Junio 6: El misterio eucarístico, lugar de sanación y encuentro

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

  • Éxodo 24, 3-8
  • Carta a los Hebreos 9, 11-15
  • Marcos 14, 12-16. 22-26

Hoy celebra la liturgia la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo. La Iglesia nos invita a reflexionar sobre el significado de este regalo maravilloso que nos dio el Señor cuando celebró la Última Cena con sus discípulos y les ordenó: “Hagan esto en memoria mía”. Desde entonces, los sacerdotes celebramos diariamente este memorial de la Pascua del Señor.

Hoy no solo reflexionamos sobre su significado, sino que también damos gracias por invitarnos a su mesa para compartir el Pan de vida y el Cáliz de salvación. Es un espacio particular de intimidad con el Señor para expresarle todo lo que acontece en nuestra vida. Ciertamente, Él conoce, mejor que nosotros mismos, nuestra historia personal. Pero le gusta que la narremos con toda la carga de emociones que acumulamos en nuestro interior. Es una experiencia única de cercanía e intimidad.

Lamentablemente, durante estos largos y tediosos meses de pandemia, millones de católicos no han podido asistir a la misa dominical y han tenido que consolarse con las misas transmitidas por TV. Tenemos necesidad de participar presencialmente, sentir que pertenecemos a una comunidad de fe, orar y cantar juntos.

Todos los días celebro la eucaristía con un pequeño grupo de hermanos sacerdotes. Con mucha frecuencia, viene a mi imaginación la experiencia vivida por el pueblo de Israel que caminó por el desierto durante cuarenta años: cansado, insolado, deshidratado, irritable, con hambre. Me imagino el momento en que encontraban un oasis, armaban sus tiendas, se refrescaban, descansaban, reponían las fuerzas, resolvían los problemas de convivencia que aparecían en la vida cotidiana.

Así me siento cada día, cuando celebro la eucaristía durante esta pandemia. Es como llegar a un oasis en el que descanso, repongo mis fuerzas y encuentro la paz interior. 

En la celebración de la eucaristía, nos alimentamos con el Pan de la Palabra y con el Pan vivo bajado del cielo. Meditemos brevemente en lo que significan estas dos realidades.

Empecemos por el Pan de la Palabra. Estamos viviendo en medio de una enorme confusión. En las ciudades y pueblos de Colombia, escuchamos todo tipo de voces y protestas. A esta enorme diversidad de manifestaciones, se unen las redes sociales que, en vez de informar, confunden y distorsionan la realidad.

Falta lucidez para interpretar los hechos. Falta sensatez para hacer propuestas. Los creyentes acudimos a la Palabra de Dios, no para encontrar fórmulas y recetas, sino para encontrar allí sabiduría, sentido de la justicia, ecuanimidad, empatía para comprender el dolor de los hermanos, generosidad para acoger. En esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, pidamos que la Palabra de Dios penetre en lo profundo de los corazones y transforme nuestra manera de ver, juzgar y actuar.

Así como nos alimentamos con el Pan de la Palabra, también lo hacemos con el Pan de vida y el Cáliz de salvación. En la celebración eucarística, recuperamos las fuerzas, nos recargamos de fe, esperanza y amor para seguir anunciando la buena noticia de la salvación y apoyar todas aquellas iniciativas que aporten a la solución de los problemas que nos agobian.

En la celebración de la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, agradecemos que hayamos sido invitados a la mesa del Señor para compartir allí el Pan de la Palabra y el Pan de vida.

Avancemos en nuestra meditación dominical y detengámonos a reflexionar en el significado que tiene la eucaristía como lugar donde se construye la comunidad.

Cuando nos sentamos a la mesa del Señor, fortalecemos los vínculos de fraternidad. Somos hijos del mismo Padre, herederos de Dios y coherederos con Cristo.

Esto significa que debemos buscar en la eucaristía la inspiración y la gracia para sanar las profundas heridas que desgarran el tejido social. En las calles de nuestro país están confluyendo numerosos actores sociales con agendas e intereses muy diversos: aspiraciones justas, cálculos electorales, narcotráfico, ataques a la institucionalidad. Todas estas tensiones han paralizado la actividad económica, aumentan el desempleo y la pobreza, exasperan a la sociedad civil, son el escenario perfecto para que irrumpa la violencia.

En estos momentos de confusión y tensión, dirigimos los ojos a la eucaristía, “cumbre y fuente de la vida cristiana”, para encontrar en ella la fuerza espiritual y la lucidez para encontrar las respuestas a los graves problemas que nos acosan.