Julio 11: Una pregunta esencial: ¿Para qué estoy en este mundo?

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

  • Profeta Amós 7, 12-15
  • Carta de san Pablo a los Efesios 1, 3-14
  • Marcos 6, 7-13

Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre un tema teológico muy existencial. Se trata de meditar sobre la misión o tarea que Dios nos ha confiado.

Los creyentes afirmamos que la vida es un regalo de Dios y que los seres humanos no somos un simple resultado del azar. Gracias a la muerte y resurrección del Señor, somos hijos de Dios, sus herederos y coherederos con Cristo. Y hemos recibido estos dones con un propósito de servicio y transformación. Profundicemos en lo que significa esto para cada uno de nosotros. Y para ello, dejémonos inspirar por los relatos de la misión que Dios asignó al profeta Amós, y la misión que Jesús confió a esos líderes en formación, que constituían el grupo de los Doce.

Empecemos por el relato del profeta Amós. Allí se contraponen dos relatos o lecturas sobre la actividad que desarrollaba el profeta Amós:

  • En la lectura que hace Amasías, sacerdote de Betel, sobre el servicio profético de Amós, lo ve como una iniciativa personal del profeta, algo así como un emprendimiento de tipo social. En consecuencia, si se trata de una iniciativa personal, le recomienda trasladarse a otra ciudad por los riesgos que estaba asumiendo: “Vidente, vete, escapa al territorio de Judá; gánate allá la vida con tus profecías, pero en Betel no vuelvas a profetizar, que es templo real y santuario nacional”.
  • Amós corrige esta interpretación de Amasías y le dice con firmeza que no se trata de un proyecto personal que pueda modificar a su antojo. Se trata de una misión que le ha confiado Dios: “Yo no era profeta ni vengo de una escuela de profetas; yo cuidaba ganado y recogía higos silvestres. Pero el Señor me sacó de mi oficio y me dijo: Ve y profetízale a mi pueblo Israel”. 

¿Cuál es la reflexión que nos invita a hacer la contraposición de estos dos relatos? En la vida hay que distinguir cuáles son aquellos proyectos que yo puedo modificar analizando las ventajas que me ofrecen; por ejemplo, abrir un negocio, constituir una empresa o emprendimiento, vivir en una ciudad o en otra; todas estas decisiones dependen de un frío análisis de costos y beneficios. Pero hay otro tipo de proyectos que afectan lo más profundo de mi ser y que no pueden ser modificados al ritmo de las conveniencias; por ejemplo, si soy padre o madre de familia, no puedo escoger entre responsabilizarme de mis hijos o dejarlos abandonados en manos de algún pariente; si soy un sacerdote, no puedo escoger entre servir con espíritu generoso a la comunidad o aprovechar el sacerdocio para hacer negocios.

El profeta Amós nos enseña a identificar, sin ambigüedades, cuál es el proyecto que nos propone realizar Dios como colaboración en su plan de salvación y como camino de felicidad, y asumir, hasta las últimas consecuencias, lo que esto significa. 

Hagamos un alto en el camino: El primer punto de nuestra meditación ha sido la misión que Dios confía al profeta Amós. El segundo punto de esta meditación es la misión que Jesús confía a sus discípulos en formación. En este relato del evangelista Marcos, identificamos cuatro momentos: el contexto, la misión, las instrucciones y la evaluación.

  • ¿Cuál es el contexto? Jesús ha hecho un llamado a doce hombres honestos y generosos, pero carentes de formación. Mediante un paciente trabajo pedagógico quiere transformarlos en los anunciadores de la Buena Nueva de la salvación. La pedagogía que utiliza el Maestro es experiencial: recorren juntos los caminos de Tierra Santa, escuchan sus parábolas, son testigos de sus milagros, le hacen preguntas. Cuando este proceso de formación ha alcanzado un cierto grado de madurez, Jesús quiere evaluar lo que hoy llamamos resultados de aprendizaje. Para ello les organiza un trabajo de campo.
  • ¿Cuál es la tarea que deben realizar? ¿Cuál es la misión que les asigna? Leamos las palabras del evangelista Marcos: “En cierta ocasión, llamó Jesús a los Doce y empezó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus malignos”. Aunque a nosotros nos puede parecer que esta tarea era un poco imprecisa, Jesús consideró que era suficiente.
  • ¿Qué instrucciones les da? Las instrucciones de Jesús nos sorprenden: “Les encargó que no llevaran nada para el camino, fuera de un bastón; que no llevaran pan, provisiones ni dinero. Que podían llevar sandalias, pero que no llevaran dos túnicas”. Unas instrucciones muy rigurosas, que nos permiten suponer que se trataba de un trabajo corto, quizás un fin de semana. ¿Cuál es el mensaje que el Maestro quiere comunicar a sus discípulos en formación? El éxito de las actividades apostólicas no depende de la abundancia de los recursos materiales; la preparación más importante es la espiritual; hay que prepararse interiormente para ser instrumentos de la gracia de Dios.
  • ¿Qué evaluación tuvo esta experiencia apostólica? “Los discípulos se fueron, y con su predicación llamaron a todos a volver a Dios; expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”. Ciertamente, los resultados positivos de esta experiencia apostólica motivaron fuertemente a estos discípulos para seguir avanzando en su proceso de formación junto al Maestro.

Vayamos concluyendo nuestra meditación dominical. Hemos profundizado en la misión del profeta Amós y en la misión que Jesús confió a sus discípulos en las primeras etapas de su formación. A la luz de estos textos, preguntémonos si vemos con claridad cuál es la misión que Dios nos ha confiado al llamarnos a la vida. Quizás estamos tan distraídos en sacar adelante nuestros pequeños proyectos personales de éxito y reconocimiento social, que hemos descuidado la pregunta más importante de todas: ¿Para qué estoy en este mundo?