Julio 25: No le tengamos miedo a compartir

homilia_jorge_humberto_pelaez

Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Lecturas:

  • II Libro de los Reyes 4, 42-44
  • Carta de san Pablo a los Efesios 4, 1-6
  • Juan 6, 1-15

La liturgia de este domingo se desarrolla en torno a la escena de la multiplicación de los panes, que ha inspirado profundas reflexiones sobre la generosidad infinita de Dios, la sensibilidad del corazón de Cristo ante las carencias humanas y es un llamado a compartir con los demás lo que somos, tenemos, nuestro tiempo, conocimientos y experiencias. Estos textos bíblicos, que tienen como protagonistas al profeta Eliseo y a Jesús, son una inspiradora motivación para superar los cálculos egoístas y a compartir sin temor. Lo dice, con palabras sobrias, el profeta Eliseo: “Comerán y sobrará”. No hay que tener miedo a compartir con quienes tienen necesidad.

Empecemos por la primera lectura, tomada del II Libro de los Reyes. Esta escena es como una anticipación del que en el Nuevo Testamento identificamos como el milagro de la multiplicación de los panes. El profeta Eliseo se encuentra en una incómoda situación porque tiene delante de él a cien hombres hambrientos y solo cuenta con veinte panes y un poco de grano que han recogido en la cosecha.

Uno de los empleados que acompañaba al profeta pregunta con preocupación: “¿Qué hago yo con esto para dar de comer a cien personas?”. Es la misma preocupación que manifestarán, siglos después, los discípulos de Jesús al ver a la multitud que seguía al Maestro.

¿Qué respuesta dio el profeta Eliseo a la pregunta de este empleado? La respuesta del profeta no se sustenta en las cifras, pues estas hablaban por sí mismas: ¡Imposible alimentar a cien hombres con veinte panes! Su respuesta se apoya en la certeza que proviene de la fe: “Repártanlos entre todos para que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará”. 

Los dos personajes del relato, el empleado y el profeta, ven la realidad con ojos diferentes. Desde la lógica humana, es evidente que existe una desproporción entre los escasos recursos y el número de personas. Pero desde la lógica de la fe, es obvio que no podemos poner límites al amor de Dios; su generosidad no se agota, es infinita.

El Salmo 144 canta al amor misericordioso de Dios y a su generosidad con las creaturas: “Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente”.

Avancemos en nuestra meditación dominical y exploremos los tesoros espirituales de este milagro de la multiplicación de los panes. La fama de Jesús se había propagado por toda la región y su presencia atraía a las multitudes: “Mucha gente lo seguía, porque habían presenciado las maravillas que hacía en favor de los enfermos”. Lo veían como un ser excepcional, cercano a los que sufrían, que carecía de prejuicios sociales y hablaba como nadie lo había hecho hasta entonces.

Jesús cumple su misión como revelador del Padre y sabio pedagogo con un agudo sentido estratégico. Por eso prepara cuidadosamente la escena:

  • Se aparta de la multitud e inicia una conversación con sus discípulos: “Jesús se retiró a la parte montañosa y se sentó allá con sus discípulos”.
  • Abre una conversación que va a poner en evidencia el problema tan serio en que se encontraban, y las dos perspectivas para analizar los hechos: desde los cálculos humanos y desde la generosidad infinita de Dios.
  • Los protagonistas de esta conversación son los apóstoles Felipe y Andrés: “Alzando la vista y viendo el gentío que había venido, le dijo a Felipe: ¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?”.
  • Interviene en la conversación el segundo apóstol, Andrés: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. ¿Pero qué es esto para tanta gente?”
  • Las dos intervenciones de Felipe y Andrés dejan muy claramente planteada la gravedad de la situación: no había cómo satisfacer el hambre de la multitud.

Después de dar instrucciones para que la gente se sentara, realiza un sencillo rito cuyas palabras y gestos se conectan con lo que sucederá más adelante, en la Última Cena: “Jesús tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron. Y cuando quedaron satisfechos, les dijo a sus discípulos: Recojan las sobras; que no se desperdicie nada”. Este milagro tiene un hondo trasfondo eucarístico y su simbolismo está conectado con la imagen bíblica del banquete.

No podemos hacer una lectura simplista de esta escena, como si solo se tratara de un gesto humanitario de Jesús para satisfacer las necesidades de una comunidad. En nuestra época, cuando ocurren desastres naturales o movilizaciones sociales, es frecuente que la gente acuda a las ollas comunitarias, donde se reparte comida a los que la necesitan.

Ese no es el sentido de esta escena evangélica. Hay que interpretarla como un anticipo del banquete del Reino, lugar de encuentro y de fiesta, que se caracteriza por la abundancia. También esta escena de la multiplicación de los panes se relaciona con lo que será la Cena del Señor, lugar de encuentro de la comunidad de fe, donde nos reunimos para alabar a Dios, escuchar su Palabra y alimentarnos con el Pan de vida y el Cáliz de salvación.

También esta escena de la multiplicación de los panes nos habla de la abundancia de los dones de Dios. Su misericordia y generosidad no tienen límites. Y es también una invitación a compartir generosamente lo que somos, lo que poseemos, lo que sabemos; nos motiva a dedicar parte de nuestro tiempo para escuchar a la gente y emprender acciones concretas de solidaridad. Cuando compartimos, no nos estamos empobreciendo. Todo lo contrario. Mientras más compartimos, más crecemos y nos realizamos.

Quiero terminar esta meditación dominical con unas expresivas palabras del papa Francisco sobre el valor de la generosidad: “Nunca he visto un camión de mudanzas detrás de un cortejo fúnebre. Nunca. Pero existe un tesoro que podemos llevar con nosotros, un tesoro que nadie puede robar, que no es lo que hemos ahorrado, sino lo que hemos dado a los demás”.