La apuesta de esta alianza es hundir el dedo en la llaga: las religiones y creencias del mundo tienen una responsabilidad moral con el medio ambiente.

 

 

 

Varias religiones se unen por la Amazonía

Religiones, espiritualidades y creencias de Colombia firman la primera alianza entre religiones del mundo para proteger los bosques tropicales de la deforestación. La Universidad Javeriana fue sede de este importante encuentro para la Amazonía.


Durante los últimos tres días, por la Universidad Javeriana han desfilado mamos de la Sierra Nevada con sus mochilas, indígenas kamsá con su tradicional cusma, hombres con kipá (el tradicional sombrero judío) y ortodoxos con kamelaukion. Una diversidad mucho mayor que la que se vive a diario en sus pasillos.

Los religiosos fueron convocados por las Naciones Unidas y otras coaliciones entre iglesias para pactar la Iniciativa Interreligiosa para los Bosques Tropicales, la primera plataforma entre religiones, pueblos, gobiernos y sociedad civil en el mundo para proteger los bosques tropicales y los derechos de quienes los habitan y protegen.

La alianza se firmará este miércoles y ya incluye a las religiones, creencias y espiritualidades con más adeptos en Colombia: la Iglesia episcopal anglicana, la presbiteriana, cristianos, católicos, pueblos indígenas del Amazonas (que son por lo menos 44), el islam, las comunidades negras, afros y raizales, los Hare Krishna, la Iglesia evangélica y la ortodoxa griega.

Martín von Hildebrand, fundador de Gaia Amazonas y un profundo conocedor de la Amazonia, lo pone en estos términos: si los grandes representantes de las iglesias en Colombia se dan a la tarea de expresar un mensaje ambiental en sermones, puertas de iglesias y mezquitas, hojas sueltas, documentos de alto nivel podrían llegar a miles de millones de personas con una efectividad que ninguna otra organización tiene.

La doctora Catalina González, de la Universidad de los Andes, explicó que la Amazonia hace parte de una conexión global. El clima amazónico, que es un regulador climático global, no solo depende de sí mismo, sino de la conservación de otros espacios, como el desierto del Sahara (cuyas arenas viajan en el viento y fertilizan los bosques amazónicos), los océanos (que regulan su temperatura y las lluvias) y la cordillera de los Andes (que aporta sedimentos a sus ríos, lo que regula el flujo de especies).

La apuesta de esta alianza es hundir el dedo en la llaga: las religiones y creencias del mundo tienen una responsabilidad moral con el medio ambiente. Algunas son explícitas, como la Iglesia católica con el Laudato Si, el documento que el papa Francisco firmó en 2015 y que habla de la Tierra como la “casa común”, el lugar donde viven las personas, las energías terrenas y superiores, etc.

Otras están en ese camino. Jaime Barranco, de la Iglesia pentecostal, que tiene unos 18.000 seguidores en este país, dijo que “la evangelización debe estar encaminada hacia el cuidado. Reconozco que no éramos muy conscientes como iglesia de que antes de ir al cielo estamos aquí, en esta tierra. Ya hemos invertido unos $3.000 millones en programas ambientales/religiosos”.

Los pueblos indígenas, sin duda, les llevan milenios de ventaja al resto de creyentes en la materia. “El reciente informe del IPCC dice que si continuamos con las políticas de mitigación del cambio climático actuales y las emisiones de carbono siguen a este ritmo, el planeta aumentará su temperatura 1,5 grados. Es como si usted mirara en el corazón de Exxon o de esas empresas. Usted ve que su corazón sigue siendo malo. Un discurso coherente entre todas las religiones podría tener un efecto ahí”, dice Mateo Estrada, coordinador de medio ambiente de la OPIAC e indígena amazónico siriano del Vaupés.

Entre otras cosas, una alianza religiosa de esta envergadura reconoce —después de siglos de la censura de sus creencias por parte de conquistadores y misioneros— que la espiritualidad indígena es tan real, válida e importante como creer en Dios, Alá o en nada. “No necesitamos que otros se presenten con prácticas artificiales. Un bosque es un conjunto de individuos. Un sistema de alimentación, abrigo, y cientos de usos para todos los organismos, incluidas las personas. Además de captura de carbono, alimentación, abrigo, regulador climático, deberíamos contar a las culturas entre los servicios ecosistémicos”, expresó Carlos Devia, profesor de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Universidad Javeriana.

Colombia, el segundo país más biodiverso del mundo, pierde el equivalente a 40 campos de fútbol en sus bosques a diario y nadie ha podido detener ese fenómeno. Tal vez las palabras de Catalina González resumen el corazón de esta alianza: “A veces la ciencia se queda corta a la hora de explicar el milagro de la vida, su sentido de trascendencia”.