a ustedes”. Esta misión no es solo para los Obispos y sacerdotes. Es una responsabilidad de todos los bautizados. Debemos proclamar la alegría del Evangelio: el Señor resucitado está en medio de nosotros, y el Espíritu Santo acompaña a la Iglesia en su camino de discernimiento.