Mayo 30: La Trinidad nos acompaña desde lo más profundo de nuestro ser

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

  • Libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40
  • Carta de san Pablo a los Romanos 8, 14-17
  • Mateo 28, 16-20

Hoy celebra la liturgia la fiesta de la Santísima Trinidad. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el n. 234, explica la importancia de la Trinidad en la vida de la Iglesia: “El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que nos ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe”.

Entramos a hacer parte de la comunidad eclesial cuando el sacerdote derrama sobre nuestra cabeza el agua bautismal y pronuncia las palabras: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Cada día, cuando nos despertamos, iniciamos nuestra jornada diciendo: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Con estas mismas palabras concluimos el día.

Estas palabras tan sencillas recapitulan una experiencia espiritual de muchos siglos. El punto de partida de este extraordinario viaje espiritual que nos conduce a la revelación del misterio de la Trinidad empezó hace muchos siglos con el llamado que Yahvé hizo a Abram, en Ur de los Caldeos. Hace algunos meses, la TV nos transmitió la visita que el papa Francisco hizo a Irak. Allí pudimos ver las sobrecogedoras escenas de esa enorme planicie desértica, Ur de los Caldeos, donde empezó toda esta historia. Allí se reunió el papa con líderes espirituales de diversas religiones para hablar de fraternidad y paz. 

En esa inmensidad, Yahvé dijo a Abram: “Vete de tu tierra y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré”.

Abrahán es el punto da partida de esta formidable experiencia espiritual que es el monoteísmo. Las tres grandes religiones monoteístas –el judaísmo, el cristianismo y el islam– lo reconocemos como nuestro padre en la fe. Hasta ese momento, las diversas culturas rendían culto a la divinidad asociándola con fenómenos de la naturaleza o con seres vivientes dotados de poderes superiores, como el sol, la luna, el huracán, el jaguar, la serpiente emplumada, etc. 

Abrahán, nuestro padre en la fe, es el comienzo de la auto-manifestación de Dios, en la historia de un pueblo, como un Ser personal, único, trascendente, amoroso y misericordioso, que establece un diálogo con su pueblo. ¿Cómo se comunica Dios con el pueblo de la alianza? A través de los acontecimientos de su historia y a través de personajes que acompañan al pueblo en su discernimiento. Moisés es el gran líder y junto a él se destacan grandes figuras como los profetas. La experiencia espiritual de Israel se apoya en dos grandes columnas: la Ley y los profetas. 

Cuando llega la plenitud de los tiempos, el plan de Dios ya no se comunica a través de mensajeros, sino que la Palabra Eterna de Dios se hace carne y establece su tienda entre nosotros, como hermosamente lo expresa san Juan en el Prólogo de su Evangelio. Jesucristo, Hijo Eterno del Padre hecho hombre, es la plenitud de la Revelación. Con palabras sencillas, nos abre la puerta del misterio de Dios. Recordemos, por ejemplo, la enternecedora parábola del hijo pródigo; en ella, Jesús nos revela el amor misericordioso del Padre. Ante la petición que le hace el apóstol Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta”, Jesús le responde: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”; con estas palabras nos explicaba el grado de la intimidad entre el Padre y Él. 

Las lecturas de este domingo nos ofrecen elementos muy ricos que nos ayudan a meditar en el misterio trinitario. No pretendamos comprenderlo, porque supera infinitamente nuestras posibilidades. Contemplemos en silencio este misterio, adorémoslo, demos gracias infinitas porque la Trinidad habita en lo más íntimo de nuestro ser. 

El texto del Deuteronomio reproduce un vigoroso discurso de Moisés a la comunidad. Haciendo uso de potentes recursos retóricos, recuerda al pueblo el carácter exclusivo y único de su experiencia como pueblo de la alianza: “¿Ha oído algún pueblo a Dios hablando desde el fuego, como tú lo oíste, sin morir? ¿Intentó algún dios venir a buscarse un pueblo de entre los otros sirviéndose de tan grandes pruebas, signos y prodigios?”. A través de estas preguntas, Moisés pone de manifiesto la absoluta novedad de la experiencia religiosa de Israel. 

Esta auto manifestación de Dios, que empieza con Abrahán, se va enriqueciendo a lo largo de los siglos y llega a su plenitud en Jesucristo.

En su Carta a los Romanos, el apóstol Pablo hace una profunda reflexión sobre lo que significa que Jesucristo nos haya revelado a Dios como Padre y haya dado su vida por nuestra salvación: “Ustedes no recibieron un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios Abbá, es decir, Padre. El Espíritu en persona le asegura a nuestro espíritu que ya somos hijos de Dios. Hijos, y por consiguiente herederos: somos herederos de Dios y coherederos de Cristo”. 

Personalmente, disfruto mucho con los documentales sobre el espacio, que nos permiten descubrir realidades nunca imaginadas gracias a los potentes telescopios y las naves que viajan por el espacio. La inmensidad del universo en continua expansión nos hace reflexionar sobre nuestra pequeñez: ¿Qué somos nosotros ante estas galaxias que existen hace millones de años? Por una parte, somos menos que un grano de arena. ¡Insignificantes! Al mismo tiempo, somos gigantes: herederos de Dios y coherederos de Cristo. 

El texto del evangelista Mateo nos recuerda la misión que nos ha sido confiada: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado”. 

En esta fiesta de la Santísima Trinidad, adoremos la santidad y la inmensidad de Dios, así como su cercanía con cada uno de nosotros.