Octubre 10: Sacudámonos de las apariencias y mentiras en que vivimos

Homilia_Jorge_Humberto_Pealez

Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

1. Libro de la Sabiduría 7, 7-11

2. Carta a los Hebreos 4, 12-13

3. Marcos 10, 17-30

En el mundo de las relaciones sociales, las apariencias ocupan un lugar muy importante. Seguimos con curiosidad las vidas de los ricos y famosos, sus grandes fortunas, extravagancias y escándalos. Lamentablemente, estos personajes se convierten en referentes que inspiran para que otros los sigan. Muchas personas, especialmente los jóvenes, quieren imitarlos y esto los lleva a aventurarse por escabrosos caminos.

Las lecturas de este domingo son un llamado a superar la atracción fatal que ejercen las apariencias y la avidez por acumular dinero. Los bienes materiales son terriblemente frágiles pues en cualquier momento nos son arrebatados por una pandemia, un desastre natural, un conflicto político o una decisión gubernamental. Las lecturas de este domingo son un llamado de atención para que le apostemos a los valores consistentes, que son los que le dan sentido a la vida y son fuente de genuina felicidad.

Empecemos por el relato evangélico que describe el encuentro de Jesús con un joven buena persona, que cumplía con los preceptos fundamentales de la Ley y los protocolos sociales. Cuando Jesús lo invita a dar un paso adelante para compartir sus bienes con los más necesitados, fue incapaz de hacerlo.

¿Dónde está el punto débil de esta historia de vida? Hay personas que se sienten tranquilas porque no roban, no matan, no son infieles a su pareja, no son testigos falsos. En pocas palabras, son buenas personas. Pero, ¿es suficiente con ser buenas personas? ¿Podemos medir el impacto de nuestras vidas por lo que no hacemos? Nuestro examen de conciencia no se puede contentar con lo que no hacemos. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, somos colaboradores en su obra creadora. Por lo tanto, debemos preguntarnos cuál es nuestra misión en este mundo, cuáles son nuestras responsabilidades en la construcción del Reino de Dios, que es justicia, paz y amor. No nos instalemos en nuestra zona de confort. Colaboremos activamente en la construcción del Reino y seamos anunciadores de la Buena Nueva.

Vayamos ahora al libro de la Sabiduría que nos ofrece elementos muy ricos en este intento por desenmascarar las mentiras de esta sociedad de apariencias en que nos movemos. Es un hermoso texto que exalta el valor de la Sabiduría: “Supliqué a Dios, y me concedió la prudencia; le pedí espíritu de sabiduría y me lo dio. La preferí a los cetros y a los tronos; en su comparación, tuve en nada la riqueza. Ni la piedra más preciosa me pareció igual a ella”.

Esta referencia a la sabiduría no aparece en las crónicas sobre los ricos y famosos. Quienes poseen esta riqueza pasan desapercibidos porque no son protagonistas de escándalos ni les gusta llamar la atención con excentricidades. El papa Francisco nos invita a valorar el aporte que las personas mayores, los abuelos, hacen a la sociedad. Iluminan con su experiencia, aportan sentido común, nos conectan con nuestras tradiciones.

En esta meditación que nos pide sincerarnos frente al mundo engañoso de las apariencias sociales, la Carta a los Hebreos hace unas observaciones muy profundas sobre la Palabra de Dios que “es viva y eficaz, y más incisiva que una espada de dos filos; penetra hasta donde se articulan la vida y el espíritu, hasta lo más íntimo de nuestro ser, y se convierte en juez de nuestros pensamientos y de nuestras ideas”.

Una persona deshonesta, que ha hecho su fortuna violando la ley y cometiendo fraudes, puede comprar la aceptación social mediante aportes filantrópicos. Después de algunos años, su pasado se habrá borrado y sus hijos ocuparán los primeros puestos en la sociedad. Los corruptos pueden evadir la justicia mediante testigos falsos, comprando a los jueces y, mediante triquiñuelas jurídicas, lograr la libertad por vencimiento de términos. Eso lo leemos todos los días en la prensa.

Pero ante los ojos de Dios no sirven estas estrategias. A Dios no podemos engañarlo. Nos dice la Carta a los Hebreos: “No hay criatura que escape a la mirada de Dios; todo está patente y abierto a sus ojos, y a Él hemos de rendir cuentas”.

Decíamos al comienzo de esta meditación que vivimos en un mundo de apariencias, en el que TENER es más importante que SER. Las lecturas de este domingo son una invitación a superar la atracción fatal que nos genera este tinglado de falsedades:

1. La parábola del joven rico nos dice que no basta con ser buenas personas, es decir, nuestra agenda en este mundo exige mucho más que no robar y no matar. Tenemos grandes responsabilidades como colaboradores en la obra creadora de Dios y en la construcción del Reino.

2. La lectura del Antiguo Testamento nos pondera el gran valor que tiene la sabiduría en sus dos dimensiones: la sabiduría humana que se va acumulando a través de la experiencia, y la sabiduría como Don del Espíritu, que nos permite discernir entre las opciones que nos ofrece la vida.

3. La Carta a los Hebreos nos pone de presente que nuestra vida, como un libro abierto, siempre está ante Dios, que es infinitamente misericordioso con nuestros pecados, pero a quien no podemos engañar.