Julio 12: ¿Cómo actúa la Palabra de Dios en nosotros?

Julio 12: ¿Cómo actúa la Palabra de Dios en nosotros?

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Profeta Isaías 55, 10-11
  • Carta de san Pablo a los Romanos 8, 18-23
  • Mateo 13, 1-23

Las lecturas de este domingo nos explican cómo actúa la Palabra de Dios en cada uno de nosotros. Este tema teológico tan profundo es desarrollado mediante dos imágenes muy sencillas llenas de sentido, particularmente para quienes ejercen las actividades agrícolas. Las dos imágenes son la lluvia y la semilla:

  • La lluvia es portadora de vida. Cuando los científicos exploran el espacio con la ayuda de potentes telescopios, uno de sus principales objetivos es identificar si en esos lejanos mundos hay agua, pues ésta ofrece las condiciones para el desarrollo de la vida.
  • En su pequeñez, la semilla contiene un enorme potencial para producir los nutrientes que son esenciales dentro de la cadena de la vida.

A través de estas dos imágenes, la lluvia y la semilla, que son clave para desatar los procesos de la vida, se nos explica que la Palabra de Dios no es un discurso conceptual, sino que es el detonante de procesos de conversión, sensibiliza a la acción del Espíritu Santo, inspira nobles proyectos de solidaridad, nos permite conocer el plan de Dios y nos abre a la gracia. El profeta Isaías describe hermosamente la acción eficaz de la Palabra de Dios en nosotros: “La Palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto, sino que realiza lo que quiero y lleva a término mi encargo”.

En esta meditación dominical, los invito a profundizar en la parábola del sembrador, que ilumina esta reflexión sobre la acción de la Palabra en cada uno de nosotros. Jesús, formidable pedagogo y comunicador, transmite poderosos mensajes a través de la figura del sembrador, cómo hace su tarea, las diferentes condiciones del terreno y los factores que inciden en el resultado final de la cosecha. Aunque muchos de nosotros vivimos atrapados en las ciudades, dejémonos interpelar por estas realidades de la vida campesina.

En primer lugar, analicemos la figura del sembrador. El sembrador por excelencia es Jesucristo, como lo expresa san Juan en el Prólogo de su Evangelio: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Se hizo hombre para sembrar la semilla del Reino de Dios y comunicarnos la vida divina. ¿Cómo sembró la semilla del Reino? Mediante sus enseñanzas y milagros, el testimonio de su vida y, fundamentalmente, a través de su muerte y resurrección.

Jesucristo es la plenitud de la revelación, el supremo sembrador. Ahora bien, la Biblia nos enseña que Dios actúa y se manifiesta de muchas maneras y a través de múltiples instrumentos: personas, experiencias de vida, etc. Cada uno de nosotros puede identificar con claridad cuáles son aquellas personas que más nos han inspirado y cuáles son aquellos momentos en los que hemos tomado las decisiones que han marcado el rumbo de nuestra vida.

Quiero referirme a dos categorías de personas que influyen decisivamente en la vida de todos los seres humanos: los padres de familia y los educadores. Ellos son actores principalísimos de nuestro desarrollo humano como sembradores de valores, actitudes y conocimientos. Tienen una gran responsabilidad en la construcción del proyecto de vida de las generaciones jóvenes.

¿Cómo se ejerce este oficio de sembrador? Los padres y los educadores realizan su oficio de sembradores mediante la palabra y el ejemplo. Hay que vigilar atentamente la coherencia entre lo que decirnos y lo que hacemos. Los niños son penetrantes observadores e inmediatamente identifican las inconsistencias de nosotros los adultos.

En la sociedad actual, las redes sociales juegan un papel importante en la formación de la opinión pública. Por ellas circula, sin filtro alguno, todo tipo de información. Hay que reconocer que los padres de familia pueden ejercer una vigilancia muy limitada sobre las redes sociales en las que participan sus hijos.

En la parábola del sembrador se describen las condiciones diversas de los terrenos en los que el sembrador deposita sus semillas: “al borde del camino”, “terreno pedregoso”, “entre zarzas”, “tierra fértil”. A través de esta sencilla descripción tomamos conciencia de la diversidad de condiciones personales, culturales, socio-económicas y experiencias vividas que constituyen el bagaje de cada individuo. Es obvio que la semilla de la Palabra de Dios y las semillas de los valores y de las actitudes necesitan unas condiciones favorables para que puedan germinar, desarrollarse y dar frutos abundantes.

Por eso es muy importante realizar un cuidadoso acompañamiento de los niños y jóvenes. Así como el agricultor debe revisar todos los días su cultivo para que no lo invadan las plagas, también los padres de familia y educadores no pueden bajar la guardia. Un hermoso proyecto de vida puede arruinarse por la acción perniciosa de agentes externos.

La semilla de la fe es plantada en nuestras vidas cuando recibimos el sacramento del Bautismo. Se inicia, entonces, un largo camino. Esta semilla debe ser cuidada y protegida. Difícilmente podrá desarrollarse en un medio hostil o indiferente a los valores espirituales. En la sociedad contemporánea, fuertemente competitiva, vemos la necesidad de estar adquiriendo nuevos conocimientos y desarrollando nuevas destrezas. Si no lo hacemos, es muy probable que perdamos nuestro empleo. Infortunadamente, somos despreocupados respecto a la formación religiosa y al cultivo de los valores espirituales.

Que esta meditación sobre la forma como actúa la Palabra de Dios en cada uno de nosotros, a través de los símbolos de la lluvia y la semilla, nos sacuda de nuestra pasividad y nos permita avanzar en el crecimiento espiritual