Agosto 30: Meditemos sobre la acción transformadora del Espíritu y el seguimiento de Jesús

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Profeta Jeremías 20, 7-9
  • Carta de san Pablo a los Romanos 12, 1-2
  • Mateo 16, 21-27

Las lecturas de este domingo nos invitan a meditar sobre dos temas de gran importancia: en primer lugar, la fuerza transformadora del Espíritu en aquellos que lo acogen libremente; escucharemos los testimonios del profeta Jeremías y del apóstol Pablo. En segundo lugar, abriremos el corazón al anuncio que Jesús hace de su pasión, muerte y resurrección, y de lo que esto implica para todos aquellos que quieran seguirlo.

Empecemos por el testimonio del profeta Jeremías. Nos impacta porque expresa con crudeza el alto precio que ha tenido que pagar por ser el vocero de Yahvé en medio de la comunidad: “La Palabra que el Señor me encomendó ha hecho de mí el blanco permanente de ultrajes y sarcasmos”. ¿Por qué estos sentimientos del profeta? En nombre de Yahvé, ha denunciado las infidelidades del pueblo y de sus dirigentes, quienes han reaccionado contra el profeta. Esta experiencia de Jeremías es un llamado de atención a todos aquellos que quieren servir a la Iglesia en el ministerio de la Palabra. No se trata de complacer a un público, como lo hacen los políticos cuando están en campaña electoral. Hay que anunciar el camino del Señor y denunciar aquellos comportamientos que se apartan de él. El anuncio del evangelio debe hacerse con franqueza, pero evitando cualquier manifestación de pugnacidad y señalamientos personales.

Después de compartir los sinsabores que ha tenido que soportar, el profeta manifiesta que se trata de una fuerza superior que no puede ser contenida: “Cuando resuelvo no pensar más en Él ni volver a hablar en nombre suyo, entonces su Palabra, reprimida en mi pecho, se convierte en fuego que me devora las entrañas; y me canso luchando, pero no logro detenerlo”. Jeremías ya no se pertenece; todo su ser está imbuido por la fuerza transformadora del Espíritu; es portador de un mensaje superior.

En un tono mucho más mesurado, el apóstol Pablo exhorta a los cristianos de la iglesia de Roma a dejarse transformar por el Espíritu y no oponerse a la acción de la gracia. “Dejen que la renovación de su mente los transforme, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que agrada, lo perfecto”. Pablo habla desde su experiencia personal. Después de haber sido un fanático perseguidor de los seguidores de Jesús, se dejó transformar a partir del encuentro salvífico que tuvo cuando viajaba por el camino de Damasco.

Esta exhortación que hace Pablo, a partir de su experiencia personal, hace referencia a un camino de crecimiento en la fe, a un conocimiento cada vez más profundo de la persona y del mensaje de Jesús. Es un proceso y no algo que se da de manera automática: “Dejen que la renovación de su mente los transforme”. Poco a poco tenemos que ir purificando nuestra manera de ver, juzgar y actuar, de manera que sea Cristo quien obre en nosotros. Dada nuestra condición de pecadores, en este camino tendremos desviaciones y distracciones. De ahí la importancia de examinarnos continuamente para corregir el rumbo.

En este texto de Pablo, es muy sugerente el verbo discernir; nos dice el apóstol que esta transformación interior será “para que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que agrada, lo perfecto”. No encontraremos en Wikipedia la respuesta a la pregunta ¿cuál es la voluntad de Dios sobre mi vida?, ¿cuál es el camino que me conduce a Él en medio de las diversas alternativas que se abren ante mí? La respuesta es muy simple: a través del discernimiento encontraremos el camino. Esto nos exige no dejarnos llevar por los caprichos o la comodidad personal.

Avancemos hacia el segundo tema teológico que nos propone la liturgia de este domingo: el anuncio que hace Jesús de los acontecimientos que le esperan: “Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas del sanedrín, padecer la muerte y resucitar al tercer día”.

La reacción inmediata de Pedro a este anuncio nos permite calibrar el impacto que estas palabras tuvieron en sus discípulos. Pedro exclama: “¡Jamás, Señor! Eso no puede suceder”. Era una mezcla de amor hacia su Maestro e intereses personales. Los discípulos soñaban con un futuro brillante para la comunidad de Israel. Se ilusionaban con una restauración política. Y suponían que ellos ocuparían unas posiciones destacadas en ese nuevo orden. Estas duras palabras de Jesús arrojaban al piso sus fantasías.

Como si fuera una película, repasemos, en cámara lenta, las palabras de Jesús y su impacto en los discípulos: Primer cuadro: su amado Maestro va a ser sometido a las peores humillaciones y crueldades. Segundo cuadro: han desaparecido sus sueños de gloria. Tercer cuadro: “Si alguien quiere venir conmigo, renuncie a sí mismo, cargue su cruz y sígame”.

Al llegar a este punto de nuestra meditación es importante tener presentes dos consideraciones:

  • Los discípulos solo comprendieron integralmente el sentido de las enseñanzas de Jesús y su pasión y muerte después de la resurrección. Gracias a los dones del Espíritu Santo que recibieron en Pentecostés captaron el sentido de la entrega redentora del Señor.
  • El seguimiento de Jesús no termina el Viernes Santo, en el drama de la Cruz. La resurrección de Jesús significa el triunfo de la vida, es un canto al optimismo. Por eso los cristianos hacemos una lectura de la historia en clave de esperanza. No podemos apropiarnos de los relatos pesimistas que se repiten tan insistentemente en este tiempo de pandemia. Los cristianos somos propositivos; invitamos a unir esfuerzos y transformar el estilo de vida que nos ha conducido a poner en serio peligro la vida sobre el planeta. Creemos que podemos reorientar la marcha de la historia.

Por eso son tan importantes los dos mensajes teológicos de la liturgia de este domingo: abrámonos a la acción transformadora del Espíritu; y entendamos que el seguimiento de Jesús pasa por la cruz, pero termina en el triunfo de la resurrección.