Junio 7: La plenitud de la auto-manifestación de Dios

Junio 7: La plenitud de la auto-manifestación de Dios

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Éxodo 34, 4b-6. 8-9
  • II Carta de san Pablo a los Corintios 13, 11-13
  • Juan 3, 16-18

Para nosotros, los bautizados, es muy natural hacer la señal de la cruz y decir: “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Este gesto y estas palabras tan simples constituyen una revolución inimaginable en la historia espiritual de la humanidad y un camino de muchos siglos en la auto-manifestación de Dios.

Todo comenzó en un rincón ignorado del mundo, cuando Dios escogió a un pastor nómada, un arameo errante, para que fuera el padre de una gran nación. Nos referimos al patriarca Abrahán, con quien se inicia el monoteísmo. Dios se le auto-manifiesta como un Ser personal, único, trascendente, que establece una alianza: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. Esta auto-manifestación de Dios define una clara frontera entre las prácticas religiosas de las culturas ancestrales, que adoraban a múltiples divinidades asociadas con los fenómenos de la naturaleza, y Yahvé, Creador del universo.

Dios se fue auto-manifestando al pueblo escogido a través de los acontecimientos de su historia. Una de las grandes figuras escogidas por Dios para liderar a su pueblo fue Moisés. En el pasaje del libro del Éxodo que acabamos de escuchar hay una hermosa petición de Moisés que podemos hacer nuestra: “Señor, dígnate seguir caminando en medio de nosotros. Es verdad que somos un pueblo muy testarudo, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y acéptanos como tu heredad”.

Después de Moisés, Dios siguió inspirando a otros personajes para que acompañaran al pueblo en este proceso de maduración en la fe. Fue una tarea difícil porque, en repetidas ocasiones, el pueblo se apartó del camino del Señor.

Lo que Dios quería era el establecimiento de una nueva Alianza, que superaría la Alianza del Monte Sinaí. En los designios insondables de su amor, quiso que su Hijo Eterno asumiera nuestra condición humana. Esto lo expresa elocuentemente san Juan en el pasaje evangélico que acabamos de escuchar: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna y nadie perezca. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve por medio de Él”.

En Jesucristo alcanza su clímax esta larga historia que comenzó con un arameo errante. La Palabra eterna del Padre, su Hijo, asume nuestra condición humana. Él es el revelador del Padre; viene a decirnos que Dios es amor, quiere que seamos sus hijos y comunicarnos su vida divina. ¿Cómo se nos fue manifestando esta historia de amor? Mediante la encarnación y el nacimiento, sus enseñanzas y milagros, su pasión, muerte y resurrección.

Cuando los discípulos le pidieron que les enseñara a orar, Jesús pronunció esta oración que empieza con estas increíbles palabras: Padre nuestro… ¿Quiénes somos nosotros, criaturas insignificantes, para llamar Padre a Dios? Pues sí: Jesucristo nos enseñó que podíamos llamar Padre a Dios, y para ello utilizó una palabra que expresa una infinita ternura y cercanía: Abbá.

En numerosos pasajes de los Evangelios encontramos expresiones de Jesús que manifiestan esta especial intimidad entre el Padre y el Hijo encarnado: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”, “el Padre y yo somos una sola cosa”. Y promete a sus discípulos que les enviará al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, para que acompañe a la Iglesia. La fiesta de Pentecostés, que celebramos el domingo anterior, conmemora este don del Espíritu Santo a la comunidad de los seguidores de Jesucristo.

La Biblia, con sus dos grandes componentes que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, relata la auto-manifestación de Dios a través de la historia de un pueblo y la intervención de personajes escogidos para prestar este servicio de acompañamiento e interpretación. La presencia del Hijo de Dios encarnado es la plenitud de ese relato. Jesucristo viene a establecer el Reino de Dios y sellar una Alianza nueva y eterna que es la plenitud de la manifestación de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Cada domingo cuando recitamos el Credo, recapitulamos las manifestaciones más importantes de esta auto-manifestación de Dios: “Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y en Jesucristo, su único Hijo…” De esta manera, la Iglesia proclama, en palabras humanas, el misterio insondable de la Trinidad.

En su II Carta a los Corintios, Pablo propone, a manera de saludo, una formidable síntesis del misterio trinitario: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”. La liturgia incorpora estas palabras en el saludo que hace el sacerdote al comenzar la celebración eucarística. No interpretemos este saludo como un buen deseo expresado por el Apóstol. Se trata de una realidad misteriosa que nos sobrecoge: dentro de cada uno de nosotros está presente la Trinidad; lo dice Jesús y así quedó consignado por el evangelista Juan: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos él, y haremos morada en él”.

Meditemos una y mil veces estas palabras del Señor. Somos morada de la Trinidad. ¡Nosotros, pecadores, egoístas y envidiosos, criaturas insignificantes en la inmensidad del universo, somos morada de la divinidad! Solo nos queda adorar en silencio el amor infinito de Dios y decir, junto con el centurión: “No soy digno de que entres en mi casa”. En esta fiesta de la Santísima Trinidad contemplemos con infinito agradecimiento la plenitud de la auto-manifestación de Dios en Jesucristo.