Septiembre 12: El seguimiento de Jesús sin retoques cosméticos

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

1. Profeta Isaías 50, 5-9ª

2. Carta del apóstol Santiago 2, 14-18

3. Marcos 8, 27-35

Desde que el ser humano ha estado presente en este planeta, se ha hecho preguntas sobre el origen de la vida, la muerte, la trascendencia, las religiones y los libros sagrados. En el ámbito cristiano, han surgido muchas discusiones sobre la identidad de Jesús.

La profundidad de sus enseñanzas y el poder sobre las enfermedades y la muerte hacían que la gente se planteara muchas preguntas: ¿Quién es Él?, ¿de dónde le viene tal sabiduría pues sabemos que es hijo de José, el carpintero, y María? Estas preguntas sobre el hecho religioso y la identidad de Jesús seguirán resonando hasta el final de los tiempos.

Hace pocas semanas, Editorial Planeta publicó un libro del jesuita colombiano Gerardo Remolina, cuyo título es En el mar de la duda. Este libro recoge las conversaciones públicas entre el autor y Richard Dawkins, reconocido científico inglés y ateo militante, en diciembre de 2017.

En este libro, el autor responde a las preguntas formuladas por los que asistieron a estas conversaciones y las desarrolla a lo largo de los capítulos del libro: ¿Es Dios una ilusión? La pregunta por Dios. La persona de Jesús, el Cristo histórico y el Cristo de la fe. ¿De dónde venimos? Nuestros orígenes. ¿Qué autoridad tiene la Biblia? ¿Creación o evolución? El sentido de la vida.

¿Por qué hago relación a esta temática y a este libro, en particular? Porque la liturgia de este domingo propone, como tema de reflexión, estos temas. El relato evangélico de hoy reproduce una conversación de Jesús con sus discípulos alrededor de una pregunta que, dos mil años después, sigue repitiéndose: “¿Qué dice la gente que soy yo?”.

Esta pregunta sobre la identidad del Maestro se la hicieron los que lo habían escuchado y siguió teniendo mucha fuerza en los cuatro primeros siglos de la historia de la Iglesia. Los primeros Concilios Ecuménicos fueron convocados por el obispo de Roma para analizar estos temas y definir la doctrina oficial de la Iglesia sobre la persona de Jesús y su misión. En estas discusiones participaron grandes figuras, conocidas como los Padres de la Iglesia. Aunque la discusión teológica llegó a conclusiones definitivas sobre la identidad y misión de Jesús, las cuales conocemos como dogmas, muchos cristianos siguen reflexionando y haciendo preguntas sobre Jesucristo y su rol en la historia de salvación.

Los invito a que leamos con atención el relato evangélico de hoy. En él, Jesús formula una pregunta a sus discípulos: “¿Qué dice la gente que soy yo?”. Esta pregunta era obvia pues las palabras y milagros de Jesús eran motivo de conversación entre sus contemporáneos.

La respuesta a esta pregunta que hace el Maestro se desarrolla en dos momentos. En un primer momento, los discípulos recogen los comentarios que habían escuchado: “Unos dicen que eres Juan Bautista, otros dicen que Elías y otros dicen que alguno de los profetas”. Estos comentarios populares eran la reacción natural ante la sabiduría que inspiraba las palabras de Jesús, su conocimiento de las Escrituras y su poder taumatúrgico.

En un segundo momento, la conversación da un giro mucho más personal: “Y ustedes, ¿qué dicen que soy yo?”. Inmediatamente, Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías”.

Es importante recordar que, en el imaginario popular de Israel, la figura del Mesías estaba asociada al poder y la gloria de la edad de oro de la monarquía, con David y Salomón. Por eso, el comentario de Pedro tenía un acento triunfalista.

Inmediatamente después de la respuesta de Pedro, Jesús corrigió el relato y trazó los rasgos de los que sería su misión como Mesías: “Después empezó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho, ser condenado en el sanedrín por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, padecer la muerte y resucitar a los tres días. Esto se lo decía ya claramente”.

Esta reinterpretación de la figura del Mesías, que derrumbaba los sueños de poder que alimentaban muchos judíos, era totalmente coherente con el relato que, hacía varios siglos, había pronunciado el profeta Isaías sobre el Mesías-Siervo, que acabamos de escuchar en la primera lectura: “He dejado que me azoten las espaldas y me arranquen la barba. No he escondido el rostro a los que me insultaban y escupían”.

Obviamente, esta visión del Mesías, no desde la perspectiva del poder sino desde el sufrimiento, fue rechazada por sus discípulos. Una vez más, Pedro fue el vocero de los sentimientos de sus compañeros: “Pedro lo llamó aparte y empezó a ponerle reparos. Jesús se volvió y delante de los demás discípulos, respondió así a Pedro: ¡Déjame seguir mi camino, Satanás, que tus ideas no son las de Dios sino las de los hombres!”.

¿Cuál fue la grave equivocación de Pedro? Quiso modificar el plan de salvación. Quiso una redención que no pasara por la cruz. Pretendió que Jesús no recorriera el camino que lo condujo al Calvario.

La tentación de Pedro de querer un Jesús sin cruz sigue presente en nuestro tiempo. Hay muchas personas que se sienten identificadas con el Jesús-líder, el Jesús-contestatario de las estructuras sociales, el Jesús-poeta, el Jesús-taumaturgo. Pero rechazan al Jesús-pascual, que pasó de la muerte a la vida, que entregó su vida por nosotros, fue crucificado, resucitado y constituido Señor del universo.

Por eso son tan importantes las palabras de Jesús sobre el significado de su seguimiento: “Si alguien quiere venir conmigo, renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.

En esta eucaristía, pidamos la gracia de seguir a Jesucristo integralmente, sin interpretaciones cómodas de su mensaje. Sin retoques cosméticos.