Mayo 23: Pidamos al Espíritu Santo que transforme las mentes y corazones

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 2, 1-11
  • I Carta de san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13
  • Juan 20, 19-23

En los Hechos de los Apóstoles y en el evangelio de Juan, encontramos unas descripciones muy vigorosas de la experiencia de Pentecostés vivida por los discípulos del Señor. Estos relatos nos permiten recrear, de alguna manera, la escena: estaban reunidos y los sentimientos se entremezclaban (miedo, oración, expectativa de que algo muy grande iba a suceder); estruendo como de viento huracanado; lenguas de fuego; intensa experiencia mística; profunda transformación interior; incontenible deseo de alabar y bendecir al Señor.

Pentecostés es el nacimiento de la Iglesia y el punto de partida del anuncio gozoso del Señor resucitado, que seguirá resonando hasta el final de los tiempos.

Pentecostés es el cumplimiento de la promesa que Jesús había hecho a sus discípulos. El Espíritu Santo acompañará al nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia. Pentecostés es un momento particularmente solemne en la vida de una comunidad concreta, pero no se agotó en esa fecha lejana. El milagro de Pentecostés se sigue dando todos los días en la vida de la Iglesia. El Espíritu sigue comunicando sus dones y carismas.

El Espíritu Santo transformó a ese grupo de atemorizados seguidores, quienes se convirtieron en elocuentes y valientes testigos. El Espíritu Santo inspiró el anuncio proclamado por los Apóstoles, dio valor a la naciente comunidad cristiana para superar las persecuciones, y sigue inspirando y fortaleciendo a la Iglesia.

Los escenarios históricos van cambiando y los contextos se transforman. Pensemos, por ejemplo, en el momento tan difícil que estamos viviendo como país, a raíz de las marchas de protesta y la violencia que se ha desatado en muchas ciudades. En un momento delicadísimo de la pandemia, abandonamos las prácticas de bioseguridad y miles de personas salieron a la calle sin tapabocas, sin distancia social; por la acción de los vándalos y los largos bloqueos de las vías y de los negocios, desaparecieron los sueños de una pronta reactivación económica. En medio de estas convulsiones sociales, la Iglesia se pregunta continuamente cómo anunciar, aquí y ahora, el Reino de Dios y cómo servir a la sociedad. 

¿Qué anuncio de salvación tenemos para los jóvenes frustrados y para quienes perdieron su medio de subsistencia? Con esperanza vemos el trabajo que está realizando la Conferencia Episcopal que, junto con las Naciones Unidas, busca establecer canales de comunicación que permitan encontrar soluciones a la gigantesca crisis social que nos agobia. Al emprender esta iniciativa de acercamiento entre los actores sociales, la Iglesia no tiene intereses políticos ni económicos: solo la mueve el deseo de avanzar en equidad, justicia y reconciliación. Para llevar a cabo esta delicada tarea pide la luz del Espíritu Santo.

La Secuencia que escuchamos en esta misa de Pentecostés tiene unas expresiones que interpretan fielmente los sentimientos y oraciones de millones de colombianos:

  • “Eres pausa en el trabajo; brisa en un clima de fuego; consuelo en medio del llanto”.
  • “Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas”.

Llevamos más de un año en medio de esta pesadilla. Estamos cansados, sensibles. Millones de hermanos nuestros se han hundido en la pobreza. Los jóvenes se sienten frustrados y no ven un futuro. Y los líderes políticos no han sido capaces de sintonizarse con los sentimientos y dolores de la gente. Esto nos ha conducido a un estallido social sin precedentes, que está siendo capitalizado por oscuros actores que tienen sus propias agendas e intereses.

Por eso los creyentes nos dirigimos con angustia al Espíritu Santo para que transforme las mentes y corazones de todos nosotros, y seamos capaces de encontrar respuestas a los graves problemas que agobian al país. “Ven, Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz para iluminarnos”.

Reflexionemos brevemente sobre los dones del Espíritu Santo. Los teólogos nos explican que los dones son un regalo de Dios a los seres humanos para que acojamos con gusto y alegría el plan de Dios y seamos capaces de tomar decisiones correctas en medio de situaciones complejas, en donde nos sentimos confundidos.

Según nos lo enseña la Iglesia, los dones del Espíritu Santo son siete: don de sabiduría y entendimiento, don de consejo y fortaleza, don de ciencia y de piedad, y don de temor de Dios. Estas gracias que nos concede el Espíritu Santo iluminan nuestro conocimiento para hacer una lectura cuidadosa de los acontecimientos de la vida e identificar allí el llamado del Señor. Y estas gracias del Espíritu Santo también iluminan nuestra voluntad para buscar y hallar a Dios en todas las cosas y desear construir con nuestros hermanos lo que el papa Francisco llama un proyecto de fraternidad y amistad social, y así superar los enfrentamientos que desgarran el tejido social.

En esta fiesta de Pentecostés pidamos al Espíritu Santo que ilumine las mentes y corazones de todos nosotros, y en particular de quienes lideran los procesos sociales e inciden en las políticas públicas. Hay mucha confusión, rabia, frustración, pobreza. Las mentes y corazones están obnubilados. Necesitamos sensatez y buscar con sinceridad el bien común.