Octubre 31: El amor a Dios y a los hermanos, brújula para el camino

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

1. Libro del Deuteronomio 6, 2-6

2. Carta a los Hebreos 7, 23-28

3. Marcos 12, 28b-34

Es fascinante observar la naturaleza. Uno de los fenómenos más sorprendentes son las migraciones que se producen cada año, con el cambio de las estaciones. Inmensas manadas de mamíferos, aves, salmones, ballenas y tortugas recorren, con impresionante regularidad, las mismas rutas de miles de kilómetros. ¿Cómo no se pierden? Es como si la naturaleza los hubiera dotado de una infalible brújula o GPS. Si no fuera por ese dispositivo con que la naturaleza los dotó, vagarían sin rumbo y encontrarían la muerte.

¿Qué sucede con el ser humano? ¿Cuál es el dispositivo que tenemos para poder avanzar? Unos autores hablan de la recta razón, otros se refieren a la ley natural o a la conciencia moral. Las lecturas de este domingo nos ofrecen elementos muy ricos para comprender, desde la revelación judeo-cristiana, cuáles son los dispositivos que Dios nos ha dado para orientarnos en nuestro camino. Los invito a explorar los textos del Deuteronomio y del Evangelio de Marcos.

En el Deuteronomio, vemos a Moisés, formidable líder del pueblo de Israel, quien se dirige a la comunidad que ya se encuentra muy cerca de la tierra prometida. Han sido cuarenta años a través del desierto, donde han vivido momentos muy difíciles. Podemos imaginar la emoción de este pueblo que, finalmente, iba a alcanzar la meta. Moisés los invita a reflexionar: “Cerca ya de la tierra prometida, habló Moisés al pueblo y le dijo: Respeta al Señor tu Dios, guardando, mientras vivas, todos sus mandatos y preceptos como yo te los doy; y que hagan lo mismo tus hijos y tus nietos, para que tengan larga vida”.

Esta exhortación de Moisés conecta a Israel con la experiencia vivida cuarenta años atrás, en el monte Sinaí, cuando Yahvé entregó a Moisés las Tablas de la Ley, donde estaban escritos los Diez Mandamientos, que serían como la brújula o GPS que, desde entonces, guiarían a esta comunidad y a todos los herederos de esta tradición. Desde la lejana experiencia del Sinaí, los Diez Mandamientos han sido la carta de navegación que nos orienta en nuestro actuar con Dios y con los demás seres humanos.

Antes de entrar en la tierra prometida, Moisés les refresca la memoria: los mandamientos del Señor han marcado el camino. Cuando el pueblo les ha dado la espalda, se ha producido el caos. Cuando vemos el conjunto de la historia espiritual de Israel, consignada en el Antiguo Testamento, vemos que ha girado en torno al eje fidelidad-infidelidad a la Alianza.

Pasemos ahora al Evangelio de este domingo. Jesucristo es la plenitud de la revelación. Él nos trae la salvación anunciada por los profetas. En sus enseñanzas, ¿cuál es la brújula que nos ofrece para orientarnos en nuestro caminar por la vida? ¿Cuál es el Waze o el Google Maps que nos permite avanzar, sin perdernos, en medio de la oscuridad y la niebla? La respuesta la encontramos en el hermoso pasaje que nos propone el evangelista Marcos este domingo: “Estando ya Jesús en Jerusalén, se le acercó un escriba y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”.

Esta pregunta era muy difícil de responder, porque los maestros de la Ley habían elaborado un complejísimo código que regulaba todas las actividades de la vida personal, familiar, social, religiosa y política. Eran cientos de mandamientos y normas. ¿Cómo escoger, entonces, cuál era el mandamiento más importante?

Jesús, sabio pedagogo, no se enredó en consideraciones jurídicas, sino que fue al fondo del asunto. Su respuesta tiene dos partes:

1. “Jesús respondió: El primero es: escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor; por eso amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y todas tus fuerzas”.

2. “Y hay un segundo mandamiento, que es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Por encima de estos no hay ningún otro mandamiento”.

Las manadas que pastan en las sabanas africanas y que migran en busca de alimento, las bandadas de pájaros que vuelan hacia climas más benignos, han sido dotadas por la naturaleza de unos maravillosos dispositivos para viajar miles de kilómetros.

Los cristianos tenemos una brújula para guiarnos: el amor a Dios y al prójimo. Estos dos mandamientos nos proponen el camino. La decisión es nuestra.

Ahora bien, en cada circunstancia concreta tenemos que decidir cómo hacemos operante este amor a Dios y a los hermanos. De ahí la importancia de formar conciencias morales adultas que sean capaces de identificar cómo mejor amar y servir a Dios y a los hermanos. Hay cristianos inmaduros e inseguros que preferirían seguir unas instrucciones detalladas donde se les dijera qué se puede hacer y qué no se puede hacer. Pero estos manuales no existen.

El Espíritu Santo es el gran regalo de Jesucristo resucitado. El Espíritu guía a la Iglesia como Pueblo de Dios y habita en el interior de cada uno de los bautizados. En nuestro interior, sutilmente, nos va acompañando en esta búsqueda del camino correcto. Estos dos grandes mandamientos del amor a Dios y el amor al prójimo se expresan en acciones concretas, fruto del discernimiento espiritual. Ellos son nuestra brújula y nos irán mostrando el camino, por accidentado que este sea.