Mayo 16: Un nuevo modo de presencia del Señor resucitado

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 1, 1-11
  • Carta de san Pablo a los Efesios 1, 17-23
  • Marcos 16, 15-20

Hoy celebra la Iglesia la fiesta de la Ascensión del Señor. Este misterio cierra el ciclo terreno de la misión salvadora de Jesucristo, que le había sido confiada por el Padre que había comenzado con la Encarnación. Las tres lecturas que hemos escuchado nos relatan, con acentos diversos, esta manifestación de la gloria de Dios.

El Hijo Eterno de Dios, que al encarnarse se había despojado de los atributos de la divinidad, regresa junto al Padre. En su Carta a los Efesios, que acabamos de escuchar, escribe Pablo: “Todo lo puso bajo los pies de Cristo, y a Él le dio la primacía absoluta haciéndolo cabeza de la Iglesia”. Después de haber dado su vida por nuestra redención, es constituido Señor del Universo.

La Ascensión no significa un ADIOS del Señor sino el comienzo de una nueva forma de presencia en medio de la comunidad eclesial, que se constituirá formalmente el día de Pentecostés. En repetidas ocasiones, Jesús hizo alusión a su segunda venida, al final de los tiempos. En ese tiempo de salvación entre la primera y segunda venida del Señor, Él sigue vivo y presente, comunicando la vida divina por medio de los sacramentos de la Iglesia; el Espíritu Santo, que es el gran regalo del Resucitado, acompañará al nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia, en su peregrinar.

Antes de su partida, el Señor dio las últimas instrucciones a sus discípulos: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice se salvará”. Esta misión de pregonar la Buena Noticia de la salvación es para la Iglesia como comunidad de fe y para cada uno de los bautizados. El contenido de este anuncio de salvación lo encontramos claramente formulado en las catequesis de los Apóstoles, que conocemos a través de los Hechos de los Apóstoles. Es el anuncio gozoso del Señor resucitado.

Al final de la narración de la Ascensión, según el texto de los Hechos de los Apóstoles, hay una observación muy importante para la espiritualidad de los seguidores del Señor. Allí leemos: “Mientras miraban fijos al cielo viéndolo irse, se les presentaron dos personajes vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacen ahí parados mirando al cielo? Este mismo Jesús que los dejó para subir al cielo, volverá de allí de la misma manera que lo vieron irse”.

En la literatura cristiana se han escrito muchas páginas para comentar el alcance de este texto. Muchos autores lo interpretan como un llamado para vivir una espiritualidad muy conectada con la transformación del mundo. La nueva creación realizada por la Resurrección del Señor empieza aquí y ahora. Es importante recordar este llamado a la transformación del mundo, pues hay grupos religiosos que predican un desapego de las realidades temporales, pues piensan que la segunda venida del Señor es inminente, y por eso descuidan sus responsabilidades en este mundo. 

Esta fuga hacia el más allá es terriblemente dañina y desvirtúa el sentido de la construcción del Reino. Por eso la religión ha sido acusada de ser el opio del pueblo. San Ignacio de Loyola, sabio maestro de vida espiritual, nos hace una propuesta muy atractiva: nos invita a ser contemplativos en la acción, es decir, vivir siempre en la presencia de Dios asumiendo con pasión nuestras responsabilidades diarias para construir Iglesia y sociedad.

La Iglesia es Sacramento o signo visible de Cristo en el mundo. Ella sigue las huellas de su Fundador anunciando la presencia del Reino de Dios, comunicando la vida divina a través de los sacramentos y dando muestras del amor misericordioso para con todos los seres humanos, particularmente los más necesitados.

Así como la Iglesia es sacramento del amor misericordioso del Señor, también nosotros debemos ser prolongación de esos brazos que acogían a los más necesitados, consolaban a los tristes, atendían a los despreciados de la sociedad.

La Ascensión no es solamente el triunfo de Jesucristo. Es también el anuncio de lo que nos espera si caminamos fielmente por la senda que Él nos señala. Al concluir nuestro peregrinar por este mundo, nos espera una felicidad sin límites junto a Dios. Jesucristo, nuestro Salvador, nos precede. Nos ha preparado un lugar muy especial.