Julio 5: En búsqueda de nuevos modelos de liderazgo y de ciudadanía

Julio 5: En búsqueda de nuevos modelos de liderazgo y de ciudadanía

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Profeta Zacarías 9, 9-10
  • Carta de san Pablo a los Romanos 8, 9. 11-13
  • Mateo 11, 25-30

Hace algunos días estuve meditando en el Magníficat, ese bellísimo himno de acción de gracias que pronuncia la Virgen María como respuesta a las palabras de saludo que le dirige su prima Isabel: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”. En su oración, María reconoce la acción de Dios, “que ha puesto los ojos en la humildad de su esclava”.

Aunque hayamos recitado muchas veces este himno de acción de gracias, contiene unas expresiones que, en la coyuntura actual, tienen una particular significación: “Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.

Estas palabras adquieren un significado muy particular en las actuales circunstancias que vive la humanidad. Hasta hace pocos meses, estábamos acostumbrados a que las leyes de mercado eran las que dictaminaban el ritmo de la actividad económica en el mundo entero. De un momento a otro, terminó el reino del mercado.

Un enemigo invisible, microscópico, originado en una plaza de mercado de China, trastornó la economía del mundo. Las fábricas, los almacenes y los aeropuertos tuvieron que cerrar. Entramos en cuarentena y se desplomaron las Bolsas de Valores del mundo entero, empezando por los más ricos y luego todos los países emergentes: China, los países de la Unión Europea, Estados Unidos, Brasil… Ante este cataclismo mundial, resuenan con particular fuerza las palabras del himno del Magníficat: “Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos…”

Frente a este enemigo arrasador, de nada han servido las armas nucleares, los misiles intercontinentales, los tanques blindados que hace pocos días desfilaban por la Plaza Roja, en Moscú, en la conmemoración de los 75 años de la rendición de Alemania que puso fin a la II Guerra Mundial. Ante el desconcierto de la comunidad científica internacional, que busca febrilmente una vacuna, las únicas acciones que logran frenar la propagación del virus son las más simples: distancia social, lavado de manos, uso de tapabocas.

En medio de una sociedad súper sofisticada, en la que los grandes protagonistas habían sido la Inteligencia Artificial, la ciencia de los Datos y Blockchain, tuvimos que regresar a lo básico. ¡Ironías de la vida! La solución inmediata está en lo simple. La solución definitiva, si es que existe, la encontrarán los científicos en sus laboratorios. Hasta que aparezca otro virus mortal, consecuencia del envenenamiento del planeta por la acción humana.

Por eso son tan pertinentes los mensajes que nos comunican las lecturas de XIV domingo del Tiempo Ordinario. En ellas encontramos un vigoroso llamado a la sencillez, a la simplicidad, a la humildad. Estas palabras sonaban, hasta hace pocos meses, extrañas y distantes. Pero desde que el coronavirus nos puso en cuarentena y frenó bruscamente la actividad económica, destronando a las leyes del mercado como reguladoras de la actividad humana, empezamos a pensar de una manera diferente.

¿Cómo expresa ese mensaje de sencillez y humildad el profeta Zacarías? El profeta describe, de una manera muy particular, el perfil del rey que es el símbolo del poder del Estado. El retrato trazado por el profeta contradice lo que hemos leído en los libros de historia: “Mira a tu rey, que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraím, los caballos de Jerusalén; romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones”.

El profeta, que vivió en el siglo VI AC, describe, en un lenguaje simbólico, el liderazgo diferente que ejercerá el rey mesiánico. Este texto, leído desde el Nuevo Testamento, evoca la figura de Jesús y el liderazgo absolutamente diferente que ejerció. Ciertamente, Jesús es rey, pero despojado de la arrogancia de los poderosos de este mundo. Entró solemnemente en Jerusalén, la capital política y religiosa del pueblo de Israel, montado en un burro y aclamado por los pobres y los niños. El reinado de Jesús hizo de los más vulnerables sus preferidos y pasó haciendo el bien a los enfermos y necesitados.

Esta escena que presenta el profeta Zacarías es una invitación a revisar el rol de los líderes en la sociedad. Para poder resolver los grandes problemas que afrontamos, necesitamos líderes que convoquen, que estén sintonizados con los problemas de la gente sencilla, que propongan un proyecto de país que nos permita unirnos y avanzar juntos. Estamos hastiados de los egos y de las vanidades personales de nuestros dirigentes. Necesitamos una comprensión diferente de lo que significa ser funcionario público, que privilegie el bien común.

Esta propuesta del profeta Zacarías sobre un perfil diferente de líder (rey), cuyos rasgos son la humildad, la sencillez, la cercanía, la voluntad de servicio, se ve reforzada por el texto del evangelista Mateo, quien recoge unas elocuentes palabras de Jesús, en las que denuncia el orgullo y la prepotencia, y alaba la sencillez de corazón que nos abre a la verdad y al conocimiento: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla”.

Con frecuencia, los científicos y académicos son personas arrogantes pues se sienten poseedoras de la verdad y menosprecian la opinión de los demás. El verdadero sabio vive en una búsqueda continua de la verdad. Cada respuesta que encuentra se convierte en una nueva pregunta. Y es consciente de que el conocimiento no se origina exclusivamente en los laboratorios y bibliotecas. También las personas sencillas, que no han tenido acceso a los centros de educación superior, son poseedoras de una sabiduría que han ido adquiriendo en la universidad de la vida.

El Covid-19, que tantos estragos está causando, es fuente de profundas reflexiones. Está mostrando que el mercado no es el árbitro supremo; hay otros factores, hasta ahora menospreciados, que inciden en la calidad de vida de los ciudadanos: el cuidado mutuo, la solidaridad, la administración responsable de la Casa Común, los pobres, la capacidad de escuchar e interpretar los gritos de los pobres y de la tierra.

Hasta esta amarga experiencia, la sociedad de consumo y su modelo económico se sentían triunfantes. Pero todo cambió bruscamente. Nos sentimos amenazados. Busquemos, con humildad, nuevos caminos de cooperación. Reconozcamos que estábamos equivocados. El orgullo nos tenía enceguecidos. Necesitamos un nuevo estilo de liderazgo y un nuevo modelo de ciudadanía. Volvamos a los valores básicos de la existencia.