Octubre 17: Es posible un ejercicio decente de la política

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

1. Profeta Isaías 53, 10-11

2. Carta a los Hebreos 4, 14-16

3. Marcos 10, 35-45

Las lecturas bíblicas que la Iglesia nos propone en la celebración eucarística de cada domingo son una invitación a contemplar los grandes momentos de la historia de la salvación, descubrir el plan de Dios y profundizar en el conocimiento de Jesucristo. Al escuchar la proclamación de la Palabra, debemos acogerla en nuestro interior. Debemos preguntarnos qué nos dice Dios aquí y ahora. En concreto, preguntémonos ¿qué nos dice hoy este texto del profeta Isaías sobre el Siervo de Yahvé y qué nos dice esta catequesis de Jesús sobre el poder y el deseo de ser reconocidos?

Empecemos por el texto del profeta Isaías, que describe al Siervo de Yahvé, no como un sujeto colectivo o pueblo, sino como una persona determinada que toma sobre sí los pecados de la comunidad. La primera generación de los discípulos de Cristo estaba convencida de que en Jesús se cumplió todo lo que Isaías había anunciado en sus Cantos: Jesús es el Siervo de Dios, que cumple su misión, es el cordero que tomó sobre sí los pecados de la humanidad, es luz para todas las naciones. En las ceremonias litúrgicas de la Semana Santa, esta figura del Siervo que sufre tiene un gran protagonismo.

Al leer este breve texto de Isaías que nos propone la liturgia de este domingo, nos llaman la atención los movimientos o tránsitos que se dan en la experiencia del Siervo:

1. Se entrega en reparación por los pecados de la comunidad y así lleva a buen término los designios del Señor.

2. Después de padecer muchos trabajos, volverá a ver la luz.

Esta manera de describir la experiencia del Siervo nos sugiere que nuestra historia personal se va desarrollando siguiendo los movimientos de un péndulo: vivimos momentos de desolación, y también de consolación y alegría; con frecuencia nos sentimos solos y perdidos en la vida, pero poco después descubrimos que el Señor, siempre fiel, nunca nos abandona; en el camino de la vida encontramos luces y sombras, tempestades y remansos de paz. El Señor resucitado nos da la certeza del triunfo definitivo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado. Todas estas tensiones son oportunidades para madurar como seres humanos y para crecer en la fe, la esperanza y el amor.

Estos Cantos del Siervo de Yahvé anticipan lo que será la vida de entrega y obediencia de Jesús, y su paso de la muerte a la vida. De manera semejante, cada uno de nosotros va recorriendo este camino pascual para que Cristo sea quien viva en nosotros.

Vayamos ahora al relato del evangelista Marcos, que nos da a conocer la desatinada petición que Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, hacen a Jesús: “Concédenos que, cuando estés en tu trono, nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Estos dos hermanos aprovecharon que tenían una mayor cercanía con el Maestro, probablemente lazos de parentesco, para pedir una posición de privilegio.

Jesús aprovecha esta impertinencia para dar una lección sobre el sentido de la autoridad en la vida social y en la vida de la Iglesia. Empieza su catequesis con un comentario muy sincero: “¡No saben lo que piden!”. Los discípulos de Jesús eran hijos de su tiempo y compartían las creencias de sus contemporáneos, entre quienes estaba muy extendida la expectativa de un Mesías que restauraría las antiguos glorias de los tiempos de David y Salomón. En ese contexto, Santiago y Juan aprovecharon la oportunidad que tenían para hacer lobby en favor de sus intereses personales.

Según nos lo relatan los evangelistas, los discípulos no podían aceptar la idea de un Mesías que fuera visto como un fracasado. Por eso rechazaban la posibilidad de la pasión y muerte de Jesús.

Los otros diez discípulos alcanzaron a escuchar fragmentos de esta conversación y se pusieron furiosos porque se sentían traicionados. Jesús, entonces, desarrolló un inspirado discurso sobre el sentido de la autoridad como servicio: “El que quiera ser grande entre ustedes, debe ser servidor de los demás; y el que quiera ser el primero entre ustedes, deber ser esclavo de todos”.

Con ese discurso, Jesús está desenmascarando una de las pasiones más arraigadas del ser humano: la ambición de poder. Es ampliamente conocido el planteamiento de Nietzsche sobre el súper-hombre y la voluntad de poder; según este filósofo, la humildad es un rasgo propio de los débiles y fracasados. Los políticos han leído el tratado de Maquiavelo, en el que hace recomendaciones al Príncipe para consolidarse en el poder; le dice al oído que “es mejor ser temido que ser amado”. Un mensaje totalmente opuesto al testimonio del Siervo de Yahvé y a las enseñanzas de Jesús sobre la autoridad como servicio.

En Colombia, nos encontramos en pleno debate electoral. Los candidatos a la Presidencia de la República y al Congreso quieren seducir al electorado. Esto significa promesas y abundante dinero. Se genera, entonces, una perversa dinámica para la financiación de las campañas: hoy tú me das recursos y mañana yo te pagaré con contratos.

Los ciudadanos nos preguntamos: ¿No hay otra forma de hacer política? ¿No es posible ser un político decente? La respuesta la tenemos ante nuestros ojos. En estos días está cerrando su vida política la canciller de Alemania, Angela Merkel, después de estar dieciséis años en el poder. Es reconocida como la mujer más poderosa del mundo quien, con mano firme, guio a Alemania y a la Unión Europea en medio de profundas crisis. ¿Por qué es reconocida? Por su estilo de vida austero, su firmeza, la aplicación de la ciencia en la solución de los grandes problemas sociales, su solidaridad ante las olas migratorias. Esta tímida mujer, hija de un pastor luterano, nos muestra que es posible ejercer el poder con espíritu de servicio, valores éticos y sentido del bien común.

Las lecturas de este domingo sobre el camino recorrido por el Siervo de Yahvé y esta formidable catequesis sobre el poder, deben llevarnos a examinar nuestra escala de valores y las expectativas que tenemos acerca del reconocimiento social.